El Segundo Imperio mexicano siempre ha sido un tema muy atractivo para mí, y la historia de Maximiliano y Carlota, que más que figuras históricas parecerían personajes trágicos de una novela, casi garantiza una experiencia fascinante. Casi. En esta ocasión Zagal me quedó debiendo. No cabe duda que es un historiador rigurosísimo, y llena su estructura ficcional con detalles casi domésticos muy interesantes. Pero en él encontré lo que también he visto en otras novelas escritas por historiadores: la evidencia de que no es lo mismo la ciencia (Historia) que el arte (Literatura). Zagal, como otros historiadores que se meten a novelistas, todavía no sabe cómo conservar el rigor histórico en una fcción, así que en vez de ofrecernos un documento estructurado, fundamentado y valiosísimo desde el punto de vista histórico -que sin duda, podría- nos presenta una serie de escenas más o menos conectadas, con monólogos interiores de Maximiliano completamente absurdos, inconexos, forzados, lo mismo que los otros capítulos, en los que narra desde un punto de vista objetivo encuentros del ex emperador, preso en una hedionda celda, con personajes que lo visitan y que, aparentemente, sólo sirven para narrarse entre ellos lo que ya deberían saber. Diálogos mal escritos y a veces sin un sentido lógico. La adaptación teatral de esta obra es, con mucho, infinitamente superior.