Un implacable asesino siembra la ciudad de cadáveres dejando un naipe sobre el cuerpo de sus víctimas. Cuando la policía de la comisaría de Leganitos ha agotado todos sus recursos, y además hay naipes de por medio, acude a Julio Cabria, detective y ludópata, superviviente a partes iguales del juego y de la calle. En un Madrid de timbas clandestinas, curas que intercambian información por cocaína, policías con problemas y policías que son un problema, apariciones demoníacas y peligrosos secretos escondidos en chalets de la sierra de Guadarrama, Cabria se enfrentará a un nuevo golpe de mala suerte en su ya maltrecha biografía; un caso endiabladamente enmarañado cuyos hilos, a medida que tira de ellos, parecen ceñirse cada vez más en torno a su propio cuello.
Del autor de A timba abierta, finalista del Memorial Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón a la mejor primera novela policial del año.
Definitivamente es un libro, más que eso es un material de lectura, incluso podría decir que es un conjunto de palabras. Un libro donde nadie hace nada. El asesino no asesina a nadie, un detective que no investiga pero bien que sabrosea a su hija y policía que esta ahí definitivamente y que a pesar de querer atrapar al arlequín nadie mueve un dedo por hacerlo. definitivamente te entretienes más escuchando cinco capítulos de La Cotorrisa mientras juegas fornite que leyendo esto. Lo deje en un parque cuando lo terminé.
Esta segunda novela del detective Cabria me ha gustado un poco más si cabe que la anterior, ya que los ambientes que describe me resultan más atractivos y además ya tienes cierta "camaradería" con los personajes (Vitriolo, César, Meléndez...).
Si bien la temática, ubicación, personajes... se me asemejan mucho a los introducidos por Juan Madrid, la técnica y el estilo se me hace mucho más rebuscado. Sería algo así como un Góngora (Urra) y un Quevedo (Juan Madrid). Para mi gusto, el primero domina más la pluma y el vocabulario, pero el segundo te atrapa más con su capacidad descriptiva y la trama de sus historias, de ahí que me incline por el gran maestro Juan Madrid.