Nicci, como Hermana de las Tinieblas, posee un poder inmenso y, aun así, ha permitido que Jagang sea su señor. Ella es consciente de que algo le falta, de que sigue buscando aquello que dé sentido a su vida, pues su espíritu de servicio no se ve satisfecho. Intuye, además, que Richard Rahl tiene algo que ver con ese vacío que la consume. Bajo el mando de Jagang se convierte en la temida Señora de la Muerte, una figura implacable, sin compasión, que elimina a todo aquel que se interponga en su misión y se somete a su amo con obediencia absoluta.
Entretanto, Richard ha regresado a su hogar con el propósito de ayudar a Kahlan en su recuperación. Sin embargo, como suele ocurrir, nadie es profeta en su propia tierra y el recibimiento dista mucho de ser el esperado. Cada personaje se ve obligado a tomar decisiones de entrega y sacrificio para preservar la vida de quienes ama, enfrentándose a un profundo proceso de autoconocimiento, de búsqueda de su propia verdad y de sentido vital, con la esperanza de reencontrarse con aquello que da valor a su existencia y, en el caso de Richard, con su gran amor.
Antes de partir, Richard deja una orden tan enigmática como desconcertante, que siembra dudas incluso entre quienes siempre le han sido leales. La guerra no podrá ganarse mediante el ataque directo, aun cuando el enemigo golpee sin piedad; las acciones deberán limitarse a una defensa calculada y contenida. Esta decisión marca un punto de inflexión que desafía toda lógica bélica conocida.
La historia queda deliberadamente inconclusa, preparando el terreno para la siguiente entrega, en la que se revelará el desenlace de esta nueva etapa en la lucha contra la Orden. Una novela que profundiza en los conflictos internos de sus personajes y reafirma uno de los grandes temas de la saga, el precio de la libertad y de las decisiones que la sostienen.