Nouvelle que he leído en unas horas pero que tengo la sensación que me ha tomado mucho más tiempo prepararme para leerlo adecuadamente.
Quignard repite de forma pletórica la jugada que ya le salió bien en Terraza en Roma y por ello recurre a terrenos dónde se fusiona lo histórico y lo especulativo, abordando la historia de figuras recónditas de la Historia y con ello establecer otra fábula acerca de lo fugaz y lo eterno, lo espiritual y lo carnal, la muerte y la vitalidad.
En Todas las mañanas del mundo el protagonista más o menos establecido es Marin Marais, músico de la corte de Luis XIV, en el siglo XVII, de cómo pasó en su juventud de ser un cantante del coro a un músico consumado de la viola gracias al conocimiento que tuvo de un nombre olvidado y desconocido, alguien llamado Sainte Colombe, borrado de los libros de Historia, lo cual posibilita a Quignard para que lo imagen a su gusto, lo dote de todas la gracia y la genialidad que un músico pueda disponer, un maestro secreto, un tesoro perdido en la noche de los Tiempos.
Tras quedar viudo, Sainte Colombe se recluye en una finca de su propiedad junto a sus dos jóvenes hijas, a las que cuida, educa e instruye en el arte de la viola. Para completar sus ingresos da clases a alumnos muy seleccionados y también ofrece alguna velada para invitados también muy selectos, no por su posición social, si no por su capacidad para apreciar el arte musical de Sainte Colombe, que para él constituye una religión, por encima de cualquier rey, es el habla misma de Dios, y que es la forma por la que el maestro puede llegar a vislumbrar y contactar con el fantasma de su esposa, acaso un dolor desgarrador que lo acompañará toda su vida y acrecentará su talante misántropo y melancólico.
Pero su destreza llega a oídos del rey, que lo convoca para que actúe en su corte. El maestro rehúsa, no cree que la música se deba a ningún rey, aún y así, desde entonces, entre los entendidos de la música de Versalles y Saint-Germain, se convierte en una suerte de figura de culto y gracias a eso Marin Marais, siendo adolescente, acude a él después que lo echen del coro real porque su voz ha madurado. Es de esa forma como aflora la esta historia de aprendizaje hacia la verdadera quintaesencia del arte y otras esencias que están por encima de las cosas materiales de este mundo, que sin embargo ejercen su fuerza e influjo, someten a los personajes a tormentos y dichas, y a la vez ejercen como obstáculos y distracciones para encontrar una verdadera iluminación (en el sentido místico).
El lenguaje de Quignard busca conjuntar el brillo de la poesía con la robustez de la crónica, una escritura que se sostiene en frases sobrias, escuetas pero coloridas, con las que puede describir muy bellamente el misterio de la música del maestro Sainte Colombe, cuya viola puede reproducir tanto el murmullo de un rezo como un llanto desgarrado. Quignard es capaz de meterse en situación gracias a su propia formación musical, de hecho, años atrás, también organizó un festival de música barroca, es por lo tanto un terreno que conoce con detalle y eso le permite apuntar a detalles precisos y en absoluto académicos, es por lo tanto un entendido que domina el lenguaje y puede así crear algo que para muchos sería impensable.
La voz del libro se erige como susurrante y melodiosa, el relato alcanza varias décadas, en la que sus personajes conocen un amplio abanico de las pasiones humanas mientras el tiempo sigue su curso y deja atrás a las personas, pero el arte permanece mucho más allá, como testimonio de una época.
Libro brillante, conmovedor. Es el título más leído de Pascal Quignard, esa obra a la que acceden los que no profundizan necesariamente en su obra. Su lectura no demanda mucho tiempo, incluso la lectura atenta, y el poso que a cambio deja es sin duda es notorio. Hace años vi la adaptación de Alain Corneau, y aunque la recuerdo como una buena película, hoy me doy cuenta que las imágenes no pueden igualar las cotas que alcanza la escritura de Quignard, la belleza que es capaz de labrar y el alcance de su reflexión.
La nouvelle se erige en última instancia como una esquina secreta de la Historia francesa, un punto en el que los nudos del tiempo se entrelazan e ilumina rincones dónde habitualmente no alcanza la rutina del día a día.