Qué odiosas son las mujeres que tienen metas y opiniones claras. Descuartizan a los hombres como un cuchillo eléctrico.
¿Les parece polémica la frase anterior? Claro, está sacada de contexto. Dentro de la novela que ahora reseño, tiene todo su sentido.
Una novela que ha perturbado mi alma de hombre. La profesora Haná es un diablo de mujer que pretende imponer una justicia atroz para satisfacer su propia arrogancia y su ego desmesurado…
Pero es también un producto de un Oriente que, tradicionalmente, no ha sido muy respetuoso con los derechos de las mujeres. La profesora Haná se propone ser una triunfadora en una sociedad que no la apoya en ese propósito. Y ella, en consecuencia, desprecia a esa sociedad y no va a escatimar medios para abofetearla.
La profesora Haná me ha recordado, mientras leía yo su historia, una historia de mi propio pasado. Salvando las diferencias, claro: Haná es un producto literario y mi propia experiencia fue real como la vida misma. Como supongo que no quieren ustedes que les cuente la novela de cabo a rabo (supongo que quieren una spoiler-free description) les contaré en pocas palabras mi propia historia:
Conocí en una red social para practicar idiomas a una profesora universitaria árabe. A los pocos mensajes intercambiados, ella propuso que yo podría ir a visitarla a Túnez y ella venir a Portugal. Así podríamos conocernos mejor.
Dicho y hecho, a los pocos vino a Portugal, donde yo vivía por aquel entonces. Y a los tres días (pasado un casto período de salvar las apariencias) ya estábamos haciendo el amor. Y a los cuatro o cinco días, ella me propuso matrimonio. Yo me mostré favorable a la idea.
Al mismo tiempo, yo iba conociéndola y “estudiándola”.
Muy pronto descubrí que ella tenía una personalidad dominante. El primer choque vino cuando yo le comenté que no quería tener hijos.
Ella me gritó: «¡cobarde!». Yo traté de explicarle que no se trataba de cobardía, sino de una opción personal. Pero ella no se avino a razones y zanjó el desacuerdo con un: «¡Huh! Cuando tengamos un hijo, cambiará tu opinión y manera de ver las cosas… ¡A todos os pasa lo mismo!». Me di cuenta de que ella no admitía discusión en ese punto, y que me arrancaría el hijo quisiera yo o no.
Poco después comencé a observar que había un patrón en la frecuencia con que hacíamos el amor. Era tres días sí y al cuarto decía: «Hoy ni lo intentes… Mañana, si te portas bien». Portarme bien era, para ella, ser obediente y comportarme en todo punto conforme a sus expectativas. Empecé a sospechar que ella consideraba a los hombres intelectualmente inferiores e incapaces de vivir sin sexo, que se convertía en un poderoso instrumento de dominación.
Cuando ella regresó a su país, seguimos los contactos por Skype. Curiosamente, empezó a darme órdenes sobre quién podía o no visitarme en mi propia casa. Si era hombre, pase; pero si se tratase de una amiga, quedaba prohibido, no importa si yo le explicaba que se trataba apenas de una simple amiga. Un día, además, vio que me había dejado barba. Puso el grito furiosa en el cielo y me ordenó que de inmediato fuese a afeitármela y regresase a continuación al Skype para que ella pudiese comprobar que me la había quitado. Para entonces, el panorama de mi futura vida matrimonial se presentaba, según todos los indicios, bastante sombrío. Decidí que, en lugar de la barba, me quitaría la prometida.
Ella era, en realidad, un producto de la mujer hecha a sí misma en una sociedad hostil. Me contó que su familia no la había apoyado para que ella alcanzase una posición en la universidad. De hecho, en Túnez, los profesores no cobran mensualmente durante su primer año: se acumulan los salarios y se cobra todo junto concluido ese año. En esos 12 meses, no tuvo noticias de su extensa familia. Pero, concluido el plazo, ya con dinero en el bolsillo, el teléfono empezó a no parar de tocar.
¿Qué esperaba de mí? Un hombre que la protegiese frente a su sociedad y le diese la respetabilidad social que no tenía viviendo sola como soltera. Quería un hombre atento y obediente. No cabía negociar nuevos espacios personales en la relación de pareja que ella pensaba imponer. Empecé a sospechar que mi propia felicidad le importaba un comino. Estaba destinado a ser un subalterno que, si se portaba bien, recibiría hasta tres de cada cuatro días en honorarios sexuales. Y a Alá gracias. Sólo Él tiene el Poder y la Gloria.
Yo, por mi parte, no deseo una mujer obediente. Para eso, me compraría un perro. Pero no quiero renunciar a la búsqueda de mi propia felicidad. En materia de amores, suspiro por encontrar una compañera. Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando. Mientras, no me importa seguir siendo un solterón empedernido…
¡Dios mío! ¡Pero les he hablado de mí! Y yo que quería hablar de este libro… Sin embargo, no he podido evitarlo. Profesora Haná fue publicado en Egipto por las mismas fechas en que yo tuve mi propia experiencia con mi profesora árabe (año por arriba, año por abajo). Y he encontrado algunas curiosas semejanzas con mi propia aventura.
A las pocas páginas de iniciar la novela, experimenté euforia. Llevaba bastante tiempo dedicado a los clásicos del s. XIX y me parecía que acababa de encontrar “sangre literaria” nueva. Luego, a medida que me adentraba en sus páginas, comencé a sentir desasosiego. La profesora Haná era una personalidad arrolladora que no respetaba los sentimientos de los demás. Era alguien peligroso. Y comencé a odiar a la autora, profesora universitaria ella misma, por parecerme que podría encontrarme ante una obra con muchos elementos autobiográficos (sin embargo, Reem Bassiouney tiene en la foto una sonrisa simpática). No obstante, continué y la novela acabó por prenderme. Mantiene el interés y da a conocer un Egipto muy actual, de pocos años antes de la revolución de la plaza TaHrir (Los firmes propósitos, la resignación, la paciencia y la pasión; todo eso junto formaba parte de su ser egipcio.). Porque además de la pareja de Haná, Jáled, el protagonista indiscutible es Egipto o, al menos, el Egipto que visualiza Bassiouney: un mundo de “hombres orientales” (con sus limitaciones según la profesora Haná), un mundo de mujeres mayoritariamente sumisas, presas a su feminidad, y con pocas opciones para romper ese círculo vicioso (otra salida distinta es la religión, a la que se entrega la hermana de la profesora).
El personaje de Jáled adopta ante Haná una postura diferente a la que yo adopté con mi propia profesora. La quiere de verdad, aunque choque con sus propias ideas. Pero no deja de pensar también como yo:
Quiero que sea mi esposa, sin más. No importa si me prepara el té o no. La quiero a mi lado. No la quiero al mando.
Sospecho que la literatura egipcia goza en este momento de muy buena salud. Además de Bassiouney, me gustó mucho El edificio Yacobian, de Alaa Al Aswany. Y, por lo visto, en el propio Egipto está pegando fuerte Khaled Al Khamissi, que también cuenta con traducción al español.
Soy una profesora universitaria, no una mujer. Me ves como a una simple mujer. ¿Es lo que esperas de mí, es decir, que sea y me comporte como una mujer? Te voy a demostrar entonces la fuerza de esta mujer.
(Profesora Haná)
Qué peligrosa es la mujer a la que uno no consigue comprender.
(El decano)