Si Borges no hubiera incluido el segundo cuento, que es una buena historia para ser reescrita, le ponía cinco entrellas. Pero ya sabemos cómo jugaba Borges, y aunque tiene su gracia juntarlo con otros de mayor valía, el volumen hubiera quedado mejor sin él.
Este es un manojo de cinco cuentos largos escritos por Jack London. Cinco historias que demuestran, tal como escribe quien los compila, la habilidad del escritor norteamericano para organizar historias recordables y de mérito.
Borges justifica su selección en la efectividad de la prosa, pero es el tema y la secuencia entre escena y escena lo que realmente destaca en estos cuentos. London no es un gran cuentista, o al menos aquí se pierde en el dato y en el ritmo. No hay cuento que esté libre de matices irrelevantes o de anécdotas tediosas, y todos alcanzan el movimiento y el brillo casi al final, o a la mitad, cuando el lector ya ha perdido toda esperanza.
Y aún así, o a pesar de ello, London logra sorprendernos. Imbrica las escenas de su historia de tal manera que al final siempre es un asombro. Podría decirse que es un movimiento in crescendo, pero no es exactamente así. La sensación es más como ver un volcán dormido y soso, áspero, y amorfo que, de pronto, casi como un espectáculo personalizado, erupciona. El acontecimiento es insólito, inesperado.
Y en ese movimiento inesperado, en ese giro inédito pero verosímil, que se muestra previsible una vez producido, y que sigue siendo sorprendente aún después de ver y recorrer las pistas del artilugio, y en cómo todo ello revitaliza y colorea con más precisión el tema y el motivo, es donde, pienso, recae el mérito de London...
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Aquí iré añadiendo mi comentario del libro
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Adjunto un insumo (memo) para el comentario:
El segundo cuento es un desastre. Absolutamente 'reescribible'. Lo único valioso allí es el motivo y la historia. La forma en que lo cuenta, las descripciones y el timing es criminal. Y es posible que Borges lo haya sabido, y que aun así, quizá conmovido por el mensaje ineludible que atesora, por la efectividad de la alegoría, se haya animado a incluirlo en este volumen, junto a otros relatos de mayor valía. El que le sigue, el tercero, titulado «Cara Perdida» es bastante irregular y hasta casi la mitad muy tedioso, con información impertinente y confusa, pero tiene un final exquisito, de comedia negra pura. Es la liberté, La Marsellesa y La guillotina en clave Alaska, con guiños rojos a lo Tarantino. Podría decirse que vale la pena atosigarse de todo ese chamullo que relata al principio para contemplar con deleite el desarrollo mordaz de ese final.
El cuarto cuento, «Las muertes concéntricas», es la gloria. En forma y en fondo, en cómo esta contada la historia y qué clase de historia cuenta, es posiblemente el más fértil de todos, el más sofisticado en varios puntos, el más contemporáneo, el que más directamente puede enlazarse con la cultura pop actual. Una historia de sabotaje, chantaje, conspiración, mensajes cifrados y una sociedad secreta (Los Sicarios de Midas) que pretende distorsionar y subvertir el mundo empresarial estadounidense. Imposible no linkearlo con F Society de la serie «Mr. Robot» o con «V de Vendetta», incluso podría elaborarse un esquema que conecte los episodios sangrientos y pulcros de este cuento con los de la pelicula «American Pyscho». Y ya ni qué decir de la estructura, una suscinta y amena matrioska de cartas y subcartas sospechosas. Sospecha, conspiración y atentado.
El último cuento, «La sombra y el relámpago» es, a mi modo de ver, un homenaje a la tradición de relatos románticos sobre los horrores del método científico que abundó durante el siglo XIX (y cuyas paradojas éticas Shelley y Hawthorne llevaron a la cumbre), pero escritos con la silente compasión irónica de London, que incrusta siempre una dinámica de conflicto interpersonal y negociación pública (en este caso, una competencia encarnizada entre dos amigos/rivales y un narrador que es también su conciliador), y que, por supuesto, instalada en la marea tóxica de la utopía científica de encontrar la fórmula de la invisibilidad (¿H.G Wells robó este relato y lo mejoró?), deviene en un buen cuento épico. El último párrafo, donde el narrador cuenta qué pasó y qué hizo él, es memorable. Y la última línea, la última oración, un enlace directo, ¡directísimo!, casi un calco, palabra por palabra, aunque abreviado y resumido, pero idéntico en significado y sentido, al epílogo de «Un verdor terrible» de Benjamin Labatut. La naturaleza como una decisión para protegerse de la luz intelectual.
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