Mi amiga (y exjefa) Ángela, una enamorada de los libros y compañera de goodreads, me recomendó a Víctor del Árbol allá por el 2015, que ya ha llovido, aunque quizás no tanto como el campo ha necesitado. En abril de ese año leí Un millón de gotas, y me impresionó. La historia, los personajes, la calidad literaria, la estructura... me llevaron a sentenciar sin lugar a duda en la revisión que expuse en esta red: "no será el último que lea de este autor". Y así ha sido.
Hace poco, estuvo en la Feria del Libro de Badajoz y en una breve charla que mantuve con él mientras me firmaba Nadie en la Tierra, en la que le comenté que había leído varios libros suyos, me preguntó por La tristeza del samurái. Y mira por donde, ese punto de inflexión en su trayectoria como escritor aún no lo tenía en la estantería, tampoco en la escalera de caracol, ni en la columna de libros por leer. Gran error. Es un librazo.
No tengo calidad crítica ni conocimientos literarios para saber identificar si está o no al nivel de Un millón de gotas, si es mejor que Por encima de la lluvia o si está al ras de Antes de los años terribles. No me interesan esas comparaciones simplemente porque lo he disfrutado a rabiar. Imagino que ya habrá quien monte un ranking.
Aunque resulte reiterativo en esto, insisto. Víctor es la prueba empírica de que es posible escribir una novela negra de esas que atrapan al lector y lo dejan clavado a sus páginas, sin renunciar a una alta calidad literaria. La tristeza del samurái es otra prueba de ello. Da igual lo que comente, esta ya sería una buena excusa para sumergirse en él.
Fiel a su inconfundible estilo arboliano (¿o en este caso sería arbóreo?), teje una trama de asesinos, misterios, ambiciones, frustraciones, venganzas, mentiras y relaciones personales viciadas que tiene sus raíces en tiempos pretéritos, lo que da lugar a un relato en el que se van mezclando los planos temporales desenredando punto a punto el ovillo de la trama. Nadie duda que las guerras y los conflictos del pasado son ríos que aún continúan arrastrando lodos, y el autor se aprovecha de esta realidad para crear sus historias.
El libro, aunque pivota sobre una abogada ambiciosa a la que se le va torciendo la vida a medida que asciende, no bebe de una única protagonista. Es una trama coral, en la que la totalidad de personajes presentan sus lados oscuros, a algunos de ellos la sobra los cubre por completo. Quizás por esa carencia de buenismo total, es sencillo conectar con ellos y comprobar como cada uno, al margen del número de frases que acaparen, son una pieza de un puzle que encaja a la perfección.
A pesar de la mencionada calidad literaria, de las descripciones y reflexiones que introduce el autor en varios pasajes, o de no recurrir al recurso del capítulo corto, es un libro que tiene ritmo, que no resulta aburrido en ningún momento y que, como los buenos vinos, va ganando a medida que vamos pasando páginas.
La trama principal, transcurre a principios de los ochenta, esta perspectiva temporal del escenario, otorga una ventaja al libro. Aguanta muy bien el paso del tiempo. Pasarán décadas y se podrá leer con la misma frescura y con el mismo interés que en la actualidad. No hay tecnología que quede obsoleta.
Una vez más llego al punto final, y pienso en el impresionante conjunto de escritores contemporáneos en lengua española, y no se si se le está dando el valor que esto merece. Sí, se publica mucho y hay mucha paja. Pero también hay mucho grano y de excelente calidad. Y de ese conjunto, sin duda, del Árbol es de los mejores, y conste que no lo digo porque me firmara un libro, bueno, en realidad tres.
Y llegado a este punto, me voy a pasar por el infierno, a ver que sale de ahí.