La historia arranca con una escena enigmática y prometedora. Dentro de la torre. Habitación cerrada. Dos personas en el interior. Un cliente y una cuidadora. Además, un animal, atado, que bala. El cliente se desviste. Busca satisfacción. Ha pagado. Un grito del encargado del negocio saca a la cuidadora de la habitación. Ya afuera, ambos se encaminan al elevador, los esperan en el último piso. El encargado lleva un gesto adusto que la cuidadora vio por primera vez la noche, hace tan poco tiempo, cuando lo del niño y el muerto.
La torre se encuentra en la pequeña ciudad de Morosa, de un país atrasado, cuyos habitantes son gente hosca y resignada. “El Brincadero”, así llaman al edificio muchas personas, sobre todo cuando hablan del lugar en secreto o entre risas nerviosas, pues el negocio principal que opera en la torre es un burdel para aficionados a la zoofilia. Pero los encuentros sexuales con los más diversos animales: pelícanos, gallinas, peces, gatos, koalas, hormigas, no es lo más importante que ocurre en el libro, ni en la torre, pues ahí se oculta un secreto relacionado con el jardín, sitio a donde quieren llegar Horacio Kustos y Francisco Molinar.
Horacio Kustos y Francisco Molinar son los exploradores de la torre; dos personajes opuestos. Horacio es un aventurero, un explorador acostumbrado a adentrarse en los lugares más extraños del planeta. Se encarga de documentar las numerosas sorpresas que alberga todavía el mundo y que la humanidad ya no es capaz de ver, por creer que todo ha sido ya descubierto, todos los sitios cartografiados. Francisco Molinar es un médico que no está habituado a lo extraño o a lo fantástico, situaciones que ocurren a cada momento en el interior de la torre.
La torre es obra de don Cruz, un arquitecto que la construyó para que pareciera más grande por dentro que por fuera. Con la capacidad para repararse a sí misma, para comunicarse con los visitantes y además jugar con ellos. Completan el cuadro de personajes centrales Isabel García, la hija del primer administrador del negocio y actual encargada, quien sabe todos los secretos del lugar y quien servirá de guía en la travesía dentro del mismo edificio. El viejo Constantino, dueño de la torre. Todos, a su manera, son personajes fascinantes quizá tanto como lo que experimentan aquellos que se adentran en el edificio.
Un elemento más: el libro azul. El libro azul tiene dos partes la del trabajo y la personal. Sirve para abrir nuevos pisos y es útil cuando se llega a zonas inexploradas del edificio. Está lleno de instrucciones o cuentos, quejas, versos que dan nombre a los pisos, como SI VES UN MONTE DE ESPUMAS o DE TENER TIEMPO Y MUNDO SUFICIENTES. En resumen, está lleno de indicaciones para entender y ordenar lo que se hace dentro de la torre.
El visitante siempre debe saber lo que quiere si no, no se le deja entrar. Pero los intrusos han entrado en algunas ocasiones. Contra esto están los elevadores, los cuales te llevan a donde quieres sólo si conoces la contraseña, con la intención de que los intrusos pierdan el camino o la cordura.
Alberto Chimal nos invita a entrar, con La torre y el jardín, a un mundo donde lo real y lo maravilloso se tocan, donde las puertas y ascensores desaparecen, no indican si suben o bajan, existe una escalera en espiral tan profunda como el Gran Cañón, anidan sociedades secretas, sectas, operan células terroristas y se cumplen fantasías de horror y de belleza, entre muchas cosas más.
“Vivimos en el interior de esta cosa enorme, que no entendemos, que no queremos entender, que no depende de nosotros y que nos obliga a seguir una reglas que quien por qué existen o para qué sirven”, dice Isabel García, la administradora de la torre y quizá con sus palabras que describen un mundo maravilloso también puedan aplicarse al mundo real donde “Vivimos en el interior de esta cosa enorme, que no entendemos, que no queremos entender, que no depende de nosotros y que nos obliga a seguir una reglas que quien por qué existen o para qué sirven”.
Los clientes de la torre están deseosos de olvidar de manera discreta las noticias de la época y las preocupaciones de todos los días. Los lectores de la torre y el jardín quizá puedan entrar por la misma razón y además de la posibilidad de olvidar las preocupaciones de todos los días encontrarán un mundo fascinante y asombroso del que resulta difícil salir.