«Un color invariable rige al melancólico: su interior es un espacio de color de luto; nada pasa allí, nadie pasa. Es una escena sin decorados donde el yo inerte es asistido por el yo que sufre por esa inercia. Éste quisiera liberar al prisionero, pero cualquier tentativa fracasa como hubiera fracasado Teseo si, además de ser él mismo, hubiese sido, también, el Minotauro; matarlo, entonces, habría exigido matarse.
Pero hay remedios fugitivos: los placeres sexuales, por ejemplo, por un breve tiempo pueden borrar la silenciosa galería de ecos y de espejos que es el alma melancólica. Y más aún: hasta pueden iluminar ese recinto enlutado y transformarlo en una suerte de cajita de música con figuras de vivos y alegres colores que danzan y cantan deliciosamente. Luego, cuando se acabe la cuerda, habrá que retornar a la inmovilidad y al silencio. La cajita de música no es un medio de comparación gratuito. Creo que la melancolía es, en suma, un problema musical: una disonancia, un ritmo trastornado.»
(Alejandra Pizarnik, LA CONDESA SANGRIENTA)
Después de citar este pasaje del libro, voy a decir muy poco más, ya que éste es un relato que esta autora hace en consonancia a la novela escrita por Valentine Penrose, con el mismo título que ésta, y que sin duda me voy a leer pronto. Y entonces, ya sí, contaré más, bastante más, porque chicos y chicas, prendada me he quedado. Es pura belleza narrativa y lírica este libro, y las ilustraciones son de bellas como de perturbadoras. Una auténtica delicia. Y un auténtico descubrimiento saber de esta mujer, apodada "La Condesa Sangrienta" entre otros apodos.
Erzsébet Báthory, condesa húngara medieval conocida por haber cometido más de 630 asesinatos. O al menos eso cuenta su leyenda. La mayor psicópata de la historia.