El gran poema de Homero, en edición bilingüe griego-español, especialmente preparada para su lectura en los más variados dispositivos de lectura digital —incluso aquellos de pantallas pequeñas—, acompañada de notas y comentarios para una mayor y más intensa experiencia de la obra más antigua de la épica griega que ha llegado a nosotros.
La herencia de los Aqueos
Antes del comienzo de la historia de Europa, habitaba en Grecia un pueblo que a sí mismos se llamaban Aqueos. Habían llegado probablemente del norte, a través de Tracia, y se habían asentado en Tesalia y Beocia, en el Peloponeso, en las islas de la costa occidental, en Creta y en algunas de las islas vecinas que se encuentran entre Creta y la costa de Asia Menor. Hablaban una lengua que fue la matriz de los dialectos que, en los siglos posteriores, los propios griegos denominaron eólicos.
Pero, cuando llegaron, encontraron que esa tierra estaba habitada una raza o conjunto de razas que los propios griegos llamaron pelasgos, y de los cuales apenas si sabemos algo más que su nombre. Estos pelasgos aún vivían en el país como una clase plebeya. Al asentarse los invasores aqueos mantuvieron respecto de ellos una posición similar a la de los señores feudales del medioevo respecto de sus siervos y vasallos.
El principal asentamiento de los aqueos se hallaba en la región de Micenas, en las colinas entre Corinto y el golfo de Argos. Pero sus dominios estaban divididos entre muchos pequeños príncipes, que vivían en varias ciudades fortificadas, principalmente a lo largo de las costas orientales y las islas, y con pocos asentamientos importantes en el oeste —quizás sólo Pilos y Calidón. Después de Micenas probablemente Esparta fue su principal enclave.
Ni siquiera podemos decir aproximadamente cuándo llegaron a Grecia. Pero sabemos que en los siglos XII y XIII a.C. habían alcanzado gran poderío y riqueza, dando lugar a una cultura capaz de producir un arte vigoroso y de singular belleza.
Los aqueos eran grandes constructores y muchas de sus obras siguen siendo, después de más de 3.000 años, sus obras siguen maravillando. Su dominio debió de durar varios siglos, pero finalmente cayó, hacia el año 1000 a.C., ante la invasión de los dorios, una ruda tribu de montañeses griegos que avanzaban hacia el sur desde las colinas que rodeaban Tesalia.
La época en la que los aqueos se nos hacen conocidos se corresponde con el apogeo de su civilización. Buena parte de lo que sabemos de ellos en esta época, los siglos XII y XIII a.C., se lo debemos a descubrimientos arqueológicos llevados a cabo en Micenas por el comerciante y millonario prusiano Heinrich Schliemann, complementados desde entonces por excavaciones de otros yacimientos griegos. Pero estos grandes hallazgos, aunque nos dicen mucho, dejan todavía mucho por adivinar. Luego se sobrevenir la destrucción llevada a cabo por la invasión de los dorios, sobrevivió, sin embargo, un conocimiento más íntimo de los aqueos. Ellos sobrevivieron en el canto de los aedos, a través de los dos grandes poemas que nos han dejado como herencia intelectual, la Ilíada y la Odisea.
(Walter Leaf, 1892)