Concedo que me costó cada palabra de este libro, y no, no se trató de su dificultad. De hecho, la escritura de Abad Faciolince es sencilla, directa, sin demasiados adornos; a pesar de abusar del diccionario, pues se nota la carencia de lenguaje del escritor y sus afanes por embellecer la prosa, y su necesidad de reafirmarse en el trasegar de la escritura, como si la sombra de su padre permease las huellas que va dejando el hijo, él, Abad, que aparece y desaparece en el relato en su afán justificatorio. Porque, de entrada, el libro es una oda al padre, no como esa figura trascendental que marca las decisiones del hijo tanto por acción como por omisión-como es el caso de Kafka, quien recuerda a su padre como la medida de todas las cosas, como si de un gigante que recubre el mundo se tratase-, sino como un héroe, un ser de casi otro mundo, que en su genialidad y ganas de vivir descubre algunas falencias que nos recuerdan que, por desgracia, también es humano.
Reconozco que no sabía nada de Abad Gómez. Y, si algo hay que reconocerle a su hijo, es que el patetismo que impregna su escritura reafirma la figura de su padre: hombre que, según narra Abad Faciolince con un tanto de pesar, surtía su vida bajo la bandera política de esa izquierda que, con acciones y sin demasiada articulación conceptual, procuraba modificar la realidad para los menos favorecidos a partir de la transformación del estado de las cosas. Y es que Abad Gómez lucha, defiende y arriesga su vida de la mano del desposeído; sirviéndose de su conocimiento médico y su necesidad de lucha, de asumir el riesgo por transformar la vida de aquellos que, en el costado desértico del reparto de los bienes naturales, habitan un mundo que les es hostil y los condena a la marginación. Y en tanto, a medida que el personaje del padre crece, el del hijo se empequeñece: ahí es cuando vienen todos esos capítulos sobre las lecturas del pequeño y después joven, que conoce a Joyce y a Proust para devorar sus obras en México, que lee a Verne y algo de poesía, y en tanto el hijo procura justificar su presencia en una obra que lo devora, los capítulos insustanciales crecen a borbotones, barriendo el poco terreno arado, desafiando la ya desestructurada estructura del relato biográfico-testimonial que pretende hilvanarse.
Y, si sobran páginas, sobran explicaciones: Abad, en la sosedad que lo caracteriza, subestima a su lector al punto de justificarse frente a cada apreciación que realiza, reconociendo subrepticiamente que "El olvido que seremos" no es más que una zona segura, un relato ya preestablecido, de código común, como diría Estanislao Zuleta. En este sentido, se está ante ese biempensantismo colombiano que no desea desafiar nada, que presenta aparentes críticas pero no desea combatir injusticias: por incapacidad y desidia. De este modo, se surten las páginas al tiempo que crecen los lugares comunes y las justificaciones no pedidas, hasta que se llega al climax narrativo: ese momento en que, a punta de hijueputazos emotivos y nada artificiosos (como buena parte de ese "olvido que viene siendo" la narración hasta ese punto), el padre es asesinado; y su palabra irrumpe para callar al hijo, que repite el poema de Borges que el padre trae en su bolsillo y selecciona, eso sí con buen criterio, apartes de los escritos de su mentor espiritual. Y el relato termina y la incomodidad irrumpe, sintiendo que se estuvo ante un ejercicio incómodo, ante un diario personal de una vivencia aún no incorporada que, sin mayores méritos literarios, camufla la precariedad de lo escrito en la emotividad de la temática narrada.