Múltiples registros se cruzan en este potente relato personal que ahonda en las conexiones entre la memoria familia y la historia colectiva.
Lanallwe en un ensayo autobiográfico que conecta emulsiones fotográficas, el flujo de las aguas, las vetas de la madera, el papel y la memoria. A partir de una serie de fotos instantáneas heredadas, la narradora de este relato intenta reconstruir la historia –o una o su historia– de la casa en el lago donde transcurrieron los veranos de su infancia junto a su familia.
Buscando, interrogando e interpretando aquello que se ve y se oculta en esas fotografías es que se despliega un potente ejercicio de memoria –y de ajuste de cuentas con la misma– en donde se dan cita múltiples voces para traer de vuelta al presente las aguas de la biografía familiar y las de la historia el despojo territorial del pueblo mapuche. Aguas turbias, ambas, como las aguas del mismo lago.
Una foto, un recuerdo que enciende la obsesión, la curiosidad por escribir la historia de una porción de territorio que se habitaba. Me parece una premisa más que ganadora, para una lectora que, como yo, está obsesionada con comprender cómo se construye la memoria.
Creo que el libro tiene 3 ramas principales: los propios recuerdos, la historia de las fotografías instantáneas de Kodak y la ocupación del territorio, como excusa para abordar las problemáticas de la Macrozona Sur. Es sobre todo la última parte y su vinculación con las otras 2 que no me termina por convencer, quizás me pareció algo forzado.
De todas formas, es un libro ameno, de rápida lectura y que ofrece un vistazo diferente a cosas que no se hablan tanto o que siempre se hablan con un mismo foco.