Me rehusaba a entrar en librerías en Buenos Aires, los precios de los libros me asustaban: podía enloquecer y terminar en un día con todo mi presupuesto para comidas de un mes. Pero los libros siempre encuentran su forma para llegar a las manos del lector. En la Estación Constitución, esa misma que nombra Juan Subirá varias veces en sus canciones, hay muchos kioscos. Y al lado de los kioscos una variedad inimaginable de personajes y actos que darían para describir por completo cómo funciona la Capital Federal: mates con su nombre a 4 pesos (us 2), todos los objetos imaginables con el logo del Boca, cafés con facturas, linternas diminutas, despertadores hechos en Vietnam. Después de cruzar por los pasillos llenos, llegué a una larga fila para comprar el tiquete. Al lado de la ventanilla, un hombre con algo deforme en su cuerpo (no podría precisar qué) pedía los centavos que sobraban, a mi lado una mujer con el ojo desviado vendía revistas en el último kiosco de la fila, y frente a ella (un poco abajo, un poco a la izquierda) relucía un libro que (extrañamente) coordinaba con todo el paisaje. Recordé el libro que estaba leyendo en ese momento –en edición virtual- y me sorprendí al encontrar al mismo autor que leía, me sorprendí al ver un nombre que se me había repetido en ocho ocasiones en esa última semana, me sorprendí al ver que cuando un autor debe llegar a tu vida, lo hace de manera intrusiva y aparece en todas las cosas. Así que, con resignación, me acerqué al kiosco y, sin haber entrado a una librería, empecé mi biblioteca en Argentina al comprar “Damas Chinas” de Mario Bellatín.
En realidad es difícil hablar de un solo libro de Mario Bellatín; hay algo de adictivo en sus libros, por eso nombraré aquí también a “Salón de Belleza” y a “Perros héroes” (se encuentran en versión on-line). Las novelas (por ahora démosle ese nombre) de Bellatín son cortas y fragmentadas: en ellas es fácil hallar espacios en blanco y largas interrupciones que se cortan con la rapidez de las mismas historias que narran. Los libros son armados por pequeños fragmentos que subrayan una intención digresiva llevada al extremo y que hacen dudar al lector por el acto mismo de narrar. En sí, la forma (y su respectivo contenido) deja a un lado lo narrativo y desplaza la literatura a su posibilidad de objeto estético cerrado y alejado de la historia argumentativa. Es decir, vuelve al concepto inicial del estructuralismo francés (más cercano al formalismo ruso) y lo despoja de todo valor lingüístico, temporal y espacial, convirtiendo al texto en substancia neta. Ese objeto en que se ha convertido el texto de Bellatín se establece entonces como palabra pura, aséptica, precisa, minimalista. Es entonces donde la búsqueda de sentido por parte de lector se inicia: al encontrar un narrador que se desentiende de lo narrativo para llegar a la substancia, se intenta resignificar desde lo metafórico. Aparece entonces la segunda ruptura: la metáfora no se posibilita, dado que el texto está lleno de marcas metafóricas (todas fallidas) las cuales llenan de sentido vacío el texto. Es entonces cuando el signo que produce Bellatín se vacía al llenarse demasiado (la idea de la historia latinoamericana en “Perros héroes”, se desplaza incompleta a lo escatológico, lo simbólico, lo irreal, lo artístico, lo catártico, etc; sin llegar a realizarse de manera real y completa en ninguno de los casos); la solución posible: lo metonímico. Sin embargo, lo metonímico tampoco funciona, porque la sustitución no es posible al momento en que hay elementos confusos, polisignificantes (los mismos que quiebran la posibilidad narrativa) para que el reemplazo se dé de manera directa. Es mejor pensar entonces en que la literatura de Bellatín se conforma como una “prótesis” de la realidad. Prótesis -como las del brazo de Bellatín- que se establecen por fuera de lo mimético o lo material-literario (o “artístico” por antonomasia), y que al existir por fuera transforman el campo al cual se refieren, sin que haya un cambio significativo en su ser constitutivo. Entonces, nos queda por ver el texto como objeto completo, sin embargo ni siquiera eso es posible dado que Bellatín inserta elementos que nos hacen ver que sus escritos son reducto de algo más, y el texto ha quedado como el desecho de un elemento que no nos es posible conocer, ni abarcar (caso de la instalación final en “Perros héroes” o de la historia del niño en “Damas Chinas”). Todos estas características, llevan a una dicotomía móvil entre la calidad de un leguaje puro, exacto y puntual, que está jugando con la pérdida de sentido representativo y exceso de posibilidades simbólicas. Así como los libros se arman como “prótesis” (el reemplazo de algo que debería estar, pero no está), los personajes también se arman desde la marginalidad dada por la deformidad corporal y la monstruosidad de la infancia. Humanos en constante degradación, más muertos que vivos, que nunca tuvieron un topos posible (Salón de Belleza), drogadictos con familias sin coyunturas, desmembradas (Damas Chinas), paralíticos con un poder simbólico inexplicable (Perros Héroes); configuran un bestiario moderno, el lugar en el cual lo monstruoso toma su lugar como falla social. Es así que este pequeño comentario no podría armarse de otra forma: porque no es posible hablar sobre lo que pasa en los libros de Bellatín: si bien es posible nombrarlo, lo argumental-simbólico se entremezcla con una propuesta
estética que al mismo tiempo da y quita valores simbólicos.
Quien haya llegado hasta aquí, al final de este comentario, seguramente preguntará de qué viene “Damas Chinas”, qué cuenta, cómo es; bien, la pregunta queda sin respuesta porque justo lo que pasa se deshace en medio de monstruosidades humanas, deformidades textuales y vacíos simbólicos. Estación Constitución aparece como el mejor lugar para que el libro de Bellatín aparezca, en medio de la deformidad y el caos del Subte, vendido por monstruos sociales y físicos que reemplazan y acaban con la alteridad extrema, vendido en un kiosco: lugar de revistas de farándula y periódicos sangrientos, como un libro pequeño, casi desechable, que se ensancha en sus posibilidades hasta desaparecer. El libro de Bellatín me lleva a esa misma sensación a la que me llevó “El Increíble Hombre Menguante” (película basada en el texto de Matheson). Al final de la película, en un movimiento casi Borgiano, el hombre menguante desaparece sin desaparecer, existe sin existir, se plantea el centro de lo humano en un juego de fractales que expande y reduce. Con ese oxímoron y con esa sensación, termino en la mitad de una nada que se dijo; ahora, debo salir a tomar el subte nuevamente a Estación Constitución.