La excelentísima y muy noble casa de Habsburgo fue cuna de una gran cantidad de monarcas, duques, condesas, príncipes, emperadores, reyes, reinas; tenían grandes dominios, ejercían el poder de manera enérgica y vivían entre lujos y riquezas inigualables, muchas veces a costa del pueblo. Uno de sus miembros más notables fue María Antonia Josefa Juana de Habsburgo-Lorena (1755-1793), mejor conocida como María Antonieta.
La dinastía Habsburgo, por derecho divino, imponía en sus extensos dominios sus leyes y dictaba la forma de vivir a cada uno de sus súbditos, tal y como lo hacían también otras distinguidas dinastías por toda Europa como los Coburgo, los Borbón, los Romanov, los Hohenzollern, los Saboya, Tudor o Estuardo, linajes de gran renombre y rancio abolengo. Pero también es cierto que, así como ostentaban el poder y vivían entre lujos y riquezas excesivas, en su seno acontecieron grandes tragedias personales.
Casi todos conocemos, aunque sea someramente, el muy trágico final de la vida de María Antonieta decapitada con tan sólo 37 años de edad, siendo éste uno de los hechos más recordados de la Revolución Francesa. Cuando se piensa en una mujer que haya tenido una muerte trágica, en el imaginario colectivo aparece muy a menudo el recuerdo de María Antonieta, guillotinada en París en aquellos días del Terror de 1793 y nacida en la Casa Real de Austria, y que a instancias de su familia y del Estado, buscando una alianza con el Imperio Francés, se casó con el futuro Luis XVI (1754-1793).
Este magnífico libro nos relata la tan esplendorosa como trágica vida de María Antonieta, contada al estilo y con la maestría de Stefan Zweig (1881-1942), quien no nos deja de sorprender con su talento literario, con su inspiración sin paralelo, con su inconmensurable oficio de escritor y sus muy vastos recursos a los que recurre para hacer de una biografía, también un ensayo y una novela histórica que nos mantiene en vilo durante toda su lectura. Por cierto que este célebre autor fue también súbdito del esplendoroso y, ya entonces, declinante Imperio Austro-Húngaro y quien también tuvo una muerte aciaga.
Además de la tragedia de María Antonieta, y haciendo un rápido e incompleto recuento, nos damos cuenta de que tan sólo en el siglo XIX y principios del XX, se sucedieron dentro de esa Casa Imperial varias muertes trágicas como la de Maximiliano de Habsburgo, Archiduque de Austria y Emperador de México quien fue fusilado en el año 1867 con tan solo 34 años de edad.
En el año de 1889, Rodolfo de Habsburgo (príncipe heredero de Austria), hijo del emperador Francisco José I, se suicida no sin antes haber asesinado a su amante de apenas 18 años.
El 10 de septiembre de 1898, mientras paseaba por el lago Lemán de Ginebra, la emperatriz de Austria Isabel, conocida como Sissi, esposa del Emperador Francisco José I, fue atacada por un anarquista italiano provocándole la muerte. Y por si fuera poco Francisco Fernando, heredero al trono del Imperio Austro-Húngaro es asesinado el 28 de junio de 1914, en Sarajevo por un extremista serbio; como se sabe este acontecimiento desencadenó la Primera Guerra Mundial.
Cautivadora, amena y valiosa la obra que nos ofrece en esta ocasión Stefan Zweig, destacando nuevamente esa pluma dorada que vuela por las páginas de esta narración dejando su huella y que se enclava por su temática dentro de toda la vastísima obra que habla de ese hecho heroico y a la vez terriblemente dramático que sucedió a finales del siglo XVIII: La Revolución Francesa, gesta sobre la cual se han derramado ríos o mares de tinta y siempre resulta interesante su lectura. Este acontecimiento dio origen a un nuevo sistema político y social en el mundo y tuvo como legado el nacionalismo, así como el nacimiento del concepto de ciudadano como tal, en lugar del ancestral súbdito sometido y rendido por completo ante sus monarcas, quienes eran dueños del Imperio, de las tierras, de los habitantes…
Cada libro, cada texto sobre este apasionante tema nos aporta algo y éste no es la excepción, ya que el autor con su profundo análisis sicológico contribuye, entre otras cosas, a hacernos reflexionar acerca de situaciones muy particulares, en especial sobre la génesis de este movimiento y sobre algunos puntos de inflexión en su desarrollo que tienen que ver con la personalidad de sus principales personajes y que influyeron de manera decidida sobre los resultados. La Revolución Francesa no solamente se gestó por el descontento del pueblo hambriento y desgraciado; también había muchos otros intereses y resentimientos, odios ocultos y venganzas pendientes por parte de los cortesanos y de la nobleza que se sentían desplazados básicamente por las veleidades, la excentricidad y la frialdad de la Reina, así como por la indiferencia del Rey.
De acuerdo con este libro Luis XVI no tenía mucha presencia en las decisiones ni ganas de gobernar, era un ser débil y apático que se sintió aliviado cuando perdió la corona; cedía ante todo deseo y capricho de María Antonieta. Algunos notables personajes allegados al Rey desempeñaron, también, papeles importantes en toda esta vorágine de intrigas y odios; de terror y de sangre.
Dentro de todos los personajes que nos describe Zweig, en adición a María Antonieta y a Luis XVI, me han quedado grabados especialmente dos de ellos: el muy gallardo, noble y entregado Duque Hans Axel Von Fersen (1755-1810), quien aparece aquí además como un muy enamorado amante de la mismísima Reina María Antonieta, un personaje cuya lealtad y arrojo nos sorprenden y que lo han convertido en una especie de héroe desconocido. Así mismo y a pesar de dedicar sólo un breve capítulo al conspicuo personaje llamado Mirabeau (1749-1791), este capítulo es realmente vibrante por el énfasis y el brío con que el autor lo describe: un ser ardiente, arrebatado, apasionado, con grandes habilidades tanto políticas como personales, dueño de un gran poder persuasivo que lo lleva a seducir con sus palabras y actitudes a todo tipo de personajes y bajo cualquier circunstancia, de ahí su apodo de “La Antorcha de Provenza”.
Por último, es de destacar la forma en cómo desmenuza el autor la personalidad de la Reina a partir de su recolección de datos, sus análisis y su estudio de centenares de documentos, ente los que se encuentran las cartas de María Antonieta que el autor transcribe y que por cierto son unos documentos llenos de encanto, envueltos por la desesperación, el amor, la inseguridad o la angustia ante lo aterrador y doloroso de su situación.
De nuevo el autor muestra su gran capacidad para, con sólo unos plumazos y una mirada penetrante, desnudar el alma de cualquier ser humano y en esta ocasión parece introducirse al sub consciente de la Reina de Francia.
Es sumamente interesante lo que se nos cuenta acerca de la sicología de la Reina, sus motivos para actuar o no actuar, su educación, sus costumbres, la influencia de su madre, la decepción que le causa Luis XVI, su inicial búsqueda constante del placer y su posterior decisión y valentía para enfrentar ese cataclismo que fue el final de su vida. No es cosa menor examinar y detallar estas circunstancias que se confabularon para crear a ese tristemente célebre personaje de la historia recordado como María Antonieta.
La imagen de la María Antonieta que ha quedado para la historia es la de una Reina frívola, tirana, insensible, egoísta, abusiva, intrigante, indiferente ante el pueblo y amante de los placeres: una arrogante sanguijuela, una diosa de la diversión y el placer, así como una hábil instigadora. Únicamente ante ese terrible despeñadero que fue el desenlace de su vida, en donde María Antonieta se encuentra sin marido, sin hijos, sin amigos, sin trono, sin libertad y sin honor, ella misma dimensiona lo que su vida es realmente y se puede decir que sólo entonces se vuelve un ser terrenal. La Reina ha abdicado y la mujer ha renunciado.
De cualquier forma aún y cuando María Antonieta hubiese incurrido en todos los pecados de que se le acusa, me parece que el castigo fue excesivamente inhumano. Una de las peores atrocidades que un ser humano puede cometer es ensañarse con un enemigo derrotado, es la crueldad innecesaria para el vencido; sus enemigos, que eran todos, se ensañaron excesivamente con esta mujer.
“El edificio de la República había que cimentarlo sobre sangre real”.
A pesar de esa gran descripción que hace el autor tanto de la vida de María Antonieta como de su terrible entorno, Zweig tiene los talentos necesarios para no involucrarse en posturas ideológicas o en decantarse por alguno de los bandos en disputa. Este grandioso autor es consistente son sus principios que a lo largo de su obra contemplamos con solemnidad y admiración: el humanismo y los valores morales, en esta ocasión imprimiéndoles un refinado y brillante dramatismo.
La traducción del profesor español Carlos Fortea, nacido en Madrid en el año 1963, es inmejorable, como suelen ser todas las traducciones de esta Editorial Acantilado.
En suma, el libro aborda La Revolución Francesa y en especial la vida de María Antonieta, bajo la aguzada mirada de Zweig y contada con esa pluma hechicera, encantadora y serenamente humana que portó el autor judío-austríaco. Bien, muy bien de nuevo por el inmenso Stefan Zweig.