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302 pages, Paperback
First published January 1, 1990
Nunca olvidaré aquella mañana. Íbamos muy contentas por la calle todas las compañeras. Sólo una, Remedios, había suspendido, en junio y en septiembre, pero también ella estaba alegre porque de todos modos iba a casarse y decía:Siento que la imaginación de escenas y personajes de Josefina Aldecoa está puesta a punto. Pero tampoco me convence totalmente su escritura. He detectado bastantes pleonasmos que no habrían sobrevivido a una corrección del texto, por ejemplo.
«Qué más da si antes o después lo tenía que dejar...» Íbamos hacia el centro de la ciudad y en esto vimos que la gente se agolpaba a los dos lados de la calle: «Ya vienen», decían. De puntillas, tratamos de ver lo que pasaba. A mí me dolía el cuello de tanto estirarme. Qué detalles tan tontos puede una recordar...
—La boda —dijo Rosa, como si estuviera al tanto de lo que iba a suceder. Y efectivamente vimos un coche descubierto y engalanado que se aproximaba por la calle vacía. Los rumores descendieron. Todo el mundo se concentraba en la contemplación del espectáculo. Cuando el coche llegó a nuestra altura pudimos ver con claridad a la pareja.
La novia iba sentada, erguida y arrogante. De vez en cuando recordaba que se esperaba su sonrisa y la esbozaba apenas. Era morena, delgada. Los ojos no expresaban sentimiento alguno pero observé que eran unos ojos grandes y luminosos. Una diadema le prendía en la frente el velo blanco que caía sobre los hombros y se deslizaba por la espalda. Con la mano derecha sujetaba un ramo de flores y me fijé en que los nudillos le blanqueaban de la fuerza con que lo apretaba. En la mano izquierda llevaba un guante puesto y el otro, vacío y desmayado, lo aferraba con el ramo.
—Ella está triste —informó Rosa—. Dicen que su familia no la dejaba casarse...
A mí me pareció que la novia no estaba triste; en todo caso nerviosa, deseando terminar cuanto antes el paseo para llegar a su casa o al Hotel o dondequiera que celebraran el banquete.
En el instante en que nos sobrepasaban, me fijé en el novio. Un hombre joven, serio, con un bigote negro que le acentuaba el gesto firme. Un hombre vestido con uniforme de gala. Miraba por encima del montón de personas que le rodeaban y su mirada se perdía en un punto lejano, más allá de la calle. No sé por qué, pensé: «Parece que estuviera en otra parte». Y cuando pasó el cortejo se lo dije a mis amigas.
—Parece que él está en otra cosa. Como si estuviera en otra parte...
Rosa insistía:
—Ella está triste. A la familia, él no le parece bastante...
En seguida nos fuimos cuesta arriba, por los caminos del Parque, y cuando nos despedíamos entre risas y gritos, los novios ya estaban olvidados y sólo nos quedaba la alegría de la nueva vida que íbamos a iniciar.
Muchas veces he vuelto a recordar aquella boda. La reseña la leí a los pocos días en un periódico pero los nombres no me dijeron nada: «... han contraído matrimonio la Srta. Carmen Polo y Martínez-Valdés y el Teniente Coronel D. Francisco Franco Bahamonde...».
