Tan hermoso, tan doloroso. Vulnerabilidad y transparencia indescriptibles. Me remeció a más no poder. La forma en que describe el amor hacia un padre negligente que está a punto de morir. El vaivén de emociones contradictorias, el enojo, la adoración, la aceptación. “Si me hubiera atrevido a imaginar un cambio/ quizá hubiera deseado cambiar mi vida/ por la de alguien criado con amor,/ pero ¿cómo podría alguien criado con amor/soportar esta muerte?”. Ella encuentra en el padecimiento de su padre la oportunidad de no temerle más y acercarse, verlo, entender. ”Los últimos meses, cuanto más enfermo se ponía,/ más y más sentía yo que era ahí/ donde podría encontrarlo:/ bajo el agua, el cuerpo prensado/ en el abrazo sin aire del agua”. Él por primera vez expresa que la quiere en esa cama de hospital y la mira reconociéndola. Sharon atesora los últimos estertores del cuerpo agonizante como piedras preciosas; miradas, gestos, balbuceos. Cada tarde acompañándolo en esa pieza es una revelación, el cariño tardío que faltó en su niñez. Él queda reducido a pura materia y ella comprende la verdad de ese hombre que de niña observaba alcoholizado en el sofá, y lo acepta y lo ama y lo odia, y está bien que todo suceda al mismo tiempo; la hija que lo llora y lo cuida, la hija rencorosa que ríe y desea herirlo. La resignación y el perdón en la voz de Sharon, su bondad al pensar en él como la tierra y su caos inevitable, vicios, demonios, enfermedades. Su deseo de ahonda, su sentir tan hermoso y su manera de escribirlo me tuvo llorando todo el rato. Tanta vulnerabilidad no se puede creer y hasta escribiendo esto me saltan las lágrimas. Solo amé tanto este librito. Te amo por siempre, Sharon Olds, no te mueras nunca.
“LOS OJOS DE MI PADRE
El día antes de morir, permaneció echado
hora tras hora con los ojos abiertos
y la mirada terca, cansada.
En sus iris nacieron manchas doradas
como si hubiera cambiado su esencia,
trozos de agua o de cielo injertados
en su cuerpo mineral.
Cada vez que pestañeaba, la poderosa
onda de sus pestañas atravesaba mi cuerpo
como si fuera Dios quien pestañeaba,
todo un mundo deshecho en el salto de un párpado.
Dijeron que quizá no veía nada,
que la esfera material de su ojo
estaba simplemente abierta a las cosas del mundo.
Pero a medida que avanzaba la tarde
sus ojos parecían buscar mi voz o la de su mujer.
Y una vez, cuando se movió intentando
estirar el brazo, me agaché
y volvió su iris borroso hacia mi,
su pupila se contrajo por un instante
y me recibió: era mi padre mirándome.
Fue apenas un segundo, como la repentina chispa
del deseo que brilla de pronto entre dos personas.
Después, su vista se hundió de nuevo
y sólo dejó un globo ocular,
y al día siguiente el alma huyó
y ahí ya sólo dejó a mi padre.
Pensé en esa última mirada,
una mirada sin amor ni esperanza,
su mirada de reconocimiento”.