Definitivamente Kawabata atrapa.
El segundo libro que leo de este autor y me ha gustado más que el primero, País de Nieve. Kawabata es pura prosa poética. Te envuelve y te embriaga de tal forma que no puedes dejarlo hasta que has terminado. Precisión perfecta en el uso del lenguaje y dominio exquisito del ritmo de la narración. Maestro en el arte de sugerir, Kawabata juega con la imaginación del lector para que sea ésta la que complete los vacíos que va dejando.
Lo bello y lo triste es un análisis impecable del lado irracional que habita en cada uno de nosotros. El deseo, los celos y la venganza son algunas de las emociones que aparecen en la novela que sin ningún control conducen a la destrucción.
El argumento es el siguiente: Oki regresa a Kioto para visitar a una antigua amante, Otoko, con la que mantuvo una fugaz pero intensa historia de amor que dejó huella en ambos de tal forma que ella no ha podido volver a mantener ninguna relación con un hombre y él, aunque casado, vuelca toda la historia en una novela para adolescentes que consigue tener éxito. Otoko convive ahora con una joven, discípula suya, que por amor se vengará del daño que en su momento Oki inflingió a Otoko, seduciendo a Oki y a su hijo.
Si se toma la historia literalmente, se concluye que la visión que el autor tiene de las relaciones es enfermiza y destructiva situando el origen de todos los males en la figura de la mujer ante la belleza de la cual el hombre, ser débil, no puede sino caer rendido. Podría calificarse a Kawabata de misógino por el retrato que hace del personaje de Keiko como un ser terriblemente malvado y maquiavélico que seduce por puro placer vengativo, misoginia que incluso se proyecta en la esposa de Oki, que prefiere culpar de su desdicha, no a su marido, como cabría esperar, sino a Otoko y Keiko y lucha por mantener alejado a su hijo de ambas mujeres cuando vuelven a aparecer.
Ahora bien, lo que el autor pretende, si se va más allá, es que la historia en sí funcione como alegoría que le sirva para poner sobre el papel la complejidad y el poder de las emociones humanas, sin descuidarse de reflexionar a la vez sobre ellas, que pueden llegar a conducir al delirio y a la locura.
Algunos fragmentos ilustrativos podrían ser los siguientes:
“En los tiempos en que se reunía con ella en secreto, Otoko la sorprendió una vez al decirle:
- Tú eres de los que se preocupan por el qué dirán, ¿no? Deberías ser más audaz.
- Me parece que soy bastante desvergonzado. ¿Qué me dices de esta situación?
- No. No hablo de nosotros- dijo ella e hizo una pausa-. Me refiero a todo… Deberías ser tú mismo.
Al no encontrar respuesta, Oki había reflexionado sobre sí mismo. Mucho tiempo después, las palabras de Otoko continuaban grabadas en su mente. Sentía que aquella muchacha veía con extrema claridad su carácter y su vida, porque lo amaba. En adelante había seguido su propia voluntad con harta frecuencia, y cada vez que comenzaba a preocuparse por la opinión de los demás recordaba las palabras de Otoko. Recordaba el momento en que las había pronunciado.”
“Mucho tiempo después de separarse de él, le molestó leer en Una chica de dieciséis que cuando Oki iba a encontrarse con ella planificaba cómo le haría el amor en esa oportunidad y generalmente lo conseguía. Le parecía espantoso que el corazón de un hombre “palpitara lleno de gozo mientras caminaba pensando en eso”. Para una joven espontánea como Otoko era inconcebible que un hombre planeara de antemano sus técnicas eróticas, la secuencia de éstas y cosas por el estilo. Ella aceptaba todo lo que él hacía, le brindaba todo lo que él pedía. Oki la había descrito como una criatura extraordinaria, como mujer entre las mujeres. Gracias a ella –así escribía-él había experimentado todas las formas de hacer el amor.”
“Oki comió temprano; alrededor de las cuatro y media. En las cajas encontró una variedad de comidas de Año Nuevo, entre las que figuraban unas bolitas de arroz de forma perfecta. Parecían expresar las emociones de una mujer. Sin duda la propia Otoko las había preparado para el hombre que, mucho tiempo atrás, había destruido su tierna juventud. Al masticar aquellos bocaditos de arroz, sintió el perdón de la mujer en su lengua y sus dientes. No, no era perdón, sino amor. Estaba seguro que era amor, un amor que aún ardía en lo más hondo de su ser. Todo lo que él sabía de la vida de Otoko en Kioto era que ella se había abierto camino como pintora sin ninguna ayuda. Quizá hubo en su vida otros amores, otras historias sentimentales, pero ella aún sentía por él el desesperado amor de la adolescencia. Él, por su parte, había tenido relaciones con otras mujeres, pero nunca había vuelto a amar con la misma intensidad.”
Igual que las bolitas de arroz que aparecen en el fragmento anterior, todo en Kawabata deviene símbolo: el inicio del libro es prácticamente calcado a País de Nieve. El tren que lleva al protagonista de Tokio (ciudad que representaría la realidad y la vida cotidiana) hacia Kioto (como sinónimo de ese lugar idílico de nuestra imaginación, donde no hay límites para la admiración de la belleza y la búsqueda insaciable del placer.) El tren simboliza el escape de la realidad, el viaje que se emprende hacia lo irracional. También las bellísimas descripciones, delicadas y exquisitas de los paisajes que funcionan como vivo reflejo de las emociones de los personajes a la vez que nos sumergen en el mundo japonés, como si el lector se encontrara en medio del cuadro que el autor dibuja. Destacable también es el uso de la evocación del recuerdo como una constante en Kawabata siempre teñido de un tono melancólico que empapa todo el relato y que llega ser doliente. Particularmente bellos son Campanas del templo y El lago (capítulos que inician y cierran la novela, respectivamente.)
Y el simbolismo adquiere su máxima manifestación en el personaje de Keiko mismo, personificación, a mi parecer, del amor adolescente, apasionado y loco, encarnado en una joven de veinte años, turbadoramente bella, que no dudará en seducir a los dos personajes masculinos que caerán rendidos a sus pies, sólo por amor a Otoko.
Parece que al autor entiende que el amor desenfrenado sólo pueda darse en la juventud: “Otoko recordó ahora las palabras de su madre. Se preguntó si era su juventud e inocencia lo que había dado tanta intensidad a ese amor. Quizá eso explicara su pasión ciega e insaciable.”
“En una palabra, había volcado todo su amor fresco y juvenil en aquel libro. Probablemente ésa fuera la razón de su éxito. Era la trágica historia de amor de una muchacha joven y de un joven aún, pero casado y con un hijo. La belleza de aquella historia había sido acentuada hasta el punto de escapar cualquier cuestionamiento moral.”
Efectivamente la joven Keiko está perdidamente enamorada de Otoko; Otoko y Oki, por su parte, estuvieron ciegamente enamorados en su juventud y Taichiro, el hijo de Oki, es seducido por Keiko enamorándose locamente de ella, a diferencia de su padre, quien, si bien también acaba cediendo a sus encantos, mantiene con Keiko un encuentro puramente sexual “una vez más la besó largamente. Cuando quedó sin aliento la levantó en vilo y la depositó sobre la cama. Ella se ovilló. No ofreció resistencia, pero a Oki le resultó difícil que distendiera las piernas. No tardó en comprobar que no era virgen. Comenzó a embestirla con más dureza.” Y tanta pasión ¿hacia dónde lleva? A la destrucción. Entonces podemos preguntarnos, ¿por qué el ser humano ansía vivir un amor así si sólo acaba saliendo dañado? ¿Es que la naturaleza humana es, de algún modo, masoquista? En definitiva, ¿es el Amor malvado?
Parece que Kawabata nos advierta de que el final feliz no es posible sintetizando magníficamente la esencia de lo que resultan ser, no sólo las emociones humanas llevadas al extremo, sino la vida misma, en el título del libro: lo bello y lo triste.
Simplemente genial.