De parte de un viejo y muy buen amigo; un libro que llegó a mis manos en un momento terrible y que, con su contexto, su síntesis y su verdad, provocaría que se apiadase de mí el injusto destino que hoy, cruel y amedrentante, me rodea.
Soseki aparece en mi vida como recomendación, pero también como resultado se los rumores creados alrededor de su novela más famosa: Kokoro, que seguro llegará a mis librerías en cuanto mi buen compañero vierta sobre mí su opinión. Más allá del equinoccio de primavera es una novela aparentemente muy sencilla, que roza una superficie simbólica muy ténue y que rinde homenaje a todas aquellas almas perdidas en busca del sentido de la vida.
Como no puede ser de otra manera, este análisis contiene resoluciones, algunas vagas, debido a que estoy redactando este post en un avión dirección a La Habana, y otras muy profundas. Pero creo que, al intentar ser muy sibilina y sutil, se pierde en el bello arte de divagar y pierde la noción de la historia.
Algo así como un capítulo de los simpsons, que capta tu atención con un estímulo, con un hecho y una acción y que dicha trama no se vuelve a tratar a lo largo del capítulo.
Keitaro comienza su particular odisea a los pies de su madre, añorando su compañía pero siendo dueño de un pequeño compartimento en una casa de huéspedes, cuya pared comparte con uno de los personajes fundamentales de la obra.
Quizás, Keitaro peca de ilusio, creyendo que sus problemas personales, mentales, y profesionales se solucionarán con un puesto laboral de calidad, demostrando con esta metáfora una auténtica alegoría de la vida misma; allí donde Keitaro ve su vida destrozada a causa de la apatía profesional, otros no ven más que una oportunidad de crecer personalmente. Los problemas, a los que llegarán tanto el hombre del Lunar como Sunaga, otro protagonista de la misma, le enseñarán a Keitaro una auténtica lección, puesto que su vida ha sido más completa que un simple parón burocrático, al que está sometido Keitaro tras finalizar sus estudios.
Sí, es cierto. Las analogías y la forma de tratar los acontecimientos son muy bellos y Soseki consigue que comprendamos la importancia de cada instante, pero siento, de alguna manera, que paraliza el desarrollo de los personajes y no les ofrece ni un desarrollo ni un final, sino un acontecimiento clave que coloca a cada uno en el lugar que precisa el texto.
Las interacciones de Chiyoko son bellísimas y muy potentes durante la primera parte de la novela. Ese aura mística que la rodea, la espalda de la mujer que cree observar en casa de Sunaga, y la persecución por las calles de Kioto son espectaculares muestras de una simbólica y potente narrativa. Crea, alrededor de ese personaje un entorno místico sobre el que debería haber ido creciendo. Por desgracia no es así.
Por su interacción, se cree que Chiyoko ha sufrido mucho y ha precisado, durante años, de una gran fuerza de vitalidad, para conseguir construir un personaje dramático que desborde al lector. No lo consigue. No lo desarrolla. No lo capta con ninguna de las explosiones narrativas que plantea Soseki.
De hecho, hacia la mitad del libro, Chiyoko deja de tener un sentido personal para casi convertirse en un objeto material.
La muerte de la prima es fundamental para comprender las actitudes tanto de Chiyoko, como se Sunaga, ahora reconvertidos en protagonistas de la novela. Sunaga, desprovisto de afectividad moral, carece de empatía y de pena carnal, pues descubre, incluso durante el funeral de su prima, que todo fragmento de carne es un ser inerte y que no tenemos ningún sentido como especie humana. Es después, cuando accede a los recursos sociales más antagónicos a su persona, como son el desprecio a la madre y la separacion y huída de toda su familia, cuando comprende, en sus cartas, la añoranza del espectro humano, valorando y dando importancia a la existencia
De la especie por la mera presencia de la belleza en los lugares más primitivos y sencillos.
Keitaro tiene una importancia insustancial en la novela. Para mí, es como un vehículo del que se nutre el autor para hacernos comprender el desarrollo de cada personaje que aparece en su vida. Y no es más que la síntesis de ese punto dramático en la vida de cada uno de nosotros.
El primer personaje, vagabundo solitario, errante y ufano que lega a Keitaro su bastón, es un pilar sobre el que se asienta la obra, pero desaparece en cuanto otro estímulo ocupa el recuerdo de este. Y es una lástima, porque aunque Keitaro utiliza el baston de serpiente como catalizador de buenas decisiones, es un recurso tan poco utilizado en el libro que apenas merece la pena colocarlo en la sobrecubierta del libro.
Soseki desborda ingenio y sagacidad. Pretende, con lo cotidiano, acercarnos a un espectro astral mucho más allá de los sentidos. Y no hay cosa que agradezca más en un autor. Pero su prosa muy muy sencilla (quizás problema de la traducción) y sus tramas argumentales exentas de final me alejan de la novela.
El desenlace final es sorprendente, pero sin que llegue a significar una alteración diabólica para la trama. Puede ser algo que te veías venir, aunque Sunaga tiene tantas similutudes con su tío que al final llegué a pensar que era su propio padre.
En fin, una buena novela que he devorado en cuestión de 3 o 4 días, pero que se difumina en su eternidad y pierde el sentido a mitad de camino.
Gracias, Suárez, por hacerme llegar este poema prosaico, y atento estaré de tu reseña de Kokoro, que seguro estoy de que me invitará a leer de nuevo a Natsume Soseki.
3/5