No se qué es más interesante de esta obra, si lo qué nos cuenta, una historia brutal y descorazonadora sobre el caciquismo en la Extremadura de principios de siglo XX, o quién nos la cuenta, médico y héroe de guerra, superviviente de Filipinas y figura señera de las letras españolas del que, a día de hoy, no se acuerda ni Dios. En mi caso, si no llega a ser por los breves ensayos de Luis Antonio de Villena, otro genio de las letras patrias, Don Felipe hubiera pasado desapercibido a mi muy defectuoso radar. Como tantos otros.
¿Qué es lo interesante de esta historia? El estilo no, desde luego, pues Trigo, si bien es un narrador capaz de montar un andamiaje sólido que sostenga su historia coral, no es una Pardo Bazán ni un Blasco Ibáñez: no es un esteta. De hecho, es bastante reiterativo, y su lenguaje más funcional que florido. Además, me escuece la forma en que Trigo trata de recrear el habla del extremeño campesino, de la más humilde extracción, al reproducir fonéticamente cada intervención, a lo Juan Ramón Jiménez. No soy fan, en parte, por lo artificial que resulta, pues se puede conseguir lo mismo simplificando vocabulario y estructuras gramaticales o utilizando expresiones diferentes -que también lo hace-; y en parte porque en ocasiones resulta incomprensible.
¿Es por el retrato que hace del caciquismo y la época? Pues sí, y mucho. Felipe Trigo no tendrá la minuciosidad del entomólogo ni la frialdad del cirujano; no es un naturalista incisivo, como Zola, pero es un gran carnicero. Me explico. El autor no se amilana, rehúye los eufemismos y llama a lo negro, negro y a lo blanco, blanco; no esconde nada, no disfraza nada, expone el género sin refinamientos. Y hay mucha crueldad en sus páginas.
La Joya es una pequeña localidad de Extremadura gobernada por el cacique local, Jarrapellejos, y sobre la palma de su mano colosal baila todo el pueblo a su son: el alcalde de La joya es SU alcalde, el juez de la localidad es elegido por el, y quien intenta sacar los pies del tiesto es inmediatamente devuelto al redil. Jarrapellejos mantiene el statu quo con su simple presencia, pero cuando se ve obligado a actuar lo hace con la sencilla diplomacia de quien sabe cómo funciona el mundo, pues de él proviene toda ley. Y, sin embargo, Jarrapellejos no es el protagonista de esta historia. Peor, es Dios, y La Joya su patio de recreo. La historia sigue al resto de habitantes del pueblo, y los hay de muchos tipos y extracciones, Aunque más que una historia, la novela está estructurada como una serie de escenas costumbristas que involucran a los distintos personajes del pueblo, sin una dirección marcada. Es por eso que la primera parte puede hacerse un poco cuesta arriba, porque las historias más interesantes, también las más duras a la sazón, se encuentran en la segunda mitad de la novela. Y cuando digo que son duras lo digo de verdad.
No puedo continuar este comentario sin mencionar el subtitulo de la novela: vida arcádica, feliz e independiente de un español representativo. Porque, ante todo, Trigo era un cachondo. No falta gente, incluso a día de hoy, que romantiza y envidia la sencilla vida de campo desde la comodidad de su sofá, con sus huertos y sus vacas, cuando el campo que te venden los anuncios de Milka se parece tanto al campo como China a Chinatown. El autor lo sabe, no en balde era extremeño, y como he dicho antes, es honesto en su descripción, brutal y despiadadamente honesto. Es por ello que nadie se salva, ni el señorito ni el humilde labriego, el primero viola y se aprovecha de esposas e hijas ajenas sin más repercusión que un comentario jocoso en el casino y una mirada reprobatoria de las señoronas, y al segundo no le importa ser edecán, cuando no instigador, de las calaveradas del señorito de turno. Hay escenas que me negaré a reproducir aquí, quede el morbo como acicate para el lector potencial, pero si compartiré una anécdota que dice mucho de la época, como la del marido que, al ser burlado por Jarrapellejos, en vez de buscar una reparación a su honor se enfrenta y acosa al cura que ofició de alcahueta y facilitó el encuentro entre la esposa y el burlador. Situaciones parecidas se repiten a lo largo de la novela. Y, como ya os daréis cuentas, muchas o casi todas tienen que ver con el sexo.
Y es que el autor escribía mucho sobre sexo, y de una forma muy atípica para la época. Ni mucho menos fue el primero, ya en el naturalismo se hacia mención al mismo de forma más o menos explícita. Durante el siglo XIX parecía que la gente brotaba por gemación, pues larga es la sombra arrojada por el puritanismo religioso. Pero Trigo no se corta, ni una pizca: así lograron ser tan populares y escandalosas sus novelas. Claro que cuando uno sobrevive a siete machetazos de tagalos bien cabreados se ha ganado el privilegio de decir lo qué le de la gana y cómo le de la gana. Como decía, Trigo habla del adulterio y la violación como algo común, subyacente a la tiranía caciquil, pues donde no existe más justicia que la que viene de Jarrapellejos nada puedes hacer contra los sátiros de rancio abolengo y bolsillos bien colmados. En algunos puntos me ha recordado a Los gozos y las sombras, que relata una época similar pero esta escrito en una época muy diferente, con otra sensibilidad: el gallego hace una recreación, pero el extremeño realiza una descripción de primera mano. Por eso resulta más sorprendente y chocante no solo la visceralidad de los encuentros sexuales, sino la naturalidad con que se presentan y el resignado estoicismo con que se aceptan, lo cual lo hace, si cabe, aún más difícil de digerir para el lector. Porque esto es algo importante que quiero recalcar, pues suele salir a colación cuando se hacen juicios de valor sobre la figura de los autores. Por el contexto histórico y social de la España rural de principios de siglo, donde el estado no llegaba y el cacique hacia y deshacía, la violación era algo normalizado, sí, pero eso no significa que toda la población comulgara con tan execrable comportamiento. Felipe Trigo no lo hacía, y su novela fue un gran éxito de ventas en su época, por lo que se deduce que mucha gente abominó, si no lo hacia ya, de este modo de vida "arcádico". El caciquismo no desapareció gracias a Jarrapellejos -hay que ser realistas, la literatura no tiene tanto poder-, pero sí evidencia la heterogénea sensibilidad de la época. Si no fuera así, toda sociedad estaría condenada al anquilosamiento.
Por último, y por no extenderme más, voy a hablar de una cosa que probablemente si sea más polémica. Es una frase relativamente aislada, una pildorita que Trigo arroja a modo de curiosidad. Trigo habla de cómo una noticia que venga desde Madrid llega a La Joya a las dos semanas por las malas comunicaciones que había ¿Veis a dónde quiero llegar? Hay cosas que no han cambiado, y Extremadura sigue siendo de los lugares más ignorados de todo el país. Como decía Orwell, todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros...
No quiero terminar con regusto tan amargo. Escribiendo este comentario me doy cuenta de que no he dicho nada agradable, ha sido de reseñas más nihilistas que he escrito. Es por eso que me gustaría terminar con una nota de esperanza, que es, de hecho, cómo finaliza Trigo su novela. Durante cuatrocientas páginas el extremeño golpea inmisericorde todas las ignominias del pueblo español, las confronta sin rubor. Uno de sus personajes, un joven señorito cosmopolita, critica sistemáticamente todos esos males y envidia las luces de Francia o Inglaterra, pero luego en La Joya se comporta como el señorito que es. Su hipocresía es evidente, y así nos lo hace ver, para sorpresa de todos, el propio Jarrapellejos, pues miserias, indignidades, injusticias y vergüenzas nacionales tienen todos los países en mayor y menor grado. Hay un diminuto destello esperanzador para todos, incluso para países como el nuestro. Así lo creía Felipe Trigo, motivo por el cual escribía lo que escribía, pues un hombre que da la vida por su país, en cierto sentido, creo que se niega a reconocer que ha estado a punto de dar su vida en vano.
Es por eso que, con esta extensa y alargado comentario, me gustaría reivindicar su figura y su obra, olvidada por los manuales de literatura, los planes de estudio y, en última instancia, la sociedad. Aunque, bueno, muchas figuras importantes se seguirán olvidando viendo los planes de estudio que hay y habrán. Pero eso es otra historia...