He de confesar que en todos estos años no había leído nada de John D MacDonald a pesar de la reputación que tiene, en especial con su ciclo de novelas en su “segunda etapa” sobre el detective privado Travis McGee. De hecho intenté adentrarme en el mundo MacDonaldiano unos pocos años atrás, precisamente con la primera que iniciaba la citada saga, Goodbye in blue (Adiós en azul), pero al cabo de poco la dejé…no fue una entrada lo que se dice exitosa. Ahora he retomado el tema con la novela que hoy comento, The empty trap (en España, o/y mercado hispanoamericano, “La trampa vacía”) y la experiencia no ha podido ser mejor. No es quizás una gran novela, le falta más densidad para ello, pero aún así es una buena novela, que se lee de un tirón y en la que se respira ese aire algo sórdido y escabroso, a tono con la evolución que fue cogiendo el género en el decenio de los 50’s, y que lo emparenta con coetáneos suyos como Lionel White, especialmente por el uso que hace de la violencia, así como el componente de cariz sexual derivado de la misma (lógico, por otra parte, viniendo del que firmara ese mismo año uno de sus más aclamados libros The executioners, llevado al cine por J Lee Thompson como Cape fear). También es un libro que anticipa la frialdad, sequedad y temas del inminente ciclo de novelas de Donald Westlake. Aquí nuestro prota es un espabilado joven que pronto irá ascendiendo en el mundo hostelero para acabar trabajando para un conocido empresario hostelero con fuertes vínculos mafiosos. Tras un intento de fuga al país vecino con la mujer y el dinero de su jefe, es apresado en un hotel por sus esbirros. La chica muere, pero él consigue escapar, dándole los otros por muerto. Es por tanto una historia de venganza, la que se activa una vez que el malherido prota empieza a sanar de sus heridas tras hallar refugio y cuidados entre los aldeanos de un inexpugnable enclave en el corazón de la selva mexicana. Decía Sam Fuller que el cine es acción y emoción, y en este sentido Macdonald no pierde el tiempo para ya en las primeras páginas llevarte al lío en cero coma, Al igual que el Whittington de la recientemente comentada “Fires that destroy (1951)”, tenemos un arranque fulminante, con alternantes flashbacks temporales que resitúan al lector en sus huecos narrativos. Hay buena escritura y habilidad narrativa en la pluma de MacDonald. Indudable y diría incluso sorprendente además dada su prolífica producción literaria a lo largo de 3 décadas y media. No hay nada que chirríe en la narración y es loable su capacidad para saber integrar los flasbacks. Pero aquí no estamos hablando de Proust. Esto es una novela criminal con un público…y unas reglas. Por tanto creo que MacDonald debería haberse centrado un poco más en la cuestión de la acción (sin decir que abandone los aspectos psicológicos/filosóficos, que están bien cuidados) y ofrecer en su último tercio mayor importancia a la narración de “la venganza”. Tal y como está contada me sabe a poco y la considero algo escueta. Es más, las escenas que MacDonald emplea para la violencia y el ajuste de cuentas final del protagonista, aunque son violentas, no tienen el impacto que su potencial ofrecía. No digo recrearse en ella, sino ser más hábil en su descripción (a lo Goodis o Thompson). Da la sensación que toda la ejecución de la venganza se haya hecho deprisa y corriendo. De ahí convenir que la novela, en la que MacDonald vuelca cierta ambición en su entramado filosófico, quizás potencie más ese aspecto en detrimento de la otra parte, escatimando imperdonablemente al lector toda la carne a punto de echar a la parrilla que éste esperaba. En cualquier caso una buena novela de John D MacDonald que recomiendo y que constituye una grata sorpresa. Lo de McGee ya veremos si lo retomo…