«Me hacía ilusión sugerir que la mariposa hispanoamericana del realismo mágico alguna vez fue un gusano barroco español», escribe Iwasaki al final de este libro. El resultado es un impresionante ejercicio de estilo y un monumento de erudición en cultura bizarra barroca, un objeto textual originalísimo, enrevesado, y que se lee con un ojo abierto y otro cerrado, entre la carcajada y el repelús, igual que se ven los vídeos de accidentes domésticos.
La materia del relato no es mucha ni muy coherente, pero sí divertida, si uno es capaz de disfrutar del humor negro y del exceso gore. Apenas hay página en que no le rasguen a alguien las mejillas, o le astillen un hueso, o le trepanen el cráneo, o le sajen las encías, o le saquen un ojo, o le metan algo candente por el culo. El léxico es exuberante, no siempre exacto, pero por ello también digno émulo de la prosa barroca. Entre estas páginas caracolea el gusano barroco del que desciende la mejor literatura en español, a ambas orillas del Atlántico.