Lo cierto es que, justo tras finalizarlo en la hora de la comida, iba a otorgarle tres estrellas, sin embargo, tras reflexionar un poco y darle un par de vueltas al asunto, creo que le subiré una estrella extra porque lo cierto es que la escritura de Andrés Barba me encandila. Debe ser por esa virtud para escoger con esmero y precisión el vocabulario sin que parezca pedante, la capacidad para trenzar con tensión frases tan bien balanceadas, que parecen claras pero que siempre dejan algo sin decir para que el lector deduzca, o bien el ritmo narrativo, sostenido, constante, muy bien calibrado para poder equiparar la introspección con los mesurados avances en las respectivas historias, que consigue agarrarte de la mano y continuar la lectura hasta alcanzar el cansancio.
Aún y así, aclaro que Filiación, la novela corta que inicia este libro, se me ha atragantado un poco. Nos habla de cómo la matriarca de una familia entra en la fase final de una enfermedad grave, la repercusión que tiene entre sus allegados y cómo éstos afrontan la situación y sus memorias familiares entorno a esta señora. En este relato quizás haya demasiados personajes y el foco está un poco disperso, a la vez la narración se despliega en no pocos flash-backs, en analizar esas mentiras que los personajes se cuentan a sí mismo para poder soportarse mejor, en matizar sus pensamientos, los resquemores familiares y las apariencias con las que intentan protegerse y no mostrarse a las claras con el resto de sus familiares, entre los cuales siempre hay un reproche en la punta de la lengua. El desarrollo entonces no es horizontal, es más bien como un capullo que se abre y despliega los diferentes pétalos, correspondiente cada uno a un personaje diferente, con lo cual la lectura se hace dispersa, y sin embargo también aquí se percibe la buena mano del autor. Por ejemplo, cuando su fuero interno la mujer que ejerce de narradora reprocha a una hermana suya porque mantuvo una fugaz escaramuza sexual con un hombre más joven, en verdad, cuando comprobamos que su vida matrimonial no es muy agradable, comprendemos que en el fondo lo que siente es envidia, sólo que se expone de una forma distinta. Aparte de eso, tras examinar a los cinco personajes que componen esta historia, noté que no me interesaban demasiado. Es el relato quizás más arriesgado, dónde la narración está más frenada para a cambio desplegarse en el pasado más lejano y más reciente. Pero lo cierto es que jamás entré, no hubo un momento en el que lo agarrase con ganas.
La lectura sufre un giro radical con la segunda historia, titulada Debilitamiento, dónde Barba aborda cómo una adolescente cae en la anorexia, posiblemente debido a los conflictos que le generan su padre y su madre divorciados y un desengaño con una amiga de su edad llamada Teresa. Los detalles que exponen cómo se inicia la degradación del personaje, cómo aparece el trastorno alimentario y luego lo detallado del consiguiente proceso del trastorno, cuidando mucho los detalles, acercándose al tema con respeto y tacto, aunque sin ahorrar la dureza que late en su fondo, lograron que me sumergiera por completo en la historia de esta chica y en el libro entero. Es emocionante, es contundente pero la solidaridad que transmite el autor, tan discreta a la vez que cercana, te elevan y te llevan en volandas, más teniendo en cuenta lo anteriormente comentado acerca del terso y tenso fraseo con la que el autor va trenzando con destreza esta historia, que ahora sí avanza a buen ritmo. Para mí es lo mejor del libro con mucha diferencia.
Luego continua con otra historia que se titula Nocturno. Es una historia de amor homosexual entre un hombre cincuenta y seis años y un muchacho de veintiuno, al que encuentra gracias a un anuncio en una revista "especializada". Por supuesto la historia tiene un marcado carácter sexual y Barba no se amilana, describe algunos detalles gráficos de estos encuentros, pero lo que más le interesa son las emociones que le genera este encuentro intergeneracional. Los problemas para comunicarse no son sólo debido a la diferencia de edad, también a la "mochila emocional" que tiene el hombre de cincuenta y seis años, que se acostumbró a vivir en soledad tras un desengaño amoroso, ocurrido décadas atrás, y que tras la lectura de este anuncio acaba fuera de su refugio emocional y psicológico, adentrándose de nuevo en las complicaciones de las relaciones amorosas, en sus esplendores y miserias. Es de destacar la habilidad con la que Barba perfila todas estas dudas, sus incertidumbres, cómo crecen sus ansiedades conforme pasan más tiempo juntos y se difumina el efecto novedad; o cómo les condiciona el pasado y, haciéndolo dese fuera de su zona de confort, atreviéndose con personajes fuera de su ámbito, consigue convencernos que todas esas contradicciones y los engaños a los que los personajes se auto-someten por tal de buscar la felicidad son los únicos posibles dadas las circunstancias.
Maratón, que cierra el volumen, tiene como mayor virtud que nos presenta a un protagonista que es un tipo deleznable y, siguiendo las pautas habituales de su estilo, Barba lo representa como alguien que se percibe razonable, por más que sea consciente de sus propios conflictos, sin embargo siempre trata de mostrarse como alguien que tan sólo persigue sus deseos e intenta escapar de una rutina que lo consume. Y sin embargo, es a través de pequeños gestos, de frases sueltas expresadas por el propio personaje y de la mirada de las otras dos voces, que nos damos cuenta que en realidad es un tipejo tóxico, que en sus relaciones con el mundo que le rodean se centran en el apetito de dominación y en "ganar", quedar por encima de la otra persona. Barba en esta ocasión vuelve a ser claro y preciso, hay mucha sabiduría en el retrato de cada personaje, sólo que no emociona tanto. En todo caso concluye la función a buen nivel, manteniendo el tipo, aunque sin grandes fiestas, sin grandes momentos que nos hagan cerrar las tapas y aplaudir como un sonado frente a una audiencia invisible. A eso mismo atribuyo yo que, tras finalizar la lectura, mi impresión inicial fuese de tibieza.
En alguna ocasión Barba ha comentado su interés por la literatura de Henry James. En ese continuo examen a las motivaciones y la conciencia de sus personajes o husmear en la recamara de sus conciencias, está claro que tal referencia se nota honesta. Por más que las problemáticas o los detalles de los argumentos correspondan al siglo XX, es razonable reconocer que la senda jamesiana es la que le interesa, porque prima el buceo en la intimidad de los conflictos cotidianos de sus personajes por encima del desarrollo de la trama. También tengo entendido que Barba ha traducido a Natalia Ginzburg y la verdad es que también esa autora italiana me encaja en el estilo de este libro de relatos, principalmente por esa atención al detalle insinuado, a la construcción de narrativas para justificarse y sobrellevar el peso de unas rutinas insatisfactorias y no buscar problemas extraordinarios, en todo caso muy ordinarios, sólo que tratados con tal hondura, meticulosidad y proximidad que consigue elevar el material narrativo y convertirlo en una exploración en esa esfera íntima dónde sólo cada persona puede entrar de verdad.
Por supuesto para los que buscan algo más sucio, bronco y rocambolesco Barba no es un autor indicado. Pero quien haya leído alguno de sus libros comprobará que, a pesar de los cambios de registro, esa finura siempre se mantiene, su prosa jamás pierde su fluidez, su mirada siempre es incisiva mientras respeta a sus personajes y al lector, considerando que su literatura, ese puente que que conecta esos dos mundos, jamás debe convertirse en un número de circo que rebaje a los observadores ni banalice a los observados.
No puedo decir que por lo tanto acabe con una sensación de maravilla tal como la que sentí cuando acabé Las manos pequeñas, sin embargo también cabe recordar que los autores capaces de conjugar la intensidad emocional con el ritmo narrativo y la lucidez con la proximidad no son tan habituales.