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LIBRO DE LAS MIL Y UNA NOCHES, por primera vez puestas en castellano del árabe original. Prologadas, anotadas y cotejadas con las principales versiones en otras lenguas y en la vernácula por Rafael Cansinos Assens. Tomo I, II y III.
Láminas a color a lo largo de los tres volúmenes.
4400 pages, Leather Bound
Published January 1, 1989
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Displaying 1 - 3 of 3 reviews
September 2, 2026
Tras 37 años guardándolo, me atrevo, tras haber leído a Galland con 12 años (domingos por la tarde en Gijón) y al cumplir mis 50 acometer de forma integral la versión tan mágica como poco fiable de Mardrus, y habiendo leído fragmentos de la de Juan Vernet (se supone que más literal), a enfrentarme con este monumento, ya que mis años llegan ya a los 61. De hecho, lo cierro a pocos días de cumplir los 62.
Se abre con una introducción del editor y traductor, el gran escritor e intelectual Rafael Cansinos Assens, muy amplia, de 370 páginas, que, si bien peca de no ser muy académica, sí es muy culta, llena de referencias, lecturas y pasiones literarias, y sabe encuadrar cada uno de los aspectos de la obra: idioma, origen, religión, personajes, espacios, lugares, tipos sociales, seres imaginarios y míticos de esta gran obra. Eso nos permite encuadrarla y tener una visión global de la misma, como yo no he visto nunca que esto ocurra con otras ediciones de este complejo texto.
Esta traducción de Cansinos Assens es muy discutida hoy en día, en cuanto a que no sigue solo una de las versiones en lengua árabe, sino que intenta completar lo que aparece de forma fragmentaria en un lado y otro. Parece que las referencias que prefiere Cansinos son Bulaq, Calcuta II, Mardrus, Burton, Galland, Weil y Breslau, que puede que sea su modelo. Breslau intenta recopilar todas las variantes existentes en cualquier lengua, y esta intención la sigue, cumple y alcanza de forma brillante Cansinos. De ahí la gran extensión de esta versión, que casi dobla la de otros traductores.
Esta versión es una joya y se lee como un tesoro; el lenguaje, de forma perfecta, reviste la maravilla de la que están compuestas las historias de las noches árabes, sin temor a caer en la monotonía. Cansinos devuelve Las 1001 noches a la lengua occidental que le corresponde, al español que nació coexistiendo con la presencia musulmana. El español cuenta con un 20 % de arabismos en su vocabulario y el lenguaje de esta traducción se cuaja de estos términos, y no se duda en introducir nuevos arabismos o citas de palabras árabes para crear la posible traducción perdida de Las 1001 noches de un remoto siglo XII o XIII.
Algo que destaca Cansinos del estilo es la irregularidad del lenguaje en el original, a veces demasiado parco en su prosa, que, sin embargo, se ve embellecido y roto por la inclusión de poemas. Esta versión está cuajada de poesías rimadas, en endecasílabos y octasílabos de rima asonante, de heptasílabos formando liras. Eso le da a la prosa una proyección brutal, una música que no se percibe en otras versiones. Otra cuestión que destaca Cansinos es la utilización del polisíndeton, de rimas y asonancias en la prosa, así como aliteraciones. Cosa que él lleva a su traducción, de forma tan desinhibida como gozosa. Las notas nos aclaran cuestiones de lenguaje, en cuanto a significados dobles del término árabe utilizado, o algún hecho histórico, o el significado de algún nombre. Y es muy importante referenciar todas las citas del Corán insertas, que nos dan una idea de ese «libro religioso profano» que nos indica Cansinos. Cada historia está precedida por una esclarecedora y amplia nota introductoria que nos acerca al relato que vamos a leer. Cansinos es nuestro Virgilio en este viaje.
El primer tomo comprende el comienzo de la de Galland, y luego añade cuentos estupendos, de los cuales destaca la gran novela (que comprende más de 200 páginas) del rey Omaru-n-Noman y sus hijos y nietos. Mezcla de tragedia shakespeariana, de poema épico, de novela caballeresca, de romance apasionado, de saga familiar balzaciana. Una gran narración que comprende además el largo y bellísimo cuento de Asís y Asisa. Y muchas más historias, que conforman un universo fascinante y perdido, perdido incluso en el momento en que fue escrito, con lo que el goce y la nostalgia van de la mano.
En este primer tomo, dominan en principio las historias anidadas, los cuentos dentro de cuentos. Al final del tomo, esta estructura deja paso a la del narrador que desarrolla las subtramas de forma lineal y alternada, pasando de una a otra para dar cuenta de la historia como narrador omnisciente editorial.
El segundo tomo cubre desde las noches 258 hasta la 576, siempre según esta versión (que ya advierte, en el largo e intenso proemio, de lo arbitrario de la división en noches, según la edición que manejemos). Aunque la agrupación de los cuentos y novelas que la componen solo depende de razones editoriales, de dividir tanto material en tomos manejables, se va observando a medida que avanzamos la existencia de un narrador claro que unifica el estilo. En la primera parte de este tomo se encuentran las espurias aventuras de Simbad. Las rodean nouvelles de mayor interés, que comparten elementos con las de Simbad e incluso situaciones narrativas idénticas. En esas otras aventuras hay un desarrollo narrativo mayor y más elaborado que el que le falta a la tan atractiva de Simbad. Uno de los primeros cuentos es el de la discusión académica de la esclava Tauddud (la Docta Simpatía de Mardrus), un apasionante recopilatorio de la ciencia y la teología del mundo árabe de la época. Le siguen grandes novelas, como la de Balukiya, Chaniscach, Simbad, la de los genios y schaitanes encerrados en redomas, la de la ciudad de Azofar, que constituyen un núcleo de aventuras salpicadas de elementos fantásticos, mitológicos e incluso religiosos, con historias tan densas y atractivas como la de Chuder, siempre traicionado por sus hermanos (a los que devuelve bien por mal), hasta que estos lo asesinan.
Las historias largas se van alternando con recopilaciones de historias breves, a veces de simples chistes, y dentro de estas se reconoce la que dio origen al Sendebar español, en cuanto a esas compilaciones que Las mil y una noches fagocita y que ya fueron conocidas en la España de las tres culturas, como el Panchatantra, Calila y Dimna y el Hitopadesha.
A partir de cierto momento (ya lo señalamos con el núcleo de historias relacionadas con Simbad), los motivos se repiten, se reiteran de forma literal, de manera que muchos editores optan por suprimirlos. Cansinos lo hace notar en sus magníficas introducciones, así como su imposibilidad de seguir este ejemplo, ya que, según él, pese a la reiteración, la música sigue encandilándonos. El tomo se cierra con una gran novela, la de Garib y su hermano Achib, que refleja la toma iconoclasta de Persia y de toda Asia por el islam. Una historia llena de elementos sorprendentes pero de un desaliño literario tremendo, en que la conversión se hace a golpe de espada y de lucha entre ejércitos de cientos de miles de guerreros, de hombres, de gigantes, de genios... Al narrador, nada que ver con el sofisticado narrador de muchos cuentos de este tomo, no le importa repetir situaciones y acciones dentro del mismo cuento, o hacer aparecer circunstancias sin haber dado antes el antecedente de las mismas.
En el tercer y último tomo las grandes historias ya no dominan la narración y abundan, en cambio, los relatos breves, muchos de ellos de carácter apologético o moral. Pese a ello, encontramos algunas historias muy destacadas, como la del dormido despierto, la del espejo de las vírgenes, una nueva versión de la historia del caballo mágico (que aparecía en las primeras noches), los relatos apócrifos de Aladino y Alí Babá y las dos versiones de la historia de Calaf y la princesa que reta con sus preguntas a los que quieran optar a su mano, con el castigo de la decapitación si no aciertan, que darán lugar a Turandot, que, en realidad, fueron incluidas por Mardrus y provienen de Las siete bellezas de Nezamí Ganyaví (siglo XII) y que fueron dadas a conocer como Los mil días y un día por el orientalista François Pétis de la Croix poco después de la versión de Galland de Las 1001 noches.
El cuento central de este último tomo es el de la espeluznante caída del visir Chafar y su familia, el clan de los Beni-Barmek, punto de inflexión final de todo el libro, en el que vemos que la crueldad tantas veces anunciada de Harunu-r-Raschid se vuelve real y borra de la faz de la tierra a su amigo y visir Chafar, a toda su familia y sus allegados. Un completo genocidio de más de mil personas. Incluyendo a su hermana, enamorada de Chafar y casada con él en secreto, y a los dos hijos que tuvieron y ocultaron del conocimiento del califa. Vemos aquí la otra cara de Las mil y una noches, y de alguna manera todo el encanto de este libro cae con esta historia que es un hecho histórico y marca el declive del esplendor del reino de Harunu-r-Raschid. En la versión de Cansinos, se nos ofrecen dos versiones de los acontecimientos, sin que nuestra capacidad de asombro y horror decaiga. Tras la lectura de esta triste historia, nada será como antes.
Muchas de estas historias del tercer tomo no aparecen en la mayoría de las versiones y solo pueden encontrarse, al menos entre las grandes traducciones occidentales, en Mardrus o Burton. Algunas son declaradas por Cansinos como inéditas hasta ese momento, lo que deja la duda de qué manuscrito o fuente está utilizando para poder hacer tal afirmación.
Llegamos finalmente a la noche mil una, y Cansinos nos ofrece tras ella una extensa conclusión en la que, tras cerrar todas las tramas, cuenta cómo las historias llegaron a reunirse en forma de libro y cómo ese libro alcanzó después fama y difusión.
Una cuestión sobre la edición, entendida como maquetación y diseño: los epígrafes de cabecera de página nos sitúan en la noche y el cuento en que estamos. Esto hace que nos podamos guiar en lo que es un laberinto en el que el índice al final del tomo se queda corto. Las historias subordinadas a veces, al cerrarse, quedan en ese epígrafe. Sin embargo, esto ocurre pocas veces.
Otra cuestión sobre las ilustraciones: hay unos dibujos de Manuel Benet, de líneas simples sobre fondo blanco, de personajes hieráticos, que encabezan cada capítulo y un pequeño dibujo de un detalle que lo cierra. Su disposición facilita la lectura, delimitando de forma visual cada cuento. También Benet alterna cada ochenta páginas ilustraciones a una página, sin texto a la vuelta de la misma. Son dibujos simples, en el mismo estilo casi ornamental, de personajes de perfil, hieráticos, en que se rehúye de la figuración de la acción. No hay volúmenes y las sombras o texturas se juegan como líneas paralelas o cruzadas apretadas. Estos dibujos nos sirven de alivio de lectura, rompen la monotonía de la doble columna seguida y nos impulsan a seguir leyendo.
Otras ilustraciones insertas son las de Julio Castro de la Gándara. Quince láminas por tomo en papel de gran gramaje, en acuarela a todo color, abren cada tomo y, sin explotar la narración de forma abusiva, nos abren un punto hacia la fantasía de este libro, de forma discreta, como conviene a la iconoclastia musulmana.
Cuatro apuntes finales: entre sultanes, emires, princesas y esclavas fabulosas, los grandes protagonistas reales de Las mil y una noches son los mercaderes, que dominan las rutas que unen la miríada de reinos que se dan cita y que tienen como nodos Bagdad, Damasco, Basora, El Cairo, Alejandría. Ellos difunden así la idea de un universo musulmán y la de la valoración del producto por encima de la usura. La generosidad y la hospitalidad son dos grandes virtudes exaltadas en este clásico. Los califas se disfrazan de mercaderes para poder tomar contacto con el pueblo, y muchas veces los mercaderes o sus hijos ascienden a visires y en algunos casos a emires y sultanes. El beneficio fabuloso es ansiado por los mercaderes, pero considerado como un don.
Otro, el del carácter apologético de todo el libro, como indica Cansinos y cité antes. Con lo cual, es un correlato profano del Corán. Pero su intención es la misma.
Otro, el de la reiteración que nos hace en varias ocasiones figurar que la historia vuelve a empezar o entra en un bucle infinito. Esto llevó a Borges a hablar de una noche, la noche 602 (no indica de qué versión, yo no la he encontrado en ninguna), que es entre las noches «ninguna tan perturbadora como la de la noche DCII, mágica entre las noches. En esa noche, el rey oye de boca de la reina su propia historia. Oye el principio de la historia, que abarca a todas las demás, y también de monstruoso modo , a sí misma. ¿Intuye claramente el lector la vasta posibilidad de esa interpolación, el curioso peligro? Que la reina persista y el inmóvil rey oirá para siempre la trunca historia de Las mil y una noches, ahora infinita y circular...».
Lo cierto es que esto ocurre muchas veces. Pero en la noche 421 y 422 del segundo tomo de Cansinos, hay una historia mucho más perturbadora, mucho más compleja. En la Historia del rey Mohammed-ben-Sebaik, un rey que tras obtener grandes victorias en la guerra se complacía de escuchar historias, le encarga al mercader Hasan que le traiga en un año la historia más maravillosa jamás contada. Si la obtiene, le dará un castillo y le colmará de riquezas. Si la historia no le satisface, le despojará de todo. Hasan sabe cuál es esa historia, la de El príncipe Seifu-l-Muluk y Bedietu-ch-Chemal. Una historia perdida que solo existe en su recuerdo. Y comisiona a cinco de sus mamelucos a que la busquen por todo el mundo, dándoles a cada uno mil dinares. Al final, cuando creemos que la historia es irrecuperable, uno de ellos encuentra a un anciano scheik que la conoce, y se la contará por 100 dinares y una condición: que no la contará a «caminantes, mocitas, esclavos, necios, sandios ni muchachos, sino únicamente a reyes, visires y varones doctos, del número de los viajeros o de los otros». Y comienza a recitar de forma oral la historia, que el enviado copia, como hizo Ganesha o el mismo Mahoma. Cansinos a pie de página nos recuerda, citando a Von Hammer, que 100 dinares era el precio que se pedía por una copia manuscrita de Las 1001 noches. Asistimos así a la gestación del libro que estamos leyendo, un libro cuyo origen es todo un misterio.
Y, siguiendo con el autor argentino, la lectura de esta edición que he comentado, tres tomos de 1500 páginas cada uno en delicado y finísimo papel de biblia, me recuerda a El libro de arena de Borges. Borges insistía en que la mejor versión de Las 1001 noches era la de Mardrus, hasta que conoció la de Cansinos, que fue su maestro y protector en su juventud, cuando el argentino estuvo en Madrid. Borges ya estaba ciego cuando fueron editadas (1959), así que no pudo leerla. Pero insistía con razón literaria en que la versión de Cansinos era la mejor editada. Leyendo esta edición, los dedos encuentran siempre una nueva hoja entre dos hojas, o un soplo de viento desplaza nuestra lectura a un sitio incógnito, y esto nos hace recordar El libro de arena de Borges (1975).
Una última cosa. La traducción no deja de ser cruda cuando se le requiere, y en eso tiene menos tapujos que Mardrus. Además, hay ciertas referencias políticas en Cansinos que asombra que fueran pasadas por la censura en esa época. Un tanto más para el poeta de las Vistillas, que podía nombrar las estrellas en más de cuarenta idiomas.
La obra entera se cierra al final del tercer tomo con unos preciosos apéndices: un glosario de términos, de personajes y lugares reales e imaginarios, de proverbios, una guía temática de cuentos. Esto nos invita a volver a Las mil y una noches para una lectura transversal, de forma que el goce no se cierre con la última página del libro.
Y una gran tristeza. Esta gran traducción no se reedita, y aunque quedan ejemplares en los círculos de los libros de segunda mano (¡y a un precio bastante asequible, 150 €!) está a punto de desaparecer. Yo me siento afortunado por tenerlo en mi biblioteca, en su parte más honorífica, pero me apena esta desaparición próxima.
Bueno, pues podemos decir que es el mejor libro que he leído y que se puede leer. Ahora solo queda la nostalgia y, como cuenta la leyenda, aquella que separa y desposee, ya que quien lee completas Las 1001 noches muere. Aunque la desgracia es haber muerto sin leerlas.
Se abre con una introducción del editor y traductor, el gran escritor e intelectual Rafael Cansinos Assens, muy amplia, de 370 páginas, que, si bien peca de no ser muy académica, sí es muy culta, llena de referencias, lecturas y pasiones literarias, y sabe encuadrar cada uno de los aspectos de la obra: idioma, origen, religión, personajes, espacios, lugares, tipos sociales, seres imaginarios y míticos de esta gran obra. Eso nos permite encuadrarla y tener una visión global de la misma, como yo no he visto nunca que esto ocurra con otras ediciones de este complejo texto.
Esta traducción de Cansinos Assens es muy discutida hoy en día, en cuanto a que no sigue solo una de las versiones en lengua árabe, sino que intenta completar lo que aparece de forma fragmentaria en un lado y otro. Parece que las referencias que prefiere Cansinos son Bulaq, Calcuta II, Mardrus, Burton, Galland, Weil y Breslau, que puede que sea su modelo. Breslau intenta recopilar todas las variantes existentes en cualquier lengua, y esta intención la sigue, cumple y alcanza de forma brillante Cansinos. De ahí la gran extensión de esta versión, que casi dobla la de otros traductores.
Esta versión es una joya y se lee como un tesoro; el lenguaje, de forma perfecta, reviste la maravilla de la que están compuestas las historias de las noches árabes, sin temor a caer en la monotonía. Cansinos devuelve Las 1001 noches a la lengua occidental que le corresponde, al español que nació coexistiendo con la presencia musulmana. El español cuenta con un 20 % de arabismos en su vocabulario y el lenguaje de esta traducción se cuaja de estos términos, y no se duda en introducir nuevos arabismos o citas de palabras árabes para crear la posible traducción perdida de Las 1001 noches de un remoto siglo XII o XIII.
Algo que destaca Cansinos del estilo es la irregularidad del lenguaje en el original, a veces demasiado parco en su prosa, que, sin embargo, se ve embellecido y roto por la inclusión de poemas. Esta versión está cuajada de poesías rimadas, en endecasílabos y octasílabos de rima asonante, de heptasílabos formando liras. Eso le da a la prosa una proyección brutal, una música que no se percibe en otras versiones. Otra cuestión que destaca Cansinos es la utilización del polisíndeton, de rimas y asonancias en la prosa, así como aliteraciones. Cosa que él lleva a su traducción, de forma tan desinhibida como gozosa. Las notas nos aclaran cuestiones de lenguaje, en cuanto a significados dobles del término árabe utilizado, o algún hecho histórico, o el significado de algún nombre. Y es muy importante referenciar todas las citas del Corán insertas, que nos dan una idea de ese «libro religioso profano» que nos indica Cansinos. Cada historia está precedida por una esclarecedora y amplia nota introductoria que nos acerca al relato que vamos a leer. Cansinos es nuestro Virgilio en este viaje.
El primer tomo comprende el comienzo de la de Galland, y luego añade cuentos estupendos, de los cuales destaca la gran novela (que comprende más de 200 páginas) del rey Omaru-n-Noman y sus hijos y nietos. Mezcla de tragedia shakespeariana, de poema épico, de novela caballeresca, de romance apasionado, de saga familiar balzaciana. Una gran narración que comprende además el largo y bellísimo cuento de Asís y Asisa. Y muchas más historias, que conforman un universo fascinante y perdido, perdido incluso en el momento en que fue escrito, con lo que el goce y la nostalgia van de la mano.
En este primer tomo, dominan en principio las historias anidadas, los cuentos dentro de cuentos. Al final del tomo, esta estructura deja paso a la del narrador que desarrolla las subtramas de forma lineal y alternada, pasando de una a otra para dar cuenta de la historia como narrador omnisciente editorial.
El segundo tomo cubre desde las noches 258 hasta la 576, siempre según esta versión (que ya advierte, en el largo e intenso proemio, de lo arbitrario de la división en noches, según la edición que manejemos). Aunque la agrupación de los cuentos y novelas que la componen solo depende de razones editoriales, de dividir tanto material en tomos manejables, se va observando a medida que avanzamos la existencia de un narrador claro que unifica el estilo. En la primera parte de este tomo se encuentran las espurias aventuras de Simbad. Las rodean nouvelles de mayor interés, que comparten elementos con las de Simbad e incluso situaciones narrativas idénticas. En esas otras aventuras hay un desarrollo narrativo mayor y más elaborado que el que le falta a la tan atractiva de Simbad. Uno de los primeros cuentos es el de la discusión académica de la esclava Tauddud (la Docta Simpatía de Mardrus), un apasionante recopilatorio de la ciencia y la teología del mundo árabe de la época. Le siguen grandes novelas, como la de Balukiya, Chaniscach, Simbad, la de los genios y schaitanes encerrados en redomas, la de la ciudad de Azofar, que constituyen un núcleo de aventuras salpicadas de elementos fantásticos, mitológicos e incluso religiosos, con historias tan densas y atractivas como la de Chuder, siempre traicionado por sus hermanos (a los que devuelve bien por mal), hasta que estos lo asesinan.
Las historias largas se van alternando con recopilaciones de historias breves, a veces de simples chistes, y dentro de estas se reconoce la que dio origen al Sendebar español, en cuanto a esas compilaciones que Las mil y una noches fagocita y que ya fueron conocidas en la España de las tres culturas, como el Panchatantra, Calila y Dimna y el Hitopadesha.
A partir de cierto momento (ya lo señalamos con el núcleo de historias relacionadas con Simbad), los motivos se repiten, se reiteran de forma literal, de manera que muchos editores optan por suprimirlos. Cansinos lo hace notar en sus magníficas introducciones, así como su imposibilidad de seguir este ejemplo, ya que, según él, pese a la reiteración, la música sigue encandilándonos. El tomo se cierra con una gran novela, la de Garib y su hermano Achib, que refleja la toma iconoclasta de Persia y de toda Asia por el islam. Una historia llena de elementos sorprendentes pero de un desaliño literario tremendo, en que la conversión se hace a golpe de espada y de lucha entre ejércitos de cientos de miles de guerreros, de hombres, de gigantes, de genios... Al narrador, nada que ver con el sofisticado narrador de muchos cuentos de este tomo, no le importa repetir situaciones y acciones dentro del mismo cuento, o hacer aparecer circunstancias sin haber dado antes el antecedente de las mismas.
En el tercer y último tomo las grandes historias ya no dominan la narración y abundan, en cambio, los relatos breves, muchos de ellos de carácter apologético o moral. Pese a ello, encontramos algunas historias muy destacadas, como la del dormido despierto, la del espejo de las vírgenes, una nueva versión de la historia del caballo mágico (que aparecía en las primeras noches), los relatos apócrifos de Aladino y Alí Babá y las dos versiones de la historia de Calaf y la princesa que reta con sus preguntas a los que quieran optar a su mano, con el castigo de la decapitación si no aciertan, que darán lugar a Turandot, que, en realidad, fueron incluidas por Mardrus y provienen de Las siete bellezas de Nezamí Ganyaví (siglo XII) y que fueron dadas a conocer como Los mil días y un día por el orientalista François Pétis de la Croix poco después de la versión de Galland de Las 1001 noches.
El cuento central de este último tomo es el de la espeluznante caída del visir Chafar y su familia, el clan de los Beni-Barmek, punto de inflexión final de todo el libro, en el que vemos que la crueldad tantas veces anunciada de Harunu-r-Raschid se vuelve real y borra de la faz de la tierra a su amigo y visir Chafar, a toda su familia y sus allegados. Un completo genocidio de más de mil personas. Incluyendo a su hermana, enamorada de Chafar y casada con él en secreto, y a los dos hijos que tuvieron y ocultaron del conocimiento del califa. Vemos aquí la otra cara de Las mil y una noches, y de alguna manera todo el encanto de este libro cae con esta historia que es un hecho histórico y marca el declive del esplendor del reino de Harunu-r-Raschid. En la versión de Cansinos, se nos ofrecen dos versiones de los acontecimientos, sin que nuestra capacidad de asombro y horror decaiga. Tras la lectura de esta triste historia, nada será como antes.
Muchas de estas historias del tercer tomo no aparecen en la mayoría de las versiones y solo pueden encontrarse, al menos entre las grandes traducciones occidentales, en Mardrus o Burton. Algunas son declaradas por Cansinos como inéditas hasta ese momento, lo que deja la duda de qué manuscrito o fuente está utilizando para poder hacer tal afirmación.
Llegamos finalmente a la noche mil una, y Cansinos nos ofrece tras ella una extensa conclusión en la que, tras cerrar todas las tramas, cuenta cómo las historias llegaron a reunirse en forma de libro y cómo ese libro alcanzó después fama y difusión.
Una cuestión sobre la edición, entendida como maquetación y diseño: los epígrafes de cabecera de página nos sitúan en la noche y el cuento en que estamos. Esto hace que nos podamos guiar en lo que es un laberinto en el que el índice al final del tomo se queda corto. Las historias subordinadas a veces, al cerrarse, quedan en ese epígrafe. Sin embargo, esto ocurre pocas veces.
Otra cuestión sobre las ilustraciones: hay unos dibujos de Manuel Benet, de líneas simples sobre fondo blanco, de personajes hieráticos, que encabezan cada capítulo y un pequeño dibujo de un detalle que lo cierra. Su disposición facilita la lectura, delimitando de forma visual cada cuento. También Benet alterna cada ochenta páginas ilustraciones a una página, sin texto a la vuelta de la misma. Son dibujos simples, en el mismo estilo casi ornamental, de personajes de perfil, hieráticos, en que se rehúye de la figuración de la acción. No hay volúmenes y las sombras o texturas se juegan como líneas paralelas o cruzadas apretadas. Estos dibujos nos sirven de alivio de lectura, rompen la monotonía de la doble columna seguida y nos impulsan a seguir leyendo.
Otras ilustraciones insertas son las de Julio Castro de la Gándara. Quince láminas por tomo en papel de gran gramaje, en acuarela a todo color, abren cada tomo y, sin explotar la narración de forma abusiva, nos abren un punto hacia la fantasía de este libro, de forma discreta, como conviene a la iconoclastia musulmana.
Cuatro apuntes finales: entre sultanes, emires, princesas y esclavas fabulosas, los grandes protagonistas reales de Las mil y una noches son los mercaderes, que dominan las rutas que unen la miríada de reinos que se dan cita y que tienen como nodos Bagdad, Damasco, Basora, El Cairo, Alejandría. Ellos difunden así la idea de un universo musulmán y la de la valoración del producto por encima de la usura. La generosidad y la hospitalidad son dos grandes virtudes exaltadas en este clásico. Los califas se disfrazan de mercaderes para poder tomar contacto con el pueblo, y muchas veces los mercaderes o sus hijos ascienden a visires y en algunos casos a emires y sultanes. El beneficio fabuloso es ansiado por los mercaderes, pero considerado como un don.
Otro, el del carácter apologético de todo el libro, como indica Cansinos y cité antes. Con lo cual, es un correlato profano del Corán. Pero su intención es la misma.
Otro, el de la reiteración que nos hace en varias ocasiones figurar que la historia vuelve a empezar o entra en un bucle infinito. Esto llevó a Borges a hablar de una noche, la noche 602 (no indica de qué versión, yo no la he encontrado en ninguna), que es entre las noches «ninguna tan perturbadora como la de la noche DCII, mágica entre las noches. En esa noche, el rey oye de boca de la reina su propia historia. Oye el principio de la historia, que abarca a todas las demás, y también de monstruoso modo , a sí misma. ¿Intuye claramente el lector la vasta posibilidad de esa interpolación, el curioso peligro? Que la reina persista y el inmóvil rey oirá para siempre la trunca historia de Las mil y una noches, ahora infinita y circular...».
Lo cierto es que esto ocurre muchas veces. Pero en la noche 421 y 422 del segundo tomo de Cansinos, hay una historia mucho más perturbadora, mucho más compleja. En la Historia del rey Mohammed-ben-Sebaik, un rey que tras obtener grandes victorias en la guerra se complacía de escuchar historias, le encarga al mercader Hasan que le traiga en un año la historia más maravillosa jamás contada. Si la obtiene, le dará un castillo y le colmará de riquezas. Si la historia no le satisface, le despojará de todo. Hasan sabe cuál es esa historia, la de El príncipe Seifu-l-Muluk y Bedietu-ch-Chemal. Una historia perdida que solo existe en su recuerdo. Y comisiona a cinco de sus mamelucos a que la busquen por todo el mundo, dándoles a cada uno mil dinares. Al final, cuando creemos que la historia es irrecuperable, uno de ellos encuentra a un anciano scheik que la conoce, y se la contará por 100 dinares y una condición: que no la contará a «caminantes, mocitas, esclavos, necios, sandios ni muchachos, sino únicamente a reyes, visires y varones doctos, del número de los viajeros o de los otros». Y comienza a recitar de forma oral la historia, que el enviado copia, como hizo Ganesha o el mismo Mahoma. Cansinos a pie de página nos recuerda, citando a Von Hammer, que 100 dinares era el precio que se pedía por una copia manuscrita de Las 1001 noches. Asistimos así a la gestación del libro que estamos leyendo, un libro cuyo origen es todo un misterio.
Y, siguiendo con el autor argentino, la lectura de esta edición que he comentado, tres tomos de 1500 páginas cada uno en delicado y finísimo papel de biblia, me recuerda a El libro de arena de Borges. Borges insistía en que la mejor versión de Las 1001 noches era la de Mardrus, hasta que conoció la de Cansinos, que fue su maestro y protector en su juventud, cuando el argentino estuvo en Madrid. Borges ya estaba ciego cuando fueron editadas (1959), así que no pudo leerla. Pero insistía con razón literaria en que la versión de Cansinos era la mejor editada. Leyendo esta edición, los dedos encuentran siempre una nueva hoja entre dos hojas, o un soplo de viento desplaza nuestra lectura a un sitio incógnito, y esto nos hace recordar El libro de arena de Borges (1975).
Una última cosa. La traducción no deja de ser cruda cuando se le requiere, y en eso tiene menos tapujos que Mardrus. Además, hay ciertas referencias políticas en Cansinos que asombra que fueran pasadas por la censura en esa época. Un tanto más para el poeta de las Vistillas, que podía nombrar las estrellas en más de cuarenta idiomas.
La obra entera se cierra al final del tercer tomo con unos preciosos apéndices: un glosario de términos, de personajes y lugares reales e imaginarios, de proverbios, una guía temática de cuentos. Esto nos invita a volver a Las mil y una noches para una lectura transversal, de forma que el goce no se cierre con la última página del libro.
Y una gran tristeza. Esta gran traducción no se reedita, y aunque quedan ejemplares en los círculos de los libros de segunda mano (¡y a un precio bastante asequible, 150 €!) está a punto de desaparecer. Yo me siento afortunado por tenerlo en mi biblioteca, en su parte más honorífica, pero me apena esta desaparición próxima.
Bueno, pues podemos decir que es el mejor libro que he leído y que se puede leer. Ahora solo queda la nostalgia y, como cuenta la leyenda, aquella que separa y desposee, ya que quien lee completas Las 1001 noches muere. Aunque la desgracia es haber muerto sin leerlas.
January 27, 2026
Es una lectura digna de leer. Llena de relatos cortos de aventuras y descubrimiento. La protagonista cuenta historia durante mil noches para sobrevivir y son historias que enganchan.
August 15, 2026
No me extraña que Borges se obsesionara con este libro. Define la inconmensurable apreciación del infinito
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