El deleito que un romance provoca en cualquier lector, en cualquier cantor, en cualquier oyente de romances sigue recordándonos que, en esta forma de comunicación poética, emisor y receptor gozan juntos en el acto mismo de la creación común que es decir y escuchar y volver a decir un romance. Siempre habrá que insistir en la lectura de los romances escritos, en la audición de los cantados, porque el campo -los campos- del Romancero deben frecuentarse asiduamente. Sólo así se puede descubrir su secreto último. Como el marinero del romance más famoso de todos los siglos, también el Romancero podría darnos su respuesta enigmática.
"¡Abenámar, Abenámar, moro de la morería, el día que tú naciste grandes señales había! Estaba la mar en calma, la luna estaba crecida: Moro que en tal signo nace no debe decir mentira." Allí respondiera el moro, bien oiréis lo que decía: "Yo te lo diré, señor, aunque me cueste la vida, porque soy hijo de un moro y una cristiana cautiva; siendo yo niño y muchacho, mi madre me lo decía: que mentira no dijese, que era grande villanía: por tanto, pregunta, rey, que la verdad te diría." "Yo te agradezco, Abenámar aquesa tu cortesía. ¿Qué castillos son aquéllos? ¡Altos son y relucían! "El Alhambra era, señor, y la otra la Mezquita; los otros los Alixares, labrados a maravilla. El moro que los labraba cien doblas cobraba al día, y el día que no los labra, otras tantas se perdía. El otro es Generalife, huerta que par no tenía; el otro Torres Bermejas, castillo de gran valía." Allí habló el rey don Juan, bien oiréis lo que decía: "Si tú quisieses, Granada, contigo me casaría; daréte en arras y dote a Córdoba y Sevilla." "Casada soy, rey don Juan, casada soy, que no viuda; el moro que a mí me tiene muy grande bien me quería." No creo que tenga que decir nada más.
Supongo que no soy objetiva porque los romances siempre han sido mi perdición, pero de verdad que considero que cualquier amante de la literatura española debería leer el Romancero viejo, porque además es casi imposible no disfrutar haciéndolo. Es sencillo, bonito y a mí me ha cautivado desde siempre.