No sé cómo de recomendable es leer casi 300 páginas de Simone de Beauvoir en las únicas 24 horas en que la lluvia ha osado aparecer por Valencia. Supongo que no demasiado.
Espero estar hablando por todos y no exponer gratuitamente mi vanidad, pero me atrevería a decir que aquellos que tenemos por costumbre leer (no demasiado, porque, como diría uno de mis personajes favoritos, ¿qué es leer demasiado?), tendemos a adoptar una de las siguientes actitudes: o bien pecamos de creernos inteligentes – o, por lo menos, cultos –, o bien pecamos de sentirnos ignorantes. En ambos casos, no es una sensación que perdure demasiado.
Con Simone de Beauvoir me encuentro en un punto medio. Menos mal que puedo recurrir a sus propias palabras y quitarme ese arduo trabajo de encima, porque lo cierto es que sesiones de lectura como estas te dejan completamente devastada. “Yo comprendo siempre lo que me dicen, lo que leo: ¿pero a lo mejor comprendo demasiado deprisa, al no saber captar las riquezas y las dificultades de una idea?”. ¿He comprendido su literatura? No diría que sí. Pero tampoco diría que la ignoro por completo. Creo que, sencillamente, he de madurarla.
Una niña de apenas 23 años no puede apreciar debidamente un relato sobre el envejecimiento, el matrimonio, la maternidad, el abandono de la identidad. Pero puede disfrutarlo, y bien seguro que lo he hecho. Imagino que en unos años, releer estas páginas ahora subrayadas a tientas despertará en mí sentimientos de compasión y comprensión. Ahora mismo, solo despierta frustración e impotencia. A lo largo de las tres obras, he experimentado el deseo de colarme entre líneas, buscar a esas tres mujeres y ofrecerles un consuelo basado más en el afecto que en la sabiduría de la que carezco.
Estoy deseando reencontrarme con ellas, aunque espero hacerlo más tarde que pronto.