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L'opera d'arte

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52 pages, Paperback

First published January 1, 1998

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Romano Guardini

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Romano Guardini was a Catholic priest, author, and academic. He was one of the most important figures in Catholic intellectual life in the 20th century.

Guardini was born in Verona, Italy in 1885. His family moved to Mainz when he was one year old and he lived in Germany for the rest of his life. After studying chemistry in Tübingen for two semesters, and economics in Munich and Berlin for three, he decided to become a priest. After studying Theology in Freiburg im Breisgau and Tübingen, he was ordained in Mainz in 1910. He briefly worked in a pastoral position before returning to Freiburg to work on his doctorate in Theology under Engelbert Krebs. He received his doctorate in 1915 for a dissertation on Bonaventure. He completed his “Habilitation” in Dogmatic Theology at the University of Bonn in 1922, again with a dissertation on Bonaventure. Throughout this period he also worked as a chaplain to the Catholic youth movement.

In 1923 he was appointed to a chair in Philosophy of Religion at the University of Berlin. In the 1935 essay “Der Heiland” (The Saviour) he criticized Nazi mythologizing of the person of Jesus and emphasized the Jewishness of Jesus. The Nazis forced him to resign from his Berlin position in 1939. From 1943 to 1945 he retired to Mooshausen, where his friend Josef Weiger had been parish priest since 1917.

In 1945 Guardini was appointed professor in the Faculty of Philosophy at the University of Tübingen and resumed lecturing on the Philosophy of Religion. In 1948, he became professor at the University of Munich, where he remained until retiring for health reasons in 1962.

Guardini died in Munich on 1 October 1968. He was buried in the priests’ cemetery of the Oratory of St. Philip Neri in Munich. His estate was left to the Catholic Academy in Bavaria that he had co-founded.

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December 18, 2025
La obra de arte

Toda obra de arte surge por medio del encuentro con la realidad. Hay un artista que se encuentra con una cosa y, después de ese encuentro, la recrea. En el artista hay una actitud de recepción y luego una actitud de acción. Primero aparece una llamada y después una respuesta. Hay una parte pasiva y una parte activa.

El artista, al verse tocado por la realidad, la recrea. La reproduce por medio de su medio y de su estilo. De cierta forma, la obra de arte es tanto objetiva como subjetiva: tiene la esencia de la cosa y la esencia del artista. No como una copia de la cosa, ni necesariamente como un autorretrato, sino como una parte o un aspecto de sí que el artista encuentra en la forma y que plasma dentro de los límites de su estilo y de su medio.

Así, la obra de arte sirve a la existencia. A la existencia de la cosa, en cuanto busca su esencia por medio de la forma; y a la existencia del artista, en cuanto muestra su propia esencia en la forma que decide dar a aquello que ha encontrado. Históricamente, por ejemplo, los egipcios se han quedado con el aspecto de la perennidad de las formas. Los modernos, en cambio, buscan la expresión de la realidad elemental de la vida, incluso de manera no refigurativa.

Es necesario entender la forma como aquello que puede verse sensiblemente y que revela la esencia de algo. La obra de arte permanece en el elemento sensible, no abstraído, y precisamente ahí manifiesta su verdad.


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Las imágenes en la obra de arte

Las imágenes constituyen otro elemento fundamental en la obra de arte. Cuando encontramos una forma, suele aparecer en primer lugar un sentido inmediato. Pensemos, por ejemplo, en un hilo: puede tener un valor económico o funcional. Sin embargo, ese mismo hilo adquiere un sentido más profundo y simbólico cuando hablamos del hilo de la vida.

En este nivel, las imágenes se transforman en arquetipos. Sobreviven al tiempo y se convierten en signos universales de sabiduría. Podrían definirse como una forma de sabiduría que habla por sí misma.

La auténtica existencia humana está rodeada de imágenes que van más allá de un significado obvio o meramente finalístico. Basta pensar en los anillos del matrimonio, en el gesto de darse la mano, en la ceremonia misma. El acto litúrgico, de modo particular, está lleno de imágenes que otorgan un significado más profundo a aquello que aparece exteriormente.

El arte evoca estas imágenes; el arte las recoge y, a través de ellas, muestra algo más que la simple forma o la mera existencia de la cosa. Así sucede, por ejemplo, en la poesía: la imagen del invierno puede hablar de la decadencia; la imagen del horizonte, en un paisaje, puede remitir a la inmensidad. Allí donde aparecen, estas imágenes no son neutras: dan significado.


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La obra de arte como totalidad

La obra de arte es en sí misma una totalidad. Cuando encontramos una porción de la realidad —por ejemplo, una silla— y la fotografiamos, esta se mantiene como porción de la realidad, como parte. Permanece insertada en el conjunto del mundo sin adquirir, por sí misma, una unidad propia.

Sin embargo, cuando el artista la mira y hace de ella una obra de arte, esa misma porción de realidad se transforma en una totalidad, en una unidad, en un todo. Dentro de los límites de la obra y del medio que la sostiene, se manifiesta una totalidad de la existencia.

La obra de arte no pretende contener absolutamente todo lo que existe, ni ser una fotografía panorámica de la realidad entera. Se mantiene en el fenómeno singular; y, sin embargo, ese fenómeno se vuelve un todo ordenado. Por eso, la pregunta fundamental no es qué representa la obra de arte, sino cómo representa ese objeto en relación con todo lo demás que está contenido en ella.

En este sentido se puede afirmar: «Conferiré a la unidad de mundo y de ser humano una expresión que en la realidad no halla nada en lo que se resuelva la totalidad de la existencia». Fin de la cita.

La obra de arte otorga así una unidad al mundo y al ser humano que no aparece de manera inmediata a los ojos fuera del ámbito del arte.


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Finalidad y sentido en la obra de arte

Bordini distingue entre finalidad y sentido (scopo y senso). La obra de arte, en sí misma, tiene sentido, pero no tiene finalidad. Su finalidad es, precisamente, ser inútil: no está en función de otra cosa.

Se suele objetar que las iglesias están hechas para el culto, o las tumbas para recordar a una persona muerta. Y, efectivamente, poseen esa finalidad. Sin embargo, el valor artístico que tienen en sí mismas apunta a otra cosa: a ser bellas. Y lo bello es distinto, en sí mismo, de la finalidad funcional de la cosa. Una cosa es albergar personas; otra cosa es que ese albergue sea bello, en el caso de una iglesia. Son dos ejes distintos que se aplican a una misma realidad.

La obra de arte muestra la esencia de la cosa, el sentido esencial que esta tiene en sí misma. Aquí podemos recordar la experiencia del trascendental bello en relación con la voluntad: aquello que, visto, agrada, pero que no se posee ni se usa. En este mismo sentido resuena lo que dice Simone Weil —y que más tarde retoma Byung-Chul Han— acerca de la belleza: «aquello que se contempla, se mira con atención, pero no se destruye, no se come».

En la obra de arte, el ser humano muestra la esencia de la cosa y, al mismo tiempo, su propia esencia. Se trata de un encuentro que tiene su sentido en sí mismo, independientemente de otros contextos o usos para los cuales la obra pueda servir. Además, la obra de arte no existe en sí misma en la naturaleza: brota siempre después de un encuentro. Cada obra de arte es un mundo en el que se entra mirando.

Después de haber considerado la finalidad y el sentido de la obra de arte, surge la pregunta por el cómo mirarla. La obra de arte está hecha sin finalidad práctica para la contemplación. Es un mundo al que se entra para contemplar, para ver la realidad de las cosas y la realidad del mundo, en silencio. No es solo para entender, ni tampoco simplemente para gozar; no es marketing, ni es un dulce.

Se trata de un espacio de encuentro con el artista y con aquella realidad que ha tocado al artista. Por eso no es necesario ser un conocedor experto para poder verla. Es necesario, más bien, ponerse en silencio y contemplar, salir de la lógica de lo útil. Solo entonces puede darse un encuentro real y auténtico con la obra de arte.


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La obra de arte y la experiencia ética

Romano Guardini retoma la idea de Aristóteles, quien habla de la catarsis: la purificación que se produce en la persona tras la contemplación de la obra trágica. Guardini aplica esta noción, de modo más amplio, a la obra de arte en general. La obra de arte purifica y puede ordenar interiormente a quien la contempla.

Esto sucede a causa de la belleza. No entendida únicamente como un elemento decorativo, sino como la armonía interna propia de la obra de arte. La belleza, que presupone el bien y la verdad, aparece como el esplendor de la verdad; más aún, como el esplendor del ser.

Desde aquí puede entenderse una dimensión ética ligada a la causa final de la obra de arte: liberar a la realidad de la mancha de la pura utilidad. Ver el mundo más allá de lo útil puede tener, en este sentido, un efecto purificador, verdaderamente catártico.

Este efecto no se limita únicamente al espectador, sino que alcanza también al artista. Actúa sobre ambos —el artista y el contemplador— en la medida en que la obra remite a la dignidad de un orden interno, tanto de la forma como de la persona misma.


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Dignidad y experiencia del ser

La dignidad que la obra de arte confiere a la persona que la mira es la experiencia del ser. Es el encuentro con una realidad que está fuera de él, que no puede tocar, transformar ni consumir. Una realidad que lo saca del reino de lo útil y le permite descubrir que el mundo del significado no se agota en él mismo, sino que lo precede y lo trasciende.


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Los peligros para la belleza interna

La belleza interna de la obra de arte puede verse amenazada por dos extremos. Por un lado, el reduccionismo que identifica la belleza únicamente con aquellos elementos que apelan de manera agradable a los sentidos. Se piensa entonces en la perfección formal y en la armonía visible, como en las figuras angélicas de Rafael. Sin embargo, esta concepción se ve cuestionada cuando la obra expresa una verdad mucho más profunda.

Si la belleza se redujera únicamente a imágenes que agradan a los sentidos, una pintura de un Cristo crucificado en el dolor extremo, o incluso de un Cristo muerto, no podría considerarse bella. Y, sin embargo, lo es. Su belleza no reside en la complacencia sensible, sino en la verdad que expresa y en la armonía interna que sostiene esa expresión.

El extremo opuesto consiste en el rechazo inmediato de toda belleza que se manifiesta a través de los sentidos. Sin embargo, una pintura de Rafael o el techo de la Capilla Sixtina se imponen por su belleza de manera innegable.

La respuesta se encuentra en descubrir la belleza como armonía interna, como experiencia de totalidad. Esta belleza puede manifestarse tanto en el grito desesperado de Munch como en la Madonna Sixtina de Rafael. Vista desde este horizonte, la forma no se reduce a figuras bellas y sencillas, pero tampoco las rechaza: las asume como imágenes capaces de revelar la esencia.


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La obra de arte, lo real y el espíritu

La obra de arte, en sí misma, no se da en lo real, dice Guardini. Lo real es la piedra, la masa de pintura, el lienzo. Pero la figura que se manifiesta en esa obra no es real en ese mismo sentido. Si no es vista por un hombre con espíritu —es decir, por un hombre—, no parece tener un valor real en sí.

Un animal ve una piedra; un animal ve una cueva. Un hombre ve una catedral; un hombre ve una escultura. En este sentido, la obra de arte pone de manifiesto aquello que es más propio del ser humano en el acto de contemplarla.

De manera análoga a como el concepto es más real que la cosa, así también la obra de arte —en cuanto idealidad— se vuelve más real que la piedra de la que está hecha. No porque niegue la materia, sino porque la trasciende y la ordena hacia un sentido que no se agota en lo material.

La obra de arte saca al hombre del mundo de lo meramente real y lo introduce en el ámbito de lo irreal, entendido no como lo falso, sino como lo espiritual. Reclama el alma y, precisamente por eso, purifica.


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El arte como promesa

El arte, finalmente, se manifiesta como promesa. Todos los hombres, de un modo u otro, nos damos cuenta de que el mundo no es como debería ser. Y, sin embargo, la obra de arte —incluso cuando no es explícitamente religiosa— habla de la realidad de las cosas, no necesariamente según lo real tal como se presenta, sino según su esencia.

El arte busca mostrar el mundo como debería ser, o mejor, mostrar las cosas tal como son en su verdad más profunda. Y esto no se reduce a lo que se ve o a lo que se experimenta de manera inmediata. La obra de arte deja entrever una plenitud que aún no está dada del todo.

De este modo, el arte manifiesta una esperanza de perfección que habría de venir. Como si este mundo incompleto revelara, a través del arte, que le falta una pieza fundamental. Y esa pieza aparece no como posesión, sino como promesa.

Por eso, la forma adecuada de acercarse a la obra de arte no es desde la prisa ni desde la utilidad, sino desde la caminata, desde el silencio, desde el mirar atento el encuentro que ha tenido lugar en la realidad entre el artista y aquello que lo ha tocado. No es gozo inmediato; es contemplación.
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