Con frecuencia se postula al libro como una extensión de la memoria, y se compara a la tarea del autor con un cuidadoso recordar. Luego viene la advertencia: recordar no es fácil, ni mucho menos gratuito. Confío que todos los hombres, por hombres que son, tienen en los anaqueles de su memoria un par de libros prohibidos que no quieren ni abrir ni pueden quemar, por cruel amor a su identidad. Será por eso que cuando leemos la bitácora de viaje de algún valiente adentrándose en su propio infierno la resonancia se vuelve inevitable. Si nos cuentan así, sin tapujos, las penas y las alegrías de la infancia y la adolescencia, es imposible no caer en las propias vivencias y, por lo tanto, conmoverse. La condición para el acercamiento es, eso sí, única e imprescindible: honestidad.
El Sur, de Daniel Villalobos, es un conjunto de recuerdos honestos. Y por ello es un libro conmovedor. No hay un argumento global más allá de la vida del propio autor. Tendremos que dejar de lado el instinto por cerrar círculos. Esta serie de relatos son más bien rayos que se aproximan desde distintas direcciones a un hipotético centro, donde se esconden toda la pena y toda la alegría de tiempos hace muchos años vividos. Leemos atrapados por una expectativa que va más allá del misterio o la acción; una tensión que nos sitúa en el plano del autor/personaje, desde donde podemos verlo en su misión imposible de evocar la sensación total de su infancia. Se nos intenta transmitir, por caminos dispares, un único sentimiento puro e inefable: vecino de la nostalgia, con mucho de impotencia y, gracias a dios, libre de todo resentimiento. Terminamos y nos queda una palabra que no existe en la punta de la lengua: tarea cumplida.
Villalobos ha logrado que le creamos, y más no se puede pedir. Aunque a veces se pueda perder la atención con reiteraciones innecesarias, el efecto es inquietante; también enternecedor. El lenguaje se siente chileno sin dejar de ser literario, algo que se extraña en la literatura nacional. Dos pasajes me han calado hondo: la historia del hijo maricón, de una crudeza erizante, y el casi poema del abuelo que ve la tele, tan honesto y propio que me pareció universal.