Hace AÑOS que quería leer esto, básicamente por el título tan evocador, porque ¿quién no ha tenido ganas de sentarse al borde de un río y llorar? Y entremedio que pase algo interesante, qué entretenido, porque obvio que así ha de ser sino para qué escribir un libro en primer lugar. Es como bien místico y además misterioso, y la emoción... uf. Nunca hay que subvalorar la importancia de un buen título.
Además, pese a que la gente se engolosina mofándose de Coelho (jaja), a mí ME ENCANTÓ "El alquimista", y "Verónica decide morir" me gustó bastante también. Puros prejuicios con él en la mayoría de los casos, en especial, si nos acordamos de que hay gente como KENZABURO OE (Nobel maravilloso, aunque también un tanto oscuro) que lo elogia públicamente.
Sin embargo, este libro... no me gustó. Demasiada parafernalia religiosa, demasiado machismo encubierto más encima en nombre de la mujer, demasiados clichés. Hay partes que subrayé por lo impresionantes que eran en su fanatismo, pero ahora me da pena compartirlas porque cómo tan mala onda, y eso que confieso que me hicieron literalmente carcajear (los episodios del "hablar en lenguas" *risa sofocada.) Y luego los tales descubrimientos del tal protagonista/seminarista, etcétera... a la horita, pues. Quizá fue innovador hace varias décadas, pero pretender que hoy sea rupturista decir que las mujeres están a la misma altura que los hombres... nah. Migajas, por decir lo menos.
En fin, que encontré que gran parte de la historia no era necesaria y que, en el anhelo de hacerla mística (hablar en lenguas, milagros), quedó media caricaturesca. Además, no sé, me sentí como leyendo el diario de vida de unos adolescentes. Quizá la cuarentena ha terminado de matar el sentido de romance en mí, jajaja.
Pero tiene partes muy dulces, y algunas nociones interesantes y distintas, y no fue un completo no para mí. Coelho es definitivamente un buen narrador, aunque en esta ocasión le haya puesto mucho, así que siento que debo darle al menos dos estrellas.
Un par de citas que destaqué:
1.
Es necesario correr riesgos, decía. Sólo entendemos del todo el milagro de la vida cuando dejamos que suceda lo inesperado. Todos los días Dios nos da, junto con el sol, un momento en el que es posible cambiar todo lo que nos hace infelices. Todos los días tratamos de fingir que no percibimos ese momento, que ese momento no existe, que hoy es igual que ayer y será igual que mañana. Pero quien presta atención a su día, descubre un instante de silencio después del almuerzo, en las mil y una cosas que nos parecen iguales.
Ese momento existe: un momento en el que toda la fuerza de las estrellas pasa a través de nosotros y nos permite hacer milagros. La felicidad es a veces una bendición, pero por lo general es una conquista.
2. Un tanto duro el tal maestro, pero no deja de tener su punto.
Pobre del que tiene miedo a correr riesgos. Porque ése quizá no se decepcione nunca, ni tenga desilusiones, ni sufra como los que persiguen un sueño. Pero al mirar hacia atrás - porque siempre miramos hacia atrás - oirá al corazón que le dice: "¿Qué hiciste con los milagros que Dios sembró en tus días? ¿Qué hiciste con los talentos que tu Maestro te confió? Los enterraste en el fondo de una cueva, porque tenías miedo de perderlos. Entonces, ésta es tu herencia: la certeza de que has desperdiciado tu vida".
3. Acá me molestó un poco cómo asignan todo el poder de la naturaleza a las mujeres. Los hombres también son parte del yin yang. Endiosarnos tanto encuentro que es un tipo subterráneo y bastante frecuente de discriminación encubierta.
- Mientras los hombres salían a cazar, nosotras nos quedábamos en las cavernas, en el vientre de la Madre, cuidando a nuestros hijos - prosiguió ella-. Y fue allí donde la Gran Madre nos enseñó todo. El hombre vivía en movimiento, mientras nosotras estábamos en el vientre de la Madre. Eso nos hizo percibir que las semillas se transformaban en plantas y avisamos a nuestros hombres. Hicimos el primer pan y los alimentamos. Moldeamos el primer vaso para que bebiesen. Y entendimos el ciclo de la creación porque nuestro cuerpo repetía el ciclo de la luna.
4. Acá tenía subrayada la cita de la hablada en lenguas, pero después encontré que era un tanto maldadoso, jeje.
5. Machismo encubierto otra vez. Aunque la intención subyacente probablemente sea buena.
- Quiero hablar de otro tipo de amor - insistió -. Aquel que comparten un hombre y una mujer y en el que también se manifiestan los milagros. Le cogí las manos. Él podía conocer los misterios de la Diosa, pero de amor sabía tanto como yo. Por mucho que hubiese viajado. Y tendría que pagar un precio: la iniciativa. Porque la mujer paga el precio más alto: la entrega.