«La carta robada de Edgar Allan Poe».
Hasta ahora no había leído nada sobre C. Auguste Dupin, aunque sí había escuchado su nombre varias veces. Sin embargo, nadie me dijo que fue el primer prototipo del detective ni quién fue su autor. Lo que hubiese sido persuasivo para mí. Poe es tan creativo, siempre me sorprende en sus escenarios y modos. Es un hombre que te monta un teatro completo y a la vez te describe sueños, o mejor dicho, pesadillas. No me refiero exclusivamente a éste relato cuando menciono eso.
Hablando de forma individual sobre cada historia, es notable cómo el filósofo Jacques Lacan emprende una interpretación de la venganza como tema central en la figura del sagaz Dupin. La célebre cita: «Un dessein si funeste, s’il n’est digne d’Atrée, es digne de Thyeste» evoca resonancias mitológicas que enriquecen la narrativa, explorando no solo la astucia deductiva, sino también las motivaciones profundas que impulsan a los individuos hacia actos de engaño y desafío a las normas sociales establecidas. Si esto no fuera un hecho notable para quien me lee, señalaré que es la primera vez que un autor defiende y establece la idea de que el concepto de análisis es un proceso abstracto y exclusivamente mental, y no propio de las tan aclamadas ciencias exactas. Por cierto, debo reconocer que me encanta la traducción de Borges; definitivamente él era un bibliófilo al encontrar todas las citas correctas y referencias para comparar y contrastar con otros literatos. (¿Será esta mi era Borgeana? ¿Por fin dejaré de llamarlo pretencioso? Ya veremos).
«Manuscrito hallado en una botella».
Se sumerge profundamente en la psicología y el misterio a través de una narrativa impregnada de símbolos y metáforas que evocan la inexorabilidad del destino y la fragilidad de la existencia humana. Utiliza este relato para explorar la naturaleza de la muerte no solo como un evento físico, sino como una experiencia trascendental.
El barco mismo es una potente metáfora de la travesía hacia lo desconocido, un viaje sin retorno que simboliza la transición hacia el más allá, de forma inevitable e ineludible. Siendo una experiencia individual, incomunicable y solitaria. La parte del sol que se vuelve tenue y finalmente se apaga, dejando la absoluta oscuridad, podría ser tranquilamente un sueño mío.
«La verdad sobre el caso de M. Valdemar».
Sigo esperando a mi marido médium o al que practique hipnotismo. Sí, realmente yo vi Svengali (1923) —ignoremos la parte jodidamente racista y absolutamente desagradable, por favor— y me quedé fascinada. Sin contar que tengo anécdotas familiares que incluyen contextos similares que sientan antecedentes extraños en mi psique. Debo confesar que fue el primer relato que realmente me dio miedo y por consiguiente, es mi favorito. Uno de los aspectos más destacados es el tratamiento de la muerte como un estado liminal, un umbral que puede ser manipulado por la ciencia. (En mi mente, esto es un hecho y no solo una concepción; considero que podría ser posible si se contara con todos los elementos necesarios, junto con la falta de moral y ética para llevarlos a cabo). Hay algo que siempre me aterra acerca de las ideas: aunque puede que a mí nunca se me ocurra algo remotamente similar, alguien allá afuera sí podría tener esa capacidad. Me genera una inquietud y desasosiego saber que todo lo que existe en la mente puede materializarse en el mundo físico si uno tiene la mente lo suficientemente retorcida. La misma sensación me provocan series como Severance.
«El hombre de la multitud».
Al analizar esta obra, me fue imposible no encontrar una interesante conexión con la leyenda del judío errante, una figura condenada a vagar eternamente sin descanso.
La obsesión del narrador por el hombre de la multitud se asemeja a la fascinación que muchas culturas han tenido por su figura. El anciano en el cuento de Poe es descrito como alguien que posee una cualidad insondable, casi sobrenatural, que lo distingue de los demás transeúntes. La incapacidad para entender o comunicarse con él refleja la incomprensibilidad y el misterio que rodea a su imagen. Además, considero que solo un personaje como aquel podría tener una expresión tan inefable.
«El pozo y el péndulo».
Puede no ser tan contundente para el lector contemporáneo. En una época donde el horror psicológico se ha convertido en un recurso común en la literatura, el cine y la televisión, muchas de las técnicas y temas que Poe emplea en este relato han llegado a ser considerados tópicos del género. La familiaridad del público actual con este tipo de narrativas puede disminuir el efecto de sorpresa y terror que originalmente provocó la obra. No obstante, esto no resta valor a la habilidad de Poe para tejer una historia que, en su contexto, fue innovadora y profundamente perturbadora. Así que lo siento, Borges, pero realmente no entiendo tu fascinación (aunque el péndulo es un símbolo increíble).