¿Quién tiene derecho a soñar?
Si naces en el barro, ¿te está permitido anhelar la seda? Si toda tu vida ha estado marcada por el ruido de las fábricas, los talleres y las noches de bronca y cerveza, ¿puedes aspirar a un amor que huele a jardines y veranos eternos? Últimas tardes con Teresa es una de esas novelas que desmontan ilusiones, que te invitan a creer en los sueños solo para recordarte, unas páginas después, que los sueños tienen dueño.
La historia sigue a Manolo Reyes, el Pijoaparte, un inmigrante andaluz —o murciano, como se llamaba entonces en Cataluña a todos los inmigrantes del sur— que sobrevive trapicheando con motos robadas en los márgenes de la Barcelona de los años 50, con más hambre de grandeza que de pan. Su obsesión: colarse en un mundo que no es el suyo, ese de las élites universitarias, los ideales revolucionarios de salón y las fiestas en casas con jardín. Su billete de entrada se llama Teresa, una joven burguesa fascinada por la idea del proletariado, aunque no tanto por su realidad. Lo que empieza como un juego de apariencias pronto se convierte en un espejo brutal donde los personajes —y el lector— se enfrentan a lo que son, lo que creen ser y lo que jamás podrán ser.
Pero la historia no se sostiene solo sobre ellos dos. En el centro de esta danza de ilusiones y desencantos, hay otros ojos que observan. Maruja, la criada, con su pragmatismo sin complicaciones, es el espejo donde Teresa se niega a mirarse. Ella no sueña con revoluciones ni con ascender socialmente: sabe que los sueños son un lujo para quienes nunca han sentido hambre. Y su presencia en la novela es un recordatorio incómodo de que la realidad no se cambia con discursos bonitos.
Y luego está Hortensia, claro. Porque hay que hablar de Hortensia, la “Jeringa”. Ella es esa presencia que no se ve mucho, pero que de alguna forma está siempre ahí, como un recordatorio incómodo de lo que Manolo pretende dejar atrás. No es una chica que se conforme con lo que le dan, pero tampoco es alguien que busque los brillos de la alta sociedad como él. Y, sin embargo, se convierte en la pieza clave de la historia, porque a veces el amor no solo tiene que ver con lo que te dan, sino con lo que te quitan cuando no lo sabes valorar.
Y la ciudad, por supuesto… ah, Barcelona. No es solo un escenario. Es un personaje más, casi una sentencia para aquellos que intentan cruzar sus límites. En esas calles sin asfaltar de los barrios obreros, en las colinas que separan a ricos y pobres, Marsé nos muestra algo más que un mapa. Aquí, mirar hacia arriba no es solo un deseo, es una condena. La cuesta es empinada, y el Pijoaparte lo sabe.
Y en todo eso, el lenguaje es mucho más que una herramienta. Hay algo visceral en el uso de la jerga que Marsé maneja con maestría en esta novela. No es solo el lenguaje de los barrios, es la voz de la lucha, de la diferencia. Entre las calles del Carmelo y las villas de San Gervasio, el contraste entre el castellano hablado por personajes como Manolo y el catalán que dominan los ricos de San Gervasio no es un simple detalle. Es un grito de identidad. Porque para Manolo, cada palabra no es solo una forma de hablar, es una muralla entre el mundo que sueña con conquistar y el que le pertenece por nacimiento. Y lo sabe. Marsé no solo juega con estos dos lenguajes; los usa como una lupa, ampliando cada grieta que separa mundos y aspiraciones. Porque el lenguaje, aquí, no solo marca distancias, sino que moldea las vidas y sueños de sus personajes como una escultura que se va haciendo a golpes. El contraste entre la jerga barriobajera, cruda y sincera, y el discurso adornado y superficial de la alta burguesía, es imposible de ignorar.
Marsé no tiene piedad con nadie. Ni con el Pijoaparte y su ambición de cuento barato, ni con Teresa y su revolución de postal, ni con la ciudad misma, que brilla en la distancia para luego escupirte a la cuneta. Su prosa es precisa, rica en imágenes y con un lirismo que nunca empalaga, como si hubiera encontrado la manera exacta de hacer poesía con la mugre. Marsé escribe como quien pinta con cuchillas. Sus frases tienen la belleza de lo inevitable, esa mezcla de lirismo y brutalidad que solo unos pocos logran. Describe una ciudad que brilla pero no calienta, personajes que anhelan sin comprender, momentos que parecen dulces hasta que dejan un regusto a óxido. Cada palabra está medida, cada imagen golpea donde duele. No hay exceso, no hay concesiones. Y eso, más que un estilo, es una declaración de intenciones.
Porque si algo hace Marsé con su prosa, es sumergirnos en el laberinto de las mentes de sus personajes. Los monólogos interiores, tanto en primera como en segunda persona, son como las puertas que Marsé abre para dejarnos entrar en los pensamientos más íntimos de sus personajes. Manolo, con su mirada cegada por un deseo distorsionado, no solo se enfrenta a Teresa o a la ciudad de Barcelona, sino a él mismo. A través de esos monólogos, nos sumergimos en las fantasías que se construye, en los escenarios que imagina, donde siempre es el protagonista. Pero lo más interesante es que Marsé no nos deja en la superficie de estos pensamientos: nos invita a ver lo que se esconde debajo. Las voces que habitan en su cabeza, que a veces nos confunden y otras nos revelan la crudeza de sus inseguridades, nos permiten dudar de la realidad. ¿Es todo lo que vemos en Manolo un reflejo de sus deseos, o estamos ante una fantasía que se derrumba en cuanto tocamos tierra?
Y aunque Últimas tardes con Teresa es una historia sobre amor y deseo, su mayor fuerza radica en la crítica social. Marsé no se limita a señalar la lucha de clases, también se burla de quienes juegan a la revolución sin saber lo que cuesta. Teresa y su círculo representan a esa burguesía progresista que habla de justicia social entre copas de vino caro, que admira lo ‘auténtico’ del proletariado desde una distancia prudente. Su rebeldía es un artificio, una moda que pueden permitirse porque, al final del día, siguen teniendo las llaves de sus casas con jardín. Y Marsé, con su ironía afilada, los pone en su sitio sin levantar la voz.
En su relación, los dos se pierden en las sombras del malentendido. Teresa, la burguesa con una rebeldía de cartón piedra, y Manolo, el charnego que se finge militante revolucionario, se encuentran en un espacio donde la autenticidad está ausente. La seducción que se origina en una mentira se convierte en algo mucho más oscuro: lo que parece un romance de película se convierte en una lucha por algo mucho más ambiguo, tal vez por amor, tal vez por aceptación, quién sabe. Quizás por algo que ni ellos mismos comprenden.
Pero lo magistral de Últimas tardes con Teresa es cómo Marsé desmantela la idea del amor romántico como vía de ascenso. Esto no es Romeo y Julieta. Aquí el amor no salva, no redime, no nivela el terreno de juego. El Pijoaparte quiere ser alguien y cree que el amor de Teresa puede ser su pasaporte, pero la novela se encarga de demostrarle —y demostrarnos— que el mundo no funciona así. Porque, al final, el amor no es suficiente cuando la vida ya ha decidido de qué lado de la historia te toca estar.
Quizás lo más devastador de esta historia no es lo que los personajes hacen, sino lo que creen estar haciendo. Teresa se imagina rescatando a un obrero romántico; Manolo cree estar conquistando un mundo que nunca será suyo. Pero ¿se han amado alguna vez? ¿O solo han amado la versión idealizada del otro que han fabricado en sus cabezas? La gran mentira aquí no es solo social, también es íntima. Y esa es la peor de todas.
Porque Últimas tardes con Teresa es una novela sobre la identidad y el desencanto, sí, pero también sobre las mentiras que nos contamos a nosotros mismos, sobre el abismo que separa lo que deseamos de lo que podemos alcanzar. Sobre la ciudad y sus laberintos de sueños rotos. Sobre la juventud y su inevitable choque con la realidad. Y lo mejor de todo: Marsé lo cuenta sin pontificar, sin subrayados y sin notas al pie.
Así que si alguna vez has creído que el amor podía ser una llave para abrir puertas cerradas, si alguna vez has sentido que el mundo te daba la espalda aunque tú fueras el que más necesitaba entrar… Últimas tardes con Teresa es para ti. Pero ojo, porque Marsé no juega a lo bonito. No hay finales felices ni sueños cumplidos. Solo historias que, aunque las quieras dejar atrás, siguen rondando en tu cabeza, como esas últimas tardes de verano que nunca quieres que se acaben, pero sabes que ya están muertas.