Estos cuentos de Sergio Pitol funcionan. Comienzan amenazadores. Al inicio, dan la impresión de que son como esos cuentos incomprensibles que exigen una atención desmesurada que no merecen. Pero, al avanzar, es calmante percatarse de que Pitol tiene mucho cuidado cuando teje sus narraciones. Al cabo, termina entregando relatos que tienen cierto encanto.
A mi gusto, el gran problema de estos cuentos es su autorreferencialidad: son escritos sobre escritores, cultura sobre cultura, intelectualidad sobre intelectualidad, y eso siempre es pedantesco. Es como hablar con un narcisista que está incapacitado para quitarse la mirada de su ombligo. Resultan muy molestas estas producciones porque acaban siendo auto-alabanzas. Todo el tiempo insinúan lo exquisito que es su arte, como si no fuera suficiente el inmerecido prestigio que tiene la élite cultural. Lo peor de este regodeo no es el aplauso que se dan a sí mismos. Lo peor es la desproporcionada cantidad de referencias a otras obras culturales. Después de todo, esto es pura autocomplacencia, solipsismo intelectual, ensimismamiento ocioso. La cantidad de referencias literarias, operísticas, pictóricas, arquitectónicas en el libro de Pitol es vomitiva.
Además del elitismo cultural que rebosa en estas ficciones, Pitol desborda su libro con un pomposo eurocentrismo que ningún escritor europeo de esos años se atrevería a usar. La elegancia de Venecia, las acaudaladas rues de París, los conciertos sinfónicos en escenarios perfumados y una tendencia a exotizar lo que equivocadamente sigue llamando "el Oriente": todo esto prefiero leerlo en escritores del siglo XIX.
Más allá de la gran habilidad de Pitol para hacer entramados decentes y, a ratos, disfrutables, no considero que estos cuentos sean memorables.