"He tenido mis universidades: celdas, callejones clandestinos, casas abandonadas, puertas de calle, alojamientos... viviendo con mi gente, que es ¡mí submundo!, mío solito. Me he criado en la basura, y he conocido muchos basureros y desde ahí escribo. Soy un antropólogo porque alguien tiene que reventarse por mi gente y eso me da premio. Además me tratan de alcohólico, me gusta el alcohol. Como te decía he vivido en la calle y gracias al alcohol he sobrevivido". "El diablo fue mi padrino de bautizo. La cosa es que el cielo es frío, en el infierno hay calefacción, prefiero estar abajo. Sé que moriré en la calle. Solo como un perro, alcoholizado. Y es más, no creo que me den el premio Nobel, porque como no tengo pasaporte ¿Cómo voy a llegar a Suecia?."
De una entrevista en el periódico chileno "La Nación".
Uno de los libros, tal vez el libro más fuerte que he leído. Son vivencias de la calle, contadas por Victor Hugo Vizcarra, (el Bukowski boliviano) tocayo del autor de los miserables. Historias relatadas con un ritmo sencillo e incluso ameno, sino es por su temática nada amena. Temas reales, anécdotas de la calle, descripciones de seres y de hábitos comunes en las ciudades de latinoamerica e invisibilizados por la civilización. La juerga, el crimen, la prostitución, el alcohol, las drogas, el sexo, el homosexualismo, las rutinas de vida de las personas de la calle son retratadas en este texto, sin anestesia. Son los ciudadanos de la noche, rateros, choros, putas, vendedores de alcohol, traficantes, doctores ilegales, cachineros, pillos, drogadictos, campesinos, cholas, carabineros y demás seres picarescos configuran este infierno. Términos propios de la juerga callejera, combinado con metáforas que dejan clara la melancolía del autor. A lo mejor, muerto después en algún "Cementerio de Elefantes".
Lo increíble de este libro es que no todo el mundo lo ha leído. Es asombroso, melancólico y terrorífico al mismo tiempo. Relata realidades que muchas veces tenemos a nuestro lado, pero nos negamos a ver y a creer.
Victor Hugo Viscarra gano mi completa admiración y respeto con sus relatos de una vida cruda y muchas veces violenta.
"Vivo en mi mundo. Estoy por mi gente, porque son mis delincuentes, son mis putas, mis maracos, mis mendigos, mis ladrones. El único portavoz que ellos tienen soy yo. Para mí la escritura es como una especie de desahogo. ¡Nunca esta maldita sociedad me ha dado algo!”
Víctor Hugo Viscarra es una leyenda de la noche paceña, nació viejo y murió niño a los 49 años como profetizó, antes de tomar una pistola y abrigarse el frío arrancándose la sien. A los 12 dejó el hogar de maltratos de su torturadora madre, que preparaba exquisitos caldos de cabeza de cordero. Desde entonces vivió en las calles, de arriba a abajo, transitando por los recovecos más profundos y taciturnos de la Paz. “Borracho estaba, pero me acuerdo”, es un compendio de memorias que oscilan entre la crónica y el cuento, entre la descripción antropológica (de antros) y la anécdota, un catálogo de seres marginales, de vidas nudas, de personas de las cuáles las sociedades prescinden porque se mueven en los sitios más lóbregos, “peligrosos” y abyectos. El tono del libro es realista, eso que han llamado “realismo sucio” o literatura de lo grotesco, en donde el lenguaje directo, crudo y visceral se combina con situaciones que rayan lo aberrante, lo soez y putrefacto para crear y recrear un ambiente caótico de miedo, lujuria e inmundicia. Lo interesante de Viscarra es que la creación de este mundo no sólo responde a una ambición estética ni a consideraciones existenciales sobre la vida, se trata de sobrevivir, de subsistir entre arrabales y basurales, entre la noche y la madrugada, entre la pluma y la botella, se trata una polifonía de vidas contadas desde un agudo “observador participante”.
Viscarra no necesita recrear un ambiente porque lo vivió en su carne, el mismo fue un desposeído, un ser que no tuvo familia ni hogar, ni cama para descansar, ni mesa para cenar, un mendigo de las letras y la vida. Desde su óptica “privilegiada” pudo narrar su cotidianidad, un submundo en los andes más gélidos y desamparados, un escenario casi invisible de personas que se encuentran para resolver sus necesidades básicas: beber, coger, comer algo y buscar refugio para resguardar la helada, la soledad y desamparo de perder los sueños o nunca haberlos tenido. Porque no existe trascendencia cuando la única preocupación es conseguir unos centavos para embriagar el alma, perder la consciencia y olvidar que la miseria tocó sus puertas al nacer para no abandonarlos jamás. “Borracho estaba” Viscarra desde los 12, cuando aprendió que el alcohol más fuerte es el refugio más seguro para el frío y la enfermedad.
A través de estas páginas recorremos los mercados populares, los basurales, los mercados negros, los antros, los puteros, las cantinas, las calles, las cárceles y los cementerios de elefantes. Y conocemos un variopinto número de ocupaciones que rayan lo ilegal, una cantidad de oficios asociados a pequeños crímenes y robos, cada uno con nombre propio, desde los que destartalan automóviles, estafadores, hasta los que venden y compran sangre humana en los mercados negros de la salud y la curación. Aparecen cantidades de cholitas lujuriosas, vendedoras de comida, torranteros, transexuales, homosexuales, lesbianas, drogadictos y un sinfín de labores y laborantes descritos en el argot de la noche paceña. Mención especial para Don Guido y sus sin cuenta mil perversiones, un viejo, médico de profesión y abortista de ocupación, que practicó en su cuerpo todas las aberraciones sexuales descritas por el doctor Steckel; y que, en estos días, acecha en los baños públicos a los guapos mozuelos que están dispuestos a vender sus excrementos, para que el viejo abortista sazone sus comidas. Estos personajes se encuentran en conflicto con los policías, las milicias y demás guardianes de la ley, el orden y el progreso, que bajo el disfraz de la justicia ejercen una violencia legitimada, para corromper, extorsionar, maltratar y exterminar las nudas vidas.
Estas historias, atravesadas por el alcohol, son un sitio de disputa entre lo legal e ilegal, lo legítimo e ilegítimo, la subsistencia y la derrota, demuestran que son dos nuestras ciudades: una en el día y la otra en la sombra. Se trata de verificar que, en esos lugares putrefactos, pueden surgir sentimientos nobles, hermandades, afinidad, estima, reciprocidad y camaradería. Momentos efímeros que se destruyen a corto plazo porque toca sobrevivir. Chicos y muchachas recogidas y criados por mendigos caritativos que agradecen a sus padres adoptivos, robándoles lo poco que tienen y sumiéndoles en el olvido. Cholitas y cholitos que se entregan por voluntad, por dinero o por coerción a los vicios del sexo en callejuelas, parques o improvisados templos del amor. Verdaderos artistas del margen, del limen, del presente, que buscan únicamente el licor, el fermento y la entrepierna. Condenados y condenadas a morir como vivieron, con cirrosis, ahogados en vómito o en los cementerios de elefantes, aquellas oscuras habitaciones en donde se bebe, encerrado hasta el final.
Personas que desde su acera se enfrentan a diario con los representantes del poder, del estado, de la moral y del capital. Con aquellos personajes sinónimos de ley que deberían servir y proteger con equidad, con esos pistoleros que amedrentan, patean y dan muerte a su antojo. Porque la pobreza los hace inmunes a las normas que rigen las mentes y los cuerpos, porque la miseria los engrandece y los separas de los verdaderos ladrones, de los más viciosos y apestosos, de los matones y milicos, de la policía y los políticos, de todo representante de los tentáculos del poder. Viscarra escribió y murió como vivió, mostró a los lectores del mundo la faceta más empobrecida de la Paz, nos recordó que escribir es resistir, que crear es sobrevivir, que la desigualdad social palpita en las urbes de nuestra América Mestiza.
Es un libro que está a medio camino entre las memorias y el cuento, es una fotografía del submundo paceño, que lleva a los alcoholicos, drogadictos, prostitutas, a la carcel y a la muerte.
Quiza es uno de los libros más fuertes que he leído, este mundo que lo vemos tan lleno de color apenas es una mascara de la realidad en la cual vivimos.
No lo recomiendo para leer de corrido, pero sí hacerlo como con el devocional diario, una historia cada mañana, a modo de no olvidarnos de la violencia cotidiana en nuestras calles.
Vizcarra fue homeless ilustrado y no lo digo con el afán de denigrarlo. Es asombroso es que a pesar de no estar sobrio escriba con tanta lucidez. Las historias narradas son mayormente sobrecogedoras y también otras son anécdotas que rayan en el humor negro, acerca de esos seres invisibles a quienes desde nuestros autos volcamos la cara para no ver.
Este libro es la descripción más cruda que vas encontrar acerca de la parte marginal de La Paz, te deja con un mal sabor de boca más de una vez. Y lo que más me fascina de este libro es como Vizcarra lo cuenta todo con tanta calma y soltura, usando un tono casual. Como el dice "son los gajes del oficio", como diciendo "son cosas que pasan todos los días y ya estoy acostumbrado". A él le da igual lo que tú piense de eso. Si te causa empatía bien, y si no también, el solo quiere darle una voz a esas personas que sufren y mueren en silencio.
Bukowski fue un bebe de pecho al lado de Viscarra. Aca hay sodomía, necrofilia, zoofilia, prostitución, coprofilia, violación. Y alcohol, mucho alcohol. La Paz es una sucursal del infierno. Pero lo peor de todo, siempre, es la policía, que en Bukowski no aparece ni una sola vez ni para molestarlo mientras duerme en la calle.
La jerga paceña está por todos lados y es una de las maravillas de este libro.
Una obra que no se puede reseñar de manera normal, por que uno se encariña con el autor. La manera en que ve el mundo a pesar de tanta tragedia, las historias marcadas de violencia sexual, física, robos, corrupción, etc, de una forma amena pero a la vez incomoda. Un tesoro literario
Las memorias y relatos de “Borracho estaba pero me acuerdo” de Víctor Hugo Viscarra (2002) pueden apreciarse cómo un relato vivido descriptivo de la infancia hasta la adultez del escritor que a base de la experiencia narra y refleja la sociedad de los marginados, los malvivientes y los desamparados.
En las memorias la historia transcurre entre cantinas y las calles. Se hacen recuerdos de sus amigos y conocidos (meretrices, dueños de cantinas y rateros). Entendemos un poco donde ocurren los sucesos de los marginados. Entendemos un poco cómo la rienda suelta de la sexualidad y los vicios permitirían un desahogo al sufrimiento o quizá permita disfrutar un poco más su realidad.
La narración permite apreciar las vivencias personales del autor y formar un retrato de la ciudad de La Paz (Bolivia) desde la perspectiva de un paria. La obra nos ayudará a reflexionar sobre el sufrimiento de los malvivientes, sobre cómo la sociedad los trata indiferentes (acaso no son seres humanos), sobre cómo el frío malogra sus acciones y penares, sobre cómo el estar rodeado entre malvivientes, entre tombos (policías abusivos) y giles (personas de fácil engañar) recrudece su vida y los sumerge en el alcoholismo.
La prosa de Vizcarra nos demuestra que las personas tienen historias que contar (algo extensas y muy descriptivas) y nos sumerge en el mundo de los marginados planteándonos un cambio en nuestro trato que con el tiempo esperemos sea más benevolente.
La primera obra en la cual pude apreciar un crudo y realista relato. Me impactó aún más; pues vengo de lugares cercanos donde el autor vivió. Si bien oí de relatos pasajeros o en tonos de broma algunos hechos, no me imaginaba que en verdad pasaran hechos de esa magnitud. Más sorprendido quedé al saber que son el pan de cada día. Puedo decir que este libro me deja pensando en el estado de los indigentes de mi departamento. Lo que me asombra de los relatos es que no sentí un llamado a la reflexión o concientización de parte del autor. Sentí tal cual es, un relato de la realidad. No se magnificó o adornó algún hecho por fuerte que sea. Solo de describió de tal forma que podamos apreciarlo desde los ojos del autor, que no me imagino, ver todo eso en el día a día.
Borracho estaba, pero me acuerdo es uno de los testimonios más crudos y descarnados de la literatura boliviana contemporánea. Víctor Hugo Viscarra no embellece la miseria ni disfraza el dolor: retrata, con una sinceridad brutal, la vida de alcohólicos, drogadictos, prostitutas, vagabundos y marginados que habitan las calles paceñas. A través de anécdotas y recuerdos impregnados de alcohol y desencanto, el autor desnuda una realidad que muchos prefieren ignorar. Este libro no es solo un relato, es una ventana hacia un mundo áspero, lleno de heridas, donde la supervivencia se mezcla con la tragedia y el humor negro. La fuerza de su narrativa radica en mostrar que detrás de cada adicción y cada caída hay una historia humana, dolorosamente auténtica.
Un libro que reúne una serie de historias, las aparentemente vividas por el autor y las de lugares y personajes que recorren La Paz y El Alto. Este libro bien podría ser una guía de la ciudad, con detalles del submundo, detalles tan desgarradora sobre la realidad violenta, tierna y grotesca, un espacio en el que el se palea la realidad con alcohol y drogas, en el que la promiscuidad y el abuso ya no se entienden como tales y en el que la supervivencia se logra con oficios y costumbres inimaginables. La narración es sencilla y clara, las palabras que expone sobre el léxico local permiten comprender el conocimiento que maneja de la ciudad
Memorias de un boliviano entre La Paz y El Alto. Historias necesarias para descubrir costumbres, cantinas, personajes y noches en vela en el frío paceño. Recomendable el capítulo del Cementerio de Elefantes.
Leí "Alcoholatum y otros drinks" después de reprobar tercero de secundaria y todo su contenido me movió el suelo. Después de no poder leer más obras éste autor, hasta ahora, han pasado muchas cosas que hicieron que asimilara y disfrutara mucho mejor los diferentes relatos de ésta obra.
Todo el libro me he sentido una mierda, mientras leía mi libro cómodo en mi cama había tanta gente pasando por los infiernos que relata el Victor Hugo Viscarra. Cómo me gusta putazo que te ponen estos libros, igual que "Escúpelo" de Ismael López, merece la pena leerlo para desnudar un poco la vida.
Joder esto si es literatura boliviana. Si quieres interesarte de lo tetrico que puede llegar a ser el mundo de los "kolitos" o borrachos bolivianos y como la sociedad esta bien pinche podrida o estaba (sigue) este libro es muy indicado, preciso, perturbador y te hace salir de la burbuja. Increíble libro con un formato de memorias como breve y fácil de leer pero con un espectacular mensaje, es de los mejores libros en literatura boliviana. Leanlo gente y comprenderán en vez de jusgar a lo bruto. Ademas que tiene direcciones para ir a cañar a bares guiño guiño 🤫
Víctor Hugo Viscarra es a La Paz Bolivia lo que Renato Leduc a la Ciudad de México.
A través de varias historias narra las vivencias que había en aquellos años después de haber salido a muy temprana edad de su casa para vivir en las calles.
Una serie de historias en un entramado de personajes con nombres o apodos que relatan esos años en la capital boliviana.
Una prosa simple llena de historias tristes pero increíbles de leer.