Me duele poner 4 estrellas a una figura de la talla de Garcilaso, uno de los más influyentes de nuestra literatura. Fue de hecho gracias a uno de mis poetas favoritos, Luis Cernuda, quien en su poema Helena, del libro Ocnos, dice que "Garcilaso es unos de los muy raros escritores nuestros a quien podemos llamar artista (...) busca la hermosura", que me interesé por las obras completas del autor. Creo que esta afirmación parte de la concepción que tiene Cernuda de la poesía como vía de acceso a la belleza, una belleza clásica cimentada en la harmonía, la simetría y la divinización.
Frente a gran parte de la literatura española, que considera más centrada en lo doctrinal o lo práctico (el mensaje moral, la sátira, el realismo crudo) que en la creación de belleza y en el deseo, está Garcilaso. Por eso lo llama artista, un término que en Cernuda implica sensibilidad, forma y una cierta fidelidad a lo inútilmente hermoso. Dice Miguel J. Flys que "en años de euforia gongorina, llama la atención la preferencia manifiesta de Luis Cernuda por el tono melancólico y sensual de la lírica garcilasista". Por supuesto influye el hecho de que Garcilaso fuera uno de los poetas con los que descubrió la poesía para canalizar su extrema sensibilidad y que le acompañó en sus cuitas amorosas, que fueron varias.
Ahora bien, ya sea por el lenguaje poético, que ha cambiado bastante en 5 siglos, o por preferencias estilísticas, porque seré más de la escuela de Quevedo, quizá porque no coincida con mi concepción de poesía como forma de conocimiento, que incluye que la belleza esté en las palabras y no fuera de ella, en la amada, no acabo de ver, salvo en sobresalientes contadas ocasiones, la materialización de esa búsqueda de la belleza.
En esta época no había tantas publicaciones como ahora, de hecho la obra de Garcilaso fue colocada como apéndice de su amigo Juan Boscán, a quien supera, al menos en reconocimiento posterior, y menciona en varias ocasiones, como el soneto XXVIII o la elegía II. Él fue "quien, a instancias del embajador veneciano e ilustre humanista Andrea Navagero, decidió incorporar a la lengua española el verso endecasílabo italiano" que "iba contra la tendencia natural y tradicional de la lengua castellana a expresarse en octosílabos" (prólogo).
Garcilaso se tenía en buena estima a Boscán. "Tengo por muy principal el beneficio que se haze a la lengua castellana en poner en ella cosas que merezcan ser leídas", en la carta, de nombre 10/10, a la muy magnífica señora doña Jerónima Palova de Almogávar. "Guardó una cosa en la lengua castellana que muy pocos la han alcanzado, que fue huyr del afetación sin dar consigo ninguna sequedad; y con gran limpieza de estilo usó términos muy cortesanos y muy admitidos de los buenos oydos, y no nuevos ni al parecer desusados de la gente. Fue, demás desto, muy fiel tradutor, porque no se ató al rigor de la letra, como hazen algunos, sino a la verdad de las sentencias". Si es que está todo inventado ya, y por qué no volver a hablar así.
Poeta de Venus y militar de Marte, Garcilaso representa el arquetipo renacentista, algo que sin duda le da más veracidad. En su égloga III nos confiesa que "entre las armas del sangriento Marte,/ do apenas hay quien su furor contraste,/ hurté del tiempo aquesta breve suma,/ tomando, ora la espada, ora la pluma". Cuando Garcilaso habla del sangriento Marte, no es porque esté haciendo un ejercicio de salón, sino que está dando un barniz de seguridad a lo que dice, razón por la cual no se ve en la necesidad de utilizar ornamentos.
Eso sí, aunque lo mencione, es más un contrapeso débil frente al poder arrullador de su vida amorosa, a través de la belleza, que es el fundamento de su creación poética. Admite Garcilaso "que estoy sin armas en el campo puesto,/ y el paso ya cerrado y la huida" (canción IV). Según mi prólogo de PML ediciones, "dos fueron las mujeres cantadas por Garcilaso: una dama incógnita napolitana y una portuguesa, Isabel Freyre, a la que dedicó la mayoría y los mejores de sus versos", y que optó por casarse con un hombre muy rico. Por supuesto, estamos hablando de nobleza en los inicios de la Edad Moderna.
El amor, canal para la belleza, lo es todo en la vida, incluso para los dioses. Para Garcilaso, "nadi puede ser dichoso,/ señora, ni desdichado,/ sino que os haya mirado" (copla VIII o villancico). Se queja en la poesía latina III a través de Venus de su hijo Cupido, dice "no solo llevas a la perdición/ al mísero género humano atormentado de manera/ indigna a los mortales sino que te atreves también/ a dirigir tus flechas contra los dioses". Sin embargo, responde Cupido "¿qué falta contra ti, contra los otros/ cometo, cuando servicial ante vuestros ojos hermosas/ cosas ofrezco y os las muestro embellecidas/ siempre con brillantes colores?"
La belleza de la amada, casi siempre huidiza, hace equiparar a la señora casi con Dios y el diablo, hasta la muerte. La señora le da la vida y se la quita. "Yo no nací sino para quereros;/ mi alma os ha cortado a su medida;/por hábito del alma misma os quiero./ Cuanto tengo confieso yo deberos;/ por vos nací, por vos tengo la vida,/ por vos he de morir y por vos muero" (soneto V). Solo la muerte de Garcilaso será prueba suficiente de la belleza irresistible de la señora, que no puede hacer otra cosa, y la única forma de vivir. "si no es morir, ningún remedio hallo;/ y si esto lo es, tampoco podré habello) (soneto III). Dice Garcilaso "no os venguéis más de mí con mi flaqueza;/ allá os vengad, señora, con mi muerte" (soneto II). No es algo que haya buscado Garcilaso, sino que "dentro en mi alma fue de mí engendrado/ un dulce Amor, y de mi sentimiento" por lo que "yo dejaré el lugar do me dejaste;/ ven, si por solo esto te detienes" (égloga I)
Es una señora, aunque bella, cruel, como los dioses griegos. Como las manzanas del Tártaro, "mas cuando llega ya para bebella,/ gran espacio se halla lejos della (...)/ estable, grave y firme es el tormento" (canción IV). En cuanto a divina, duda de su humanidad por cómo le despecha, ya que está "con ansia estrema de mirar qué tiene/ vuestro pecho escondido allá en su centro,/ y ver si a lo de fuera lo de dentro/ en aparencia y ser igual conviene". Una señora que no está, no estará, pero se le espera: "salen fuera de mí como perdidos,/ llamados de aquel bien que está presente./ Ausenta, en la memoria la imagino" (soneto VIII). Aun así, Garcilaso consiente todo para traerla de vuelta, le debe pleitesía para vivir su belleza: "mas pídemelo, y llora cada día/ tanto, que cuanto quiere le consiento,/ olvidando su muerte y aun la mía" (soneto XIV). En algún soneto puntual hay algo de redención y orgullo "porque yo huelgo, como huelga el sano,/ no de ver a otros en aquellos males,/ sino de ver que dellos él carece" (soneto XXXIV), o se consuela "porque, por más y más que ausencia dure,/ con al vida se acaba, que es finita (elegía II).
También tiene mucho registro clásico, que utiliza como caracterización de su realidad. Están las "hermosas ninfas" o Dafne, que lejos de ser una barrera de comprensión como puede pasar en Góngora, son un trampolín para los conocedores de la cultura clásica. Hasta se sirve de un interlingüismo de italiano para expresarse en "donde vi claro mi esperanza muerta,/ y el golpe que en vos hizo amor en vano/ non esservi passato oltra la gonna" (soneto XXII).
El valor de Garcilaso, que sí le reconozco, está en naturalizar esta métrica en español, utilizando con maestría el encabalgamiento. Para mí, el mejor Garcilaso está en los sonetos, en las canciones es demasiado narrativo y en las églogas me da la sensación de don Pepito don José versión campestre. He de reconocer que solo me he leído égloga y media. Mi edición también incluye el testamento, que me ha encantado leer. He descubierto y adorado la palabra "yten", y que él firmaba como Garcilasso, mucho mejor que Garcilaso.
En conclusión, habría a Garcilaso cuando haya algo de bagaje poético, en vez de meter las lentejas con cuchara en las bocas hormonadas de los pobres adolescentes - no digo por el culo porque eso ahora es al parecer positivo. Aunque haya veces que se vuelve pesado, Garcilaso es pionero, y tiene algunos poemas bárbaros que han pasado, con merecimiento, el examen del tiempo. Hay que hacerle más caso a Cernuda.