"Escritas con inteligencia, hospitalidad y humor de punta fina, las crónicas de este libro se sustentan en la prolongada relación de afecto, de curiosidad, de respeto y de vida que Roberto Merino ha mantenido con Santiago. Pocos autores chilenos han hecho un intento tan sistemático por entender su ciudad como él. La conoce, la domina, la maneja en sus verdades ocultas y en sus historias oficiales. Precisamente porque la quiere, a veces la aborrece, aunque sin perder nunca la compostura o el sentido de las proporciones”
Como Santiaguino hijo de Santiaguinos, me reconozco un amante de esta ciudad, de sus tardes calurosas y desiertas, y de sus calles mojadas, con hojas y olor a tierra. A veces ante la critica de provincianos que vociferan contra la fealdad de esta ciudad a la que migraron (voluntariamente por lo demás) mi opinión es clara, váyanse o cállense.
Merino hace un ejercicio espectacular de observar, de contemplar aquellos aspectos de esta ciudad que tanto queremos, rescata sus costumbres y las historias que la enriquecen, nos muestra sus cambios, sus rincones escondidos, y sus personajes connotados. Vale la pena leer estas historias que circulan en torno a los personajes que moldearon nuestra ciudad y sus "picadas", y revisar como los problemas que tenemos hoy, son análogos a los de 100 años atrás guardando las debidas proporciones.
Estas crónicas logran situarnos como parte de un colectivo que escribe la historia de los lugares y las costumbres, y nos devuelve esa identidad de Santiaguinos a quienes hemos hecho nuestra vida en lugares tan dispersos de esta diversa ciudad.
El Gran Santiago es titánico, colosal, desmedido. Las arterias de su corazón repletan de vida, con ciudadanos girando empedernidos los manubrios o sus zapatos por la acera en búsqueda de la bohemia más económica y empalagosa para sus interiores. Con descripciones floreadas, puede erigirse un tributo que imite la ciudad; empapándose el barroco carruaje de huellas, vagancias y territorios.
Roberto Merino se embarca en esa abismante labor, rescata su lenguaje de poeta callejero para que baile la “constelación de individuales” (179) en “la marea humana que todos conformamos” (77). Habla la esencia del ciudadano, desde aquel que vende alfileres para enganchar la ropa descosida hasta aquel burgués que cimentó un hogar disfrazado de castillo. Bailan también las “fosforescencias amarillas” (37) con “los faroles blancos (que) tienden a inducir en el paseante una serenidad que escasea” (178) entre los “pequeños barrios incrustados en otros de diferente catadura” (288). Los aposentos levantan de vigor, cargando una historia curiosa por detrás o un dato que a más de alguno le podrá interesar.
Sin embargo, quizá el nombre de Todo Santiago le queda un poco grande al libro. Podría bautizarse como “El Santiago de Alta Alcurnia (y un poco de lo demás)”. También “Arriba de Plaza Italia (y bajando un poco no más, no tanto)”. Esto lo digo en parte por el enfoque y sobre valoración constante de territorios que van desde Providencia hacia arriba, pero sobre todo por la siutiquería que el autor impregna en las crónicas durante todo el libro.
Esta condición que me molestó considerablemente se presenta en múltiples aspectos. Primero que nada, el lenguaje y sus enunciaciones. Me gusta que impregne de barroco el decir, tal cual expresé de anhelo al inicio de esta reseña. Pero, decir “jalonada de nebulosas” (97) o el “pringoso neoprén” (290) mata aparición. También, declarar imperdonable “el frasco de cebollas en escabeche” (46) en un bazar pareciera desconectar al autor de la realidad nacional. Me gusta la idea de ser un turista en la propia ciudad; sin embargo, pareciera que Merino se despojó de toda chilenidad para echar a andar su maquinaria de lenguaje ciudadano. Pareciera a veces buscar más mérito por su lenguaje atiborrado que se vuelve endeble en su intento de tributo a la ciudad.
Porque, justamente, dudo mucho que se le haga tributo a Santiago, en el sentido de valorarlo. Esto cuando enuncia sectores olvidados, como esas galerías laberínticas en las que perderse haciendo hora resulta gran panorama. Ahí pilla “un socavón con olor a comida añeja, con un par de peluquerías de triste fluorescencia” (141). Entiendo que como cronista tiene la misión de la descripción, pero siempre pareciera que está a un paso de tratar de rotos a quienes residen en tales lugares. De Santa Rosa, por ejemplo, habla sobre sus “veredas carcomidas y los murallones impregnados de pegajoso esmog” (254). Nuevamente, comprendo su labor de enunciar el observar. ¿Dónde relega la experiencia que ha brindado amar su caminar? Aquellas que son enunciadas a favor del territorio, son escasas y poco desarrollo es el que conciben.
Me quedo más con las reflexiones que entrega sobre el territorio urbano, desencadenantes y nutrientes de una sensibilidad que al ojo acostumbrado de impaciencia no suele detenerse a ver. Véase esta impresión de la avenida cuando se siente túnel: “La calle se vuelve así un prolongado espejo de la soledad o de la melancolía, sobre todo si el caminante acostumbra a experimentar estas categorías en su vida diaria” (212). Merino ya predecía esa individualidad que invade los poros de nuestra ciudad. También supo reconocer los efectos de un aroma distinto al smog: “En una atmósfera saturada de olores medievales, el movimiento masivo de productos adquiere un sentido” (302). Sea en La Vega rodeado de encurtidos o en una feria con más coleros que puestos, los transeúntes van guiándose por aquel aroma que indicará mejor augurio. En esa entrega al “vértigo constante hecho de sinuosidad veloz y de fluorescencias empotradas en el pavimento” (49), los ciudadanos harán verdad de su voz.
Destaco mucho cómo construye en palabras los edificios patrimoniales, así como también son narrados los personajes que vieron nacer una república desde sus ventanas. En ese inventario se encuentran anécdotas particularmente peculiares, como el nacimiento del Colt de Montt. ¿Qué es el Colt de Montt? Colt es una pistola. Montt fue un presidente (más conocido por su estación de Metro). En una celebración a la que fue el santiaguino de su época, le escondieron su pistola para que se quedara hueviando con sus compañeros. En ese intertanto, por el ocioso imaginario de la borrachera, se les ocurrió echarle aguardiente a un café con leche que se mantenía reposando sobre la mesa. “Resultado: un trago unánimemente celebrado que los calaveras bautizaron Colt de Montt” (257). No creo que sea necesario explicitar cómo se le conoce hoy.
Las presentes crónicas de la ciudad las concibo como un ensayo de retrato al territorio colosal. Un poco por el llamado a su cuidar, un poco para registrar lo que algún día se irá a esfumar, un poco para soplar aquello que “la realidad diaria va echando una capa de olvido sobre las tradiciones” (137). Entiendo que no se concrete del todo, porque la ambición margina para apretujar lo anhelado de expresar.
Sin embargo, con otras formas de mirar, algo de smog se logra disipar.
Roberto Merino explora Santiago, sus orígenes y cotidianeidades. La mayorías de las crónicas son del 90 y retratan una ciudad familiar, pero diferente de muchas maneras. Su atención a los detalles es muy especial y pone en perspectiva cosas que pasan desapercibidas.
Este libro (regalo del 8oA 2014) reúne muchas crónicas de Santiago. Hace tiempo que lo estaba leyendo y tiene varios méritos.
El primero es que contextualiza históricamente a nuestra ciudad, que es tan difícil. Santiago es poco amigable, compleja y hostil y este libro no la idealiza, pero a través del cariño la pone en perspectiva y nos invita a poner el ojo en rincones y lugares particulares y entender que además esos rincones tienen historias antiguas muy entretenidas e interesantes. La imagen del autor recorriendo e ilustrándonos lo que sucede y no siempre vemos es muy útil para conocer la ciudad, para conocerla mejor.
Otro mérito es el cariño por el espacio urbano. No se idealiza a la capital, pero sí hay una mirada llena de cariño, nostalgia y consideración por la ciudad que habitamos. Buen libro, entretenido, recomnedable y amigable.
Roberto Merino sufre del mal que ataca a nueve entre diez cronistas: piensa que es el dueńo de la verdad y escribe con esta convicción. De ritmo lendo y aburridas, la gran parte de los relatos no me sensibilizaran. Recomiendo cuando mucho como un guia off-road de la aplacible capital chilena.