José Carlos Becerra no debería ser un descubrimiento. Antônio Vieira tiene un poema que dice: “Los nombres de los poetas populares / deberían estar en la boca del pueblo”. Becerra es el poeta mexicano más deslumbrante, pero sus libros apenas se consiguen y sólo incluyeron 3 poemas suyos en la famosa antología “Poesía en movimiento (1915-1966)”. No sé de poesía y no pretendo –ni podría o querría– hacer una crítica erudita, pero sí quiero hablar de lo lento que avancé con este libro por la frecuencia con la que me encontraba poemas que me cimbraban y tras los cuales era imposible seguir leyendo. Quiero decir cuántos versos me parecieron canciones oscuras, rítmicas y delirantes; cuántas veces se produjo en mí esa situación maravillosa donde cancelas el intento de inteligir un poema porque se alcanza el estado de trance donde las palabras dejan de serlo y se vuelven algo sensorial, espiritual; cómo no cabía de asombro al encontrar una y otra vez imágenes de una precisión hermosa y fundamental, la locura de que nunca nadie las hubiera pronunciado antes. Una parte de mí entiende que los poemas de Becerra no se reproduzcan hasta el hartazgo en todos los medios, que no se hable de él, que no se le dediquen textos ni coloquios (esto último es casi un halago porque no hay nada más soporífero que un coloquio de poesía): ¿cómo hacer pública una experiencia tan esencial? Fantaseo, en cambio, con que exista una cofradía secreta de lectores de Becerra que no nos atrevemos a compartir el asombro por miedo a romper el encanto y nos contentamos con leerlo íntimamente.
Llegué con muchas expectativas porque escuché a Silvana Estrada decir que es un libro que le gusta mucho y aunque si tiene algunos poemas o textos con frases lindas, en general siento que no logré conectar tanto con lo que leí.
Una poesía pura de las formas. Aquí también dejo mi silencio y me rindo ante el poder de sus imágenes, de su ritmo, la manera inequívoca de alzarse sobre la nieve. Hay tal vez un verso que acumula la importancia política de una poesía como esta: "la multiplicidad de formas / encontradas para vivir son la prueba / de un estado inaceptable / para vivir". La vida es insoportable y las imágenes quieren llegar al centro de su miseria para al menos en el poema deshacerlas. Pero para un poeta de esta talla las palabras sobran, por lo menos las que no sean suyas. Les transcribo uno de sus poemas: "las palabras, esas distancias de algo, esta mirada que vamos entregando y que sin embargo [no ha estado con nosotros, esta súbita prisa, esta forma de ojos, palabras, manos que quieren sujetar un tiempo que es [un rostro o el sonido de otra palabra, ya no sé nada, no estoy con ustedes si acaso me leen, por la ventana entra el sol, entra la noche como una [mujer sin alas, entro yo, entra mi voz y aún no estoy con ustedes, las palabras levantándose, hacinándose, en el rostro del anochecer hay rasgos de piedra que el [viento abrillanta y apaga, entreabre tu perdición y mira bien adentro, otra palabra allí vuelve del humo, las palabras como sospechas de carne, como viento de [carne, palabras dichas por piedad, palabras que no pudimos [decir, palabras que no debieron decirse o que dijimos demasiado tarde, el mundo cabe en una palabra porque el mundo no es [una palabra, ninguna mirada está consigo misma, ninguna palabra volverá sobre sí misma, palabras, palabras, palabras, yo las reúno al azar, las disperso, las tengo un rato en las manos como objetos tortuosos o [puros, las miro más de cerca, ya no las veo o veo a través de ellas y entonces ya no hay [palabras, hay mundo no sé dónde, hay una mujer, estoy yo cerca [de ella, pero estamos en las palabras, en las afueras de otra vida, de reflejo en reflejo, de alusión en alusión, de río en río, el sol sentado en el horizonte se quita las sandalias, se [quita el sol, la tarde es una mano posada en mi hombro, alguien espera la luna, esa claridad en movimiento, recuerdos de un cuerpo que sólo son palabras, sagrados instrumentos de precisión e imprecisión, siempre hay una palabra después de otra palabra, en vez [de otra palabra, siempre es otra ciudad, otro rostro, otra cosa lo que yo iba a decir, siempre queda una frase que no hemos dicho, un centinela que en mitad de la noche grita ¡quién vive! después de haberse enumerado las diversas [formas de muerte violenta o pacífica, sube la noche desde el mar como un ave impasible y [extraña que viene a posarse en mi corazón con un crujido de ramas y de hojas, no estoy de mi parte, no estoy con ustedes, ningún recuerdo es mío, ningún recuerdo es cierto, soy un hombre mirando, alzando la noche como un viejo hábito, como otra [manera de hablar, de soltar en los signos cuerpos ya sin vida, y aquí estamos o no estamos nunca, tomándonos de la voz, tomándonos de la mano como para una danza en honor de nuestros dioses [ajenos, por la calle de la primavera, por el invierno del invierno, palabras mías que no son mías, siempre hay una palabra, esa puerta que busca ser la [puerta, ese sonido a fuego de los labios, ese amanecer tatuado de nombres antiguos, un relámpago culebrea de pronto como un ojo que se [abre y se cierra, como un cuerpo que entra y sale de su nombre, miramos la lluvia y esto es hablar, porque miramos la lluvia en los hombros de una mujer [como sus posibles cabellos, y adelantamos una mano y sólo acariciamos el agua que [escurre, sólo acariciamos lo que iba pasando, palabras idas de mí, de mí de vuelta, hermosa usanza mágica, palabras, si son ustedes la belleza, ¿por qué no son la [desnudez? ¿o acaso la desnudez es el viento? palabras, ustedes son la prueba humana, la sorda [revuelta, los ángeles malditos arrojados de los labios de Dios, ¿qué decimos que decimos?, ¿acaso aquello que no [decimos porque no lo sabemos o porque lo sabemos demasiado? palabras, ojos con los que tal vez no debimos mirar a pesar nuestro o a pesar de otro o a pesar de las mismas palabras, entra la noche y entra el día por la ventana y entro yo por la ventana y entra la ventana por la [ventana, como bocas que pasan en lo que dicen, como bocas que sueñan lo que dicen,".
Creo que buena parte de los textos reunidos en El otoño recorre las islas merece entrar por la puerta grande de la poesía en lengua castellana (quizás la única excepción son los que componen el apartado «La Venta» que, al menos a mí, no me parecieron los más afortunados entre todo ese desfile de insospechadas revelaciones). Sin embargo, las cinco estrellas que le doy a este libro son sobre todo por haber recuperado, en la medida de lo posible, lo mejor de un poeta (incluida la correspondencia y las charlas con gente de letras como Carlos Pellicer, José Lezama Lima, María Luisa Mendoza, entre otros) cuya vida quedó truncada en el momento en que parecía dirigirse hacia una cúspide que, me atrevo a aventurar, habría compartido con los más grandes.
Un poeta prácticamente desconocido. Todo su libro es un mágico despliegue de inteligencia e imágenes potentes que evocan a la imaginación. El mejor de todos los poemarios, a mi gusto, 'La Venta' Léanlo no se arrepentirán por nada
Becerra es parte de una generación de poetas mexicanos tan rica como prolífica. Sus imágenes recogen una larga tradición poética, mezclando lo cotidiano, lo universal y lo filosófico en muchos de sus poemas.
Me encanta, un gran poeta de mis favoritos una lastima que no sea tan conocido, y les recomiendo que lean su biografía. este libro llevo leyendo y releyendo desde los años 2008 me enorgullece
Es una lástima que José Carlos Becerra no sea un poeta tan conocido. Su poesía es tan fuerte, metafísica, oncológica; que lleva a una fascinación tan alta que incluso uno debe detener su lectura por los golpes recibidos por parte de un sentimentalismo y arte tan laberintico otoño. En cuanto más leía más me lamentaba su muerte; en la mayor etapa de su vida, a los 34 años, siendo joven y viajando para arreciar su labor poética, fallece rumbo al embarcadero que lo llevaría a Grecia, país que está demás decir, le causaba un entusiasmo infinito. Así como "El otoño recorre las islas" José Carlos Becerra recorre nuestra sangre.