Cuando era niño conocí a mi tío abuelo Juan, que se había exiliado a Francia tras la guerra con poco más de veinte años. Volvió una vez para resolver unos asuntos, hablaba con un acento francés marcado y yo —con mis seis o siete años— le pregunté sin pensarlo: ¿tú eres español o francés? Él sonrió, y me dijo… Bueno, quizá mejor os lo cuento al final de la reseña, pero esa duda infantil me persiguió durante años. ¿De verdad sabemos de dónde venimos, o solo repetimos cuentos prestados para no mirar de frente el vacío?
Porque esa pregunta es la que late en Señas de identidad de Juan Goytisolo. Una novela en la que no hay preliminares: Goytisolo no pierde el tiempo en tratar de seducirte. Directamente te agarra del cuello y te suelta en medio de un país roto, donde cada página pesa como una losa. Su novela es un viaje feroz al corazón podrido del franquismo, pero también una sacudida incómoda sobre la memoria, la identidad y el exilio. Aquí no hay tregua: o atraviesas el incendio o te quedas fuera.
Pero ese incendio no es solo una metáfora, es el país mismo reducido a cenizas por la memoria y la censura. Goytisolo no escribió una novela; escribió una confrontación a bocajarro contra la España del franquismo y contra los exiliados incapaces de construir algo digno. A través de Álvaro Mendiola, su protagonista, lanza una andanada a dos frentes: el régimen represivo y las izquierdas desunidas y patéticas. El retrato que sale de ahí no deja títere con cabeza: una España que ya no es un país, sino una herida mal cerrada. Como era de esperar, la censura franquista la prohibió, y tuvo que ver la luz en México en 1966. En España, no apareció hasta que el régimen ya hacía aguas en 1977.
Álvaro Mendiola, el álter ego de Goytisolo, es un hombre atrapado entre su pasado y su deseo de borrar cualquier rastro de él. Su lucha se filtra a través de intensos monólogos interiores, donde el 'yo' no se atreve a mirarse de frente y se dirige a sí mismo como un 'tú' que lo acusa, lo arrastra, lo obliga a desenterrar la mugre. Su relación con Dolores, su esposa, y sus antiguos compañeros de lucha política son solo piezas de un puzle mucho más oscuro: el de una identidad dinamitada.
Desde el principio, la novela no da tregua. Goytisolo abre con un torrente de voces, sin signos de puntuación, sin filtros, como un vómito colectivo de la España oficial. Voces que escupen, que juzgan, que delatan. Ese coro brutal no solo dibuja el pasado de Álvaro, sino que marca la pauta de lo que será el viaje: una demolición metódica, sin concesiones.
Sobre ese telón de fondo arranca la narración en agosto de 1963, cuando Álvaro regresa a Barcelona tras diez años de autoexilio en París. La historia abarca apenas tres días, pero en ese breve lapso de tiempo cabe toda una vida: recuerdos de infancia en plena Guerra Civil, flashes de los bisabuelos esclavistas en la Cuba colonial, momentos de juventud universitaria, amores, traiciones, fugas. La estructura no es lineal: salta, se rompe, se solapa. Quizás el tiempo real sea breve, casi insignificante. Pero el tiempo psicológico se desborda como una inundación incontrolable.
Goytisolo organiza la novela en tres grandes bloques temporales —el pasado remoto, el pasado cercano y el presente—, pero no pienses en compartimentos ordenados. La memoria aquí funciona como funciona de verdad: caótica, imprevista, traicionera. Los recuerdos emergen al ritmo del dolor o de la culpa, no del calendario.
Y esa memoria convulsa estalla en los monólogos interiores, casi siempre en segunda persona, que construyen un desdoblamiento brutal: Álvaro no puede reconocerse en quien fue, pero tampoco en quien es ahora. Ese 'tú' funciona como una bofetada continua, y además invita a que el lector también se arranque sus propias costras. El contrapunto narrativo permite que pasado y presente se entrelacen sin avisos ni transiciones suaves: las matanzas, las traiciones, los amores fallidos, todo brota mezclado. Y por si no fuera suficiente, Goytisolo mete episodios aparentemente secundarios —madame Heredia, Venecia— que al final encajan en el mosaico de una conciencia fracturada.
La prosa, claro, es otro campo de batalla. Rica hasta el exceso, salvaje cuando tiene que serlo, Goytisolo alterna momentos de lirismo enloquecido con zarpazos vulgares, generando una tensión continua. Hay frases que se alargan durante páginas sin una mísera pausa, monólogos febriles que distorsionan la realidad hasta volverla onírica, desfigurada, abrumadora. Y, por si eso fuera poco, introduce multilingüismo (castellano, catalán, francés, italiano) sin preocuparse lo más mínimo de traducirte nada: el lector que sobreviva, que sobreviva.
Y si todavía quedaran dudas sobre hasta dónde llega esa violencia estilística, basta con asomarse a esos pasajes en los que el tiempo colapsa: como el diálogo comprimido entre Álvaro y Dolores, donde siete años de vida caben en unas pocas páginas, cada frase repleta de un resentimiento apenas contenido. Y está, también, ese capítulo monstruoso sin signos de puntuación, donde tres tramas se enredan en una espiral de conciencia que pone a prueba hasta al lector más curtido.
Señas de identidad es un mapa de la derrota: exiliados, represaliados, fusilados. Documentos oficiales, cartas, informes policiales, fotografías, todo se mezcla con la voz interior de Álvaro para construir no una novela, sino una especie de testimonio alucinado. Goytisolo se niega a embellecer nada: el pasado colonial, la Guerra Civil, la posguerra, todo es un mismo monstruo que se alimenta de sangre y olvido.
Pero la crítica a España no se queda en el franquismo: Goytisolo dinamita cualquier idealización nacional. La política, la cultura, la vida social... todo queda expuesto como un teatro grotesco, donde la tauromaquia aparece como símbolo de esa violencia ancestral que nadie se atreve a mirar de frente. El capítulo tercero condensa esta brutalidad de forma implacable: la matanza de la Guardia Civil en Yeste, el fusilamiento del padre de Álvaro, y una corrida de toros dos décadas después. Tres escenas de violencia que se solapan y se contaminan unas a otras, como si en España todo el dolor fuera hereditario.
Cuando Álvaro pisa de nuevo España, descubre que la patria que dejó atrás ya no existe —o peor aún, nunca existió realmente—. Y su desconexión no es nostalgia barata: es la constatación amarga de que el país, más que un hogar, siempre fue una prisión de identidades rotas.
Goytisolo no se olvida de los emigrantes ni de los exiliados que intentan jugar a la patria en el extranjero mientras el país se desangra. Tampoco de las caricaturas ridículas en las que acaban convertidos muchos opositores en el exilio, aferrados a ideas ya carcomidas. Y al final, Goytisolo no deja espacio para el consuelo; no hay lugar para ilusiones ni para la patria nostálgica: su mensaje es una advertencia brutal, que el país que creemos conocer, tal vez nunca fue realmente el nuestro.
Leyendo Señas de identidad, no pude evitar pensar en Stefan Zweig y su El mundo de ayer, ese testigo desesperado de un continente que se desmoronaba entre sus manos. Pero lo que en Zweig era la última chispa de esperanza por salvar algo de dignidad y de memoria, en Goytisolo se convierte en un estallido de destrucción total. Si para Zweig la melancolía era un refugio, para Goytisolo la respuesta es el abismo: su España no es una pérdida dolorosa, es un vertedero de identidades descompuestas. Álvaro es el espejo roto de una nación incapaz de encontrar su rostro. Su fracaso personal se funde con el fracaso colectivo: no hay redención, no hay reparación. Solo queda la desolación de quien ya ha perdido hasta la esperanza de reconstruirse.
Y todo esto, Goytisolo lo escribe con un lenguaje que no busca agradar ni adornar: busca herir, busca provocar, busca que no puedas seguir leyendo sin sentir cómo se te hiela un poco el corazón. Señas de identidad es un desafío: exige concentración, exige agallas. Pero quien se atreve a entrar, no sale igual.
Y quizá por eso también me venía a la mente mientras leía esa España que Antonio Machado dejó grabada en sus versos: "Una de las dos Españas ha de helarte el corazón". Porque aquella división que el poeta percibió y describió con tanta claridad, como una herida abierta en la nación, lamentablemente sigue viva hoy, tan vigente como cuando Goytisolo escribió su novela. Desde hace siglos, España parece haberse desgarrado entre dos visiones del mundo, entre dos identidades que nunca han logrado reconciliarse. Esa lucha interna, que comenzó hace más de quinientos años, sigue marcando el pulso de la nación, persistiendo hasta el franquismo y proyectándose, en formas diferentes, en nuestra realidad contemporánea. Es como si el país estuviera condenado a vivir siempre en esa contradicción, en esa división que Machado vio y que Goytisolo retrató con una intensidad que aún nos perturba. Como si esa contradicción y esa división fueran, en realidad, nuestras ‘señas de identidad’.
Y volviendo a mi tío abuelo Juan , ¿qué creéis que me respondió a lo de si era español o francés? Pues me dijo con esa media sonrisa suya : “Mira, David. Yo soy español pero no me dejan serlo. No quiero ser francés, pero me obligan.“
Eso es exactamente lo que late en Señas de identidad: ¿qué queda de uno cuando la historia lo ha obligado a huir, a reinventarse, a vivir entre dos países y en ninguno?