Todo mal empieza con un gay reprimido y todo gay reprimido es forjado por el miembro flácido del sexismo institucionalizado. Tienen que saberlo porque, de hecho, estoy escribiendo esto en junio. Es un fenómeno universal, solo que en Perú a ese horror sexual se le suman los años de violencia política encabezada por Fujimori y Sendero, pero ¿no es eso también un terror que ha penetrado y despellejado nuestra alma paupérrima y latinoamericana? Ya que Trelles Paz apunta a las menciones honrosas de films gringos policiacos en cada pasaje de la novela, yo tengo que reforzar mi argumento poniendo como ejemplo a The Apprentice (2024), el monstruo contemporáneo que creó Roy Cohn: Trump, nomás porque le echó el ojo a este en una de sus fiestas clandestinas, en donde la coca y el semen eran infaltables en cada nariz y boca ambiciosa. También está The Wolf of Wall Street (2013), por supuesto, la degeneración de la humanidad en manos del capitalismo, padre-madre máquina que se ha puesto en contacto con los nihilistas de la globalización para rematar a Dios. Triple tiro mortal o sobredosis de pastel. Aquí es algo bastante similar. Narrar el narcotráfico en el que está sumido el ejército peruano es tan natural como respirar en cualquier esquina húmeda y basureada de Lima: conocemos la carroña sobre la que damos nuestros últimos pasos, nuestro nicho infestado por motos que se tragan vidas y smartphones.
Así que, por todo este innegable sufrimiento que llevamos atorado en la garganta, no culpo a Trelles por ser fan del Nietzsche edgy. Lo culpo por querer ser mi tío el bacán, el fuck boy que te cuenta las miserias de la vida mientras se fuma un cigarro en la avenida: un clásico al que admiras, pero que a la vez te provoca risa. El profe literato, señor intelectual, tiene un inmenso imaginario satánico. Tiene a su alcance las voces ilustradas y masculinas que debaten en blogs del 2008 por ver quién la tiene más grande. Y a mí me encantan las vísceras ficcionales, me encantan los desmembramientos propios del romance gótico que te sacan los órganos, tejidos e intestinos con una cuchilla. Me horroriza, pero me fascina casi tanto como la belleza femenina de un blanco peruano. Qué se puede hacer. Se ha dicho muchas veces que el Perú es una república que el racismo gestó y esta violencia sistemática es la madre de grandes liberaciones, o sea, aniquilamientos. Para bien o para mal. Y Trelles lo aborda de manera cruda, de manera magistral. No se contiene en entregarse a los golpes a fuerza bruta y complacencia, ¿a eso se debe el que de su cerebro broten cantidad de personajes cuya existencia bien delineada encontré innecesaria? Son partes, como cuatro, de estructura diferente: novela, guión cinematográfico, documental (que, por cierto, claro que también me refiero a esas jergas latinas y de esferas sociales súper estereotipadas cuando digo que me dio risa: manyas o no manyas, hijo de la chingada, boludo pendejo?), blog, metaficción, etc. No sé, me fui al infinito con tremendo trip que se han metido todos. Las voces en mi cabeza continúan sumergidas en un debate literario, cada uno con su propio lenguaje plagado de jergas técnicas y vulgares, según las palabras de los grupos elitistas que ya nadie necesita. Todos inyectados de frases sabiondas e infumables, dignas del nuevo aparato de la maquinaria capitalista, la i.a. Sinceramente, el único necesario en ese círculo esnobista es Damián el joto. Trelles, no hurgues más entre tus sesos, la mariconada puede salvarnos del sinsentido humano, nuestro eterno sentir trágico. Te lo juro. Cada psicópata fantasea con un falo y Marco, el chiquillo patético que sueña con babear sobre el cuerpo arrugado de su abuela, no es la excepción. De hecho, cómo decirlo siquiera, considero que de eso se trata todo, incluso en esta novela.
Pero a ver, antes de pasar a la teoría universal a la que siempre recurro cuando quiero pensar, falta mencionar mi parte favorita de este entretejido perverso. Fuera de mi estrella blogger favorita, la única parte que me sedujo/horrorizó de a ratos fue la de Humberto, el agente infiltrado en la banda del blanco narco. Un monstruo que fue parido en el Callao, ¿no? No sé, pero nació en Lima de todas formas. Este ser horripilante se acuesta con una niña coquera que, a propósito de nuestra obsesión fílmica, da vibes de Christiane F por todas las desgracias que le acontecen al ponerse a trabajar de madrugada en una esquina. Los fragmentos ultra-gráficos de ambos tirando, mientras el maldito piensa en huir con su familia al terminar la misión, me sacaron de mi zona de confort. No hay espacio para la vulnerabilidad intelectual, el bendito sentido común, cuando en cualquier segundo una bala te puede despedazar. Pero aún así, creo que todos somos plenamente conscientes de que esas escenas dan escalofríos y de que los hombres dan asco. Lees esas escenas llenas de semen y líneas gordas como tiza, y te das cuenta de que ya no hay nada que hacer. Destruyeron al mundo en un cuarto de hotel.
Y ahora, ¿por qué y para qué? Bueno, Trelles se esmeró en fumarse ese troncho cargado y dio a los jurados literarios abundantes estructuras, estilos, lenguajes, personajes… Su escritura aspira a desbordar pasión o que se le chorree por el pantalón, mejor dicho. Al principio no entendía por qué no conectaba con este mundo visceral y me dije que tal vez fuera por el hecho de que era una novela de género policial, pero no. No, no, va más allá de eso y creo que es gracias a este libro que apenas lo voy descubriendo. Puede ser que sienta que la pluma tiene que conquistarme hasta que me importe al menos un poquito, y no me refiero a sentir empatía por un personaje, sino que puede ser por cualquiera de los elementos narrativos. Comienza con un interés por la trama, una admiración por el estilo particular, una especie de complicidad por los fragmentos sanguinarios… pero al final no hay corazón que morder. En efecto, Trelles fue un fuck boy que me dejó con las ganas. Nunca me mintió, pero de verdad deseé enamorarme de este monumento de cadáveres, lástima que llegué a ellos cuando ya eran huesos secos.
Todo bien con que la esencia de este libro sea la masculinidad nihilista, pero el que no creas en un dios no tiene por qué volverte una bestialidad maquínica en todas tus dimensiones. Y el hecho de que seas psicópata no tiene por qué convertirte en un ser tremendamente patético como el huevón de Marco. Además de que puedes ser despreciable y tan satánico como quieras, pero no hay necesidad de caer en el relleno melodramático y ciertamente monse por lo mismo. POR FAVOR! Ahora entiendo más o menos la razón detrás de la fijación que tiene Almodóvar con retratar la feminidad en su filmografía. A Bioy como que le falta sazón, otro tipo de fluido corporal más allá de la sangre, si es que me dejo entender (no). No es sorpresa que los personajes más interesantes para mí hayan sido Damián el joto, que casi mata de un infarto a su abuela por ser joto, el Bioy blanco narco con rumor de cabro y el Humberto que penetra a su chibola coquera, mientras se tortura con la posibilidad de que Bioy sí sea homosexual…
Hay tantos matices importantes que se pueden rescatar de esta novela, no sé, ¿alguien quiere pensar en los traumas del ejército peruano tras los años de terror político como en Días de Santiago? No. Para mí el talento del tío edgy es innegable, pero por eso justo me frustra que no le haya sacado más jugo. Coge un cabro y dile que lo vas a hacer tuyo! Y hazlo tuyo con ganas! (es una metáfora horrorosa, lo que quiero decir es que delinee personajes que gocen de una singularidad propia, que rompan el molde elaborado a base de esas referencias culturales que usó de apoyo, pero que ya están desgastadas).
Y bueno, recién lo terminé en junio, pese a que lo comencé a leer en enero y bien podría no haberlo terminado siquiera.