Ahora terminé este corto volumen introductorio al campo de la sociolingüística. Escrito por el británico John Robert Edwards (n. Southampton, 1947), este trabajo presenta, ni más ni menos, la información esencial para familiarizarse con esta rama de la lingüística, distribuida a lo largo de ocho capítulos.
En general, los temas tratados elaboran sobre los aspectos específicos en torno a cuestiones de identidad, que básicamente apuntalan todos los aspectos tanto de la sociolingüística como de la sociología de la lengua. Un tema recurrente, como es de esperarse, es el de las percepciones del lenguaje, tanto desde lo emic como desde lo etic, y en gran medida, las conductas resultantes de dichas percepciones.
Las actitudes, apunta el autor, incluyen las creencias, emociones, y disposiciones al actuar, y son centrales a las concepciones de identidad, reflejándola y ayudando a sustentarla. Las lenguas, en tanto que símbolos de identidad de grupo, delimitan y podrían incluso ejercer una fuerza tanto centrífuga como centrípeta, dependiendo del caso. La forma de hablar de cada grupo tiene que ver con la región que habitan pero también con la clase social, íntimamente vinculada al estatus socioeconómico, lo cual produce distintivos patrones de pronunciación y de sintaxis.
Uno de los aspectos que no deben olvidarse es que las tendencias sociales y las actitudes suelen cambiar con el tiempo, dando lugar a diferentes convenciones sociales. La variación en el lenguaje podría apuntar a la manera en que los hablantes perciben su entorno y cómo se relacionan con él. De forma que ciertas diferencias en la pronunciación, por ejemplo, pueden contribuir a marcar límites en el estatus de diferentes personas o grupos. Y ello tiene que ver con presiones sociales y con el prestigio, ambas construcciones sociales sin ningún valor intrínseco. La flexibilidad mostrada por los hablantes para adaptarse a formas diferentes de expresarse pueden traducirse en un mayor éxito comunicativo, pero no necesariamente.
En general, el texto es muy ameno e informativo. Considero que la estructura el trabajo posee una lógica discursiva cuyo momento cúspide permite entrelazar las premisas presentadas a lo largo del libro en la síntesis presentada en el último capítulo. Es ahí donde el autor discurre sobre el lenguaje de la religión, el sexo, y los nombres de personas y de grupos. Fiel a mis intereses, es precisamente la cuestión del sexo-género la que considero más valiosa, pero el capítulo íntegro es una verdadera joya de información y de reflexión.
Este es otro de esos libros que me permito recomendar ampliamente, y donde señalo la obligatoriedad de su lectura para quienes estamos en el gremio docente, indistintamente de la disciplina impartida, especialmente para quienes trabajamos en lenguas y comunicaciones.