3.5.
El autor acomete la hercúlea labor (sintomática para todo historiador del arte) de ajustar las cuentas con el minimalismo. Lo que puede parecer una entretenimiento fútil, a tenor de la represión total que (supuestamente) encarna la poética minimalista se convierte, gracias a la pluma de Didi-Huberman, en un baile dialéctico, vertiginoso, psico-biográfico incluso.
Walter Benjamin, Carl Einstein o Aby Warburg son reivindicados con justicia. Siempre, como no, al amparo del discurso freudo-lacaniano al que nos tiene acostumbrados el que probablemente sea el mejor historiador del arte de las últimas décadas. Tras leer este ensayo no cabe duda de que un cubo negro nos mira y nos escruta, que nos comunica con lo sagrado y con lo pulsional y que, si estamos dispuestos a la apertura, nos descubrirá un horizonte político donde se juega la propia vida de los significantes.
No obstante (de ahí mi calificación), tengo un problema con Didi-Huberman que aquí he experimentado con mayor ahínco: se extiende más de la cuenta y repite en exceso lo que el lector debe haber leído (y asimilado) previamente en Freud y Lacan. Hay algo de obra musical fallida: variaciones continuas, algo etéreas por momentos. ¿Por qué olvida Didi-Huberman el matiz hegeliano-marxista-zizekiano, materialista y pulsional, cárnico incluso, que necesitaría su estilo de escritura? No se me malinterprete: algo de esto hay implícito en su discurso, pero no en su forma.