Jabois es un estilista originalísimo, que está brillando en algo que podría llamarse «el intimismo político». En el momento en que escribo estas impresiones, El País publica una columna suya titulada «Samsa», en la que retrata en calzoncillos a un ministro que un buen día se despertó y descubrió que era el administrador de una compañía domiciliada en un paraíso fiscal. Los artículos de Irse a Madrid son menos coyunturales, pero no menos ingeniosos. Jabois tiene riñones suficientes para intentar esa cuadratura del círculo literaria que consiste en escribir tan mal que el resultado sea bueno. Hay frases que no las entiende ni él, enfrascado como está en la búsqueda del giro molón; tiene artículos enteros sin pies ni cabeza, como «Salirse de plano», en que parece que ha ido juntando ideas a lo que salga, y que a uno lo descolocan y lo llenan de admiración. Asusta un poco pensar que pueda haber un cálculo detrás de ese desaliño («Uno escribe primero sus artículos y luego los pasa a sucio; los descuida, quitando aquí y allá algo que se haría imprescindible o añadiendo frases innecesarias, despeinándolos como esos adolescentes que se pasan horas delante del espejo colocándose mal los pelos», p. 132). Jabois acentúa la inocencia y la autoironía que caracterizaron a Julio Camba, con una audacia refrescante en el columnismo actual. Si se juntan «Un despido procedente» y «Tuneo», se consigue uno de los relatos más descacharrantes de la historia de la Humanidad.