La primera cosa que me llamó la atención en este libro es que el nombre del autor no figura en la portada ni, lo que es todavía más extraño, en la contraportada. En los tiempos que corren, donde las editoriales suelen poner estos a un tamaño superior al del propio título, me resultaba insólito. Casi pensé en un error de Grupo AJEC, en un desliz del maquetador. Pronto me di cuenta de que no era el caso, y ese es el motivo de que le dedique un párrafo entero a este particular: el libro empezaba por este pequeño detalle que tenía tanto valor como el subtítulo plasmado en la cubierta: Libro de versiones, remezclas y otras formas de plagio.
Insólito. A partir de aquí, ya me esperaba cualquier cosa, y me encontré más. La obra que nos ocupa no es una simple antología de relatos. Es una reflexión literaria, un ejercicio narrativo, un experimento sobre la narración en la que esta nos permite adentrarnos, sin darnos cuenta, en la propia filosofía de la creación artística. ¿Qué es la originalidad? Esa es la pregunta obvia que nos plantea un libro que, declarándose vulgar, resulta totalmente extraordinario.
El tema es particularmente curioso porque, a fin de cuentas, no perturba el desarrollo de las historias; más bien, discretamente, les da un valor adicional al ponerlas en contexto. Daniel Miñano -sea quién sea, o lo que sea- nos cuenta historias. Lo hace después de haberse planteado qué es ser escritor y de haber compartido sus reflexiones con el lector, y lo hace con artificiosa franqueza.
A medida que avanzamos en el libro, tenemos la impresión de jugar con muñecas rusas, con esas que cada vez esconden una más pequeña en su interior. En cierto modo, el compendio de historias recuerda a las aventuras literarias de Borges, pero resultando mucho más cercano: no en vano, el autor bebe directamente de su entorno, de las ciudades que conocemos, de los hechos cotidianos, y da la impresión de ser uno de los escritores con los que nos cruzamos en los foros, o en la cafetería de la esquina.
Los registros que toca son variados, así como los estilos según los cuales plantea las historias. Algunas parecen basarse en la documentación sin más, como si fueran relatos periodísticos o arqueológicos, otras en la más absoluta fascinación mitológica... El lector tiene la impresión de sumirse en un terreno familiar pero desconocido, como cuando ves de nuevo tu ciudad natal acompañado de un buen Cicerone. Y siempre, y con razón, tienes ganas de ver qué encontrarás más allá. El cierre no decepciona.
Quizás estilísticamente "Bajo la influencia" no responde a las altas espectativas que el propio autor presenta con su original planteamiento y su profundo viaje a la narración, pero no es un obstáculo -lo dice un amante de la forma- para sumergirse en una antología que, desde luego, dejará su propia impronta. Magnífico encontrarse con un autor que conjuga tan hábilmente dos cosas que nunca debieran estar del todo separadas: literatura y narrativa.
"Suspensión de la incredulidad" y "malabarismos" son los dos términos que me vienen a la cabeza cuando pienso en este libro. El autor, en un primer plano, nos cuenta historias entretenidas, algunas francamente extraordinarias, con la habilidad de un buen narrador. Son las bolas brillantes que tenemos individualmente. En conjunto, estas dibujan filigranas fascinantes en el aire, hacen metaliteratura sin necesidad de que el lector se preste a ello. Simplemente leyendo, escuchando, como si se contemplara desde una perspectiva peculiar un espectáculo de títeres dentro de un segundo teatrillo.
Una antología que merece la pena descubrir. En ella Daniel Miñano, asumiendo aquello de que todas las historias están ya escritas, consigue, paradójicamente, crear algo nuevo, algo propio, y siempre sin perder de vista el auténtico rol del escritor: contar historias. Bravo.