La presurosa actualidad enfrenta de muy diversas formas a ese gran enemigo que es el aburrimiento: ya sea mediante la hipnosis a manos de una pantalla, el trabajo inagotable, los estados de conciencia alterados o las infinitas formas de entretenimiento a nuestra disposición, se trata ante todo de negarlo, de no aburrirnos nunca, de estar siempre ocupados en algo. No en balde George Steiner consideró a la modernidad como «la supresión sistemática del silencio».
Para conocerlo desde sus entrañas, el poeta y ensayista Luigi Amara se deja atrapar por sus fauces. Tras ser guiado por algunos de sus grandes intérpretes –notablemente Pascal y Montaigne–, resuelve encerrarse a solas con su aburrimiento en una habitación durante varias semanas, sin ningún juguete tecnológico para ayudarlo en el combate. Luego se administra una terapia de choque yendo a la capital mundial del entretenimiento, Las Vegas, donde encuentra que si el aburrimiento no es visible es tan sólo porque se encuentra en todas partes. Su descenso al inframundo del aburrimiento termina por ser un viaje iniciático para convertirse en miembro fundador de la Internacional Bostezante, única organización a nivel mundial creada para rendir culto al aburrimiento.
En "La escuela del aburrimiento", Luigi Amara desnuda la ideología del aburrimiento, advirtiendo que el miedo que produce es en realidad mucho peor que cualquiera de sus encarnaciones: «Es el temor de quedar atrapados en un trabajo toda la vida, en un único “rol” social, en una misma relación de pareja: el temor de que el deseo se apague como prefiguración de la muerte. No moverse, estar en un confinamiento estanco, asfixiante, sin alternativas. Llorar en un cuarto oscuro porque intuimos que se parece demasiado a nuestro féretro».
Nació en la ciudad de México el 6 de enero de 1971. Poeta y traductor. Cursó la licenciatura en filosofía en la UNAM. Fundador y jefe de redacción de la revista Paréntesis. Actualmente se desempeña como jefe de redacción de Pauta. Desde 2005 es director editorial de Tumbona Ediciones. Colaborador de Confabulario, Fahrenheit, Fractal, La Jornada Semanal, La Tempestad, Letras Libres, entre otras. Becario del IIF (UNAM), 1993; del INBA, Jóvenes Escritores, 1994; del FONCA, Jóvenes Creadores, 1996, 1999 y 2002; obtuvo el apoyo para difusión de obra: “Artes por todas partes”, de la Secretaría de Cultura del GDF, 2002. Miembro del SNCA, en el 2005-2008, y de 2010 a la fecha. Primer lugar en la Primera Bienal Metropolitana de Poesía 1994 convocada por la UAM-X. Medalla Gabino Barreda 1996. Primer lugar del Certamen de Poesía Manuel Acuña 1996. Premio Norman Sverdlin por la mejor tesis en Filosofía en 1997. Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 1998. Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños 2006 por Las aventuras de Max y su ojo submarino.
(Ficha de diccionario de Catálogo biobibliográfico de escritores de México de la Coordinación Nacional de Literatura del INBA.)
En uno de mis ensayos favoritos: "De las ventajas de no estar a la moda", de Salvador Novo, se dice que sólo en el campo o en el hospital podemos permitirnos no estar enterados de lo último, de las nuevas tendencias; no participar del vaivén agobiante de la ciudad y permanecer pasivos. De algún modo el ensayo de Novo me parece un llamado a hacer el experimento que dice Amara hacer en este libro: enclaustrarse, aislarse del mundo y de su velocidad (aunque Amara, en busca del aburrimiento, vaya después a las Vegas a dar vueltas por los hoteles y casinos) para poder entonces contemplarlo con calma, con indiferencia y honestidad.
En La escuela del aburrimiento se cuestiona (de manera bastante entretenida, por cierto)al aburrimiento y, sobre todo, a su carga negativa. Este ensayo es una reivindicación del tedio, de la apatía. El giro es interesante: la posibilidad de pensar el aburrimiento como una antesala a la creación, como un método del autoconocimiento e, incluso, como acto de rebeldía hace que uno, como lector, pierda un poco la culpa de sentirse tantas veces terriblemente aburrido.
Por libros como éste nos damos cuenta de la importancia de la filosofía en nuestras vidas.
La escuela del aburrimiento provee al lector de una facilidad para estar consigo mismo; hace que se conozca, recurra y piense en su propio estar. Al cerrar la última página, Amara deja un sabor de haber estrechado la mano con el hastío, con la rutina y con el ocio. Ahora nada de eso es intrascendente o preocupante.
Amara se dispone, en su experimento de enclaustro, a saborear por completo el aburrimiento y poder devolver la experiencia en este libro profundo, sencillo, y para nada tedioso. Nos revela nuestras habitaciones como uno mismo, hace uso de Pascal, Baudelaire, Montaigne, Warhol, Schopenhauer, Kant, Kierkegaard, Séneca, todos ellos apuntan a explicar por qué le tenemos tanto pavor al aburrimiento, y por qué creemos que podemos destruirlo.
Gracias a Luigi Amara la vida es menos soporífera. No quiero decir que antes de La escuela del aburrimiento la vida haya sido insípida y estática, pero ahora, con estas excelentes explicaciones y reflexiones del aburrimiento (origen de todo), la rutina, la respiración, el ser en sí, es ahora parte de un total íntimo y permisivo hasta la muerte.
"Un día encontré al aburrimiento echado en mi sillón, las manos detrás de la cabeza, desparramado a sus anchas. Estaba allí, se diría que esperándome, aunque en realidad no parecía esperar ya nada de nada. Me miraba fijamente, sin curiosidad, sin emoción, y yo en cambio no podía sostenerle la mirada. Lo eludía y más bien me comportaba como si él no estuviera allí, en mi propio sillón, con esa pinta desenfadada de inquilino incómodo, con ese aire de desafío que adoptan los que ya no piensan irse nunca de casa. [...] Como estaba claro que no tenía intenciones de marcharse y ya en el sillón se había marcado su contorno, la tibio insolencia de su peso, decidí probar a hacer su retrato. De esa manera -pensé-, me obligaría al menos a mirarlo de frente. Tal vez la misma tarea de pintarlo, de ensayar toda clase de bocetos del natural, sería una forma de contrarrestarlo, de hacer que desapareciera; quizá de ese modo su figura odiosa se trasladaría al papel en una suerte de conjuro. Tengo que reconocer que no se ha ido. Tengo que reconocer que, como un hábil y silencioso extranjero, se ha establecido en mi cerebro con la misma desfachatez que antes desplegó en mi sofá. Y tal vez porque ya habíamos intercambiado papeles descubrí que en el retrato, en ese retrato obsesionante y maléfico, que me hacía bostezar continuamente y al mismo tiempo me quitaba el sueño; en ese retrato con el que fastidiaba a medio mundo, con el que empantanaba cualquier conversación y que al final del día terminaba por doblegarme, por hundirme en un estado plomizo y fúnebre; ese ese retrato acaso del todo imposible que ya antes otros intentaron sin demasiado éxito, quizá porque se requiere de mucho talento para pintar el vacío, o quizá porque en este caso el modelo se mueve demasiado poco y acaba por contagiarnos su desgana, su hastío, su sopor; es ese retrato, decía, descubrí que fue apareciendo mi rostro."
Un ensayo bien escrito y entretenido (¿ironía?) que, si bien lo siento alejado de mi realidad y visión del mundo, sin duda vale la pena leer, sobre todo para esa "clase media" y afectada por accesos de aburrimiento.
Lo que más destaca para mí es lo que se dice, explica, relata y cita del gran bagaje de pensadores, obras y autores que leyó el escritor y, lamentablemente, no tanto aquello que por si mismo piensa sobre el fenómeno del aburrimiento.
Por eso mismo, lamento que no contemple un aparato crítico o al menos una bibliografía (natural fuente de aburrimiento para escritores).