Este libro me gustó muchísimo, sobre todo por la relación entre Melody y Roger, que es profunda, compleja y emocionalmente muy intensa. La forma en la que se conocen y cómo sus historias se van entrelazando está muy bien construida, y el hecho de que la autora incorpore problemas reales de la Argentina de esa época —políticos, sociales y económicos— enriquece enormemente la narración y le da un peso histórico que la vuelve más real y cruda.
Si bien al principio la lectura se me hizo un poco difícil, especialmente por el lenguaje político y económico que utilizan los personajes (un lenguaje que hoy en día ya no se usa), con el correr de las páginas entendí que esa dificultad también cumple una función: obliga al lector a meterse de lleno en la época, en su cultura y en sus conflictos. Termina siendo una forma de aprendizaje, no solo sobre los personajes, sino también sobre el contexto histórico en el que viven.
Melody es un personaje que me gustó mucho. Psicológicamente se la nota fuerte, luchadora, con una autoestima bien plantada y con ideales claros. Es una mujer que se valora, que defiende lo que cree justo y que, a lo largo de la historia, va creciendo, reconociéndose y aprendiendo. Su arco de desarrollo es interesante porque no es lineal: se equivoca, duda, se contradice, y eso la hace muy humana.
Roger, en cambio, evoluciona de otra manera. Me gusta cómo, a través de su vínculo con Melody, se va “ablandando”. Aprende a amar, pero también aprende —aunque de forma tardía— que sus acciones tienen consecuencias, y que esas consecuencias pueden lastimar profundamente a la persona que más quiere. Desde lo psicológico, es un personaje marcado por el control, el cálculo y la conveniencia personal.
El primer encuentro entre ellos es clave: Roger, lleno de impotencia y furia ante lo que él siente como una amenaza a la paz y al orden de su hogar; Melody, con una voluntad férrea, enfrentándose a sus ideales y a una estructura que ella considera dañina, especialmente para los niños. Ese choque inicial no solo define la relación, sino que deja dos enseñanzas muy fuertes: Roger aprende a amar, y Melody aprende a quererse a sí misma, incluso cuando amar entra en conflicto con sus ideas y convicciones.
Sin embargo, hay aspectos de Melody que me dolieron. Me afectó cuando empieza a dejar de proteger a la clase trabajadora y negra y comienza a introducirse en el mundo de la clase alta, olvidando poco a poco de dónde viene. Aunque ella intenta no hacerlo conscientemente, a medida que el libro avanza se nota cómo va cambiando su forma de pensar y adaptándose cada vez más a la vida y al modo de vivir de Roger. Esto puede leerse psicológicamente como una pérdida gradual de identidad, un proceso silencioso pero peligroso.
El final me resultó especialmente doloroso. Entiendo que narrativamente era lo que tenía que pasar, pero aun así me afectó. No me gustó que Melody se sintiera culpable y quisiera pedir perdón cuando, en realidad, no había hecho nada malo. Ella solo reaccionó ante las mentiras de Roger: una persona que le oculta cosas constantemente, que le exige sinceridad absoluta mientras él mismo no es sincero ni siquiera hasta el último momento. Melody termina enterándose de la verdad por terceros, incluso por personas que no la quieren, lo cual genera una desconfianza totalmente comprensible.
Desde una mirada psicológica, la escena en la que Roger se va sin disculparse y Melody queda llorando, arrepentida y sintiéndose culpable, marca el inicio de una dinámica de sumisión emocional. Ella carga con culpas que no le corresponden, mientras él evade responsabilidades. Esto se vuelve aún más evidente sabiendo que esta actitud se profundiza en el libro dos.
En cuanto a Roger como personaje, es alguien con quien no pude conectar emocionalmente. Está muy bien construido, la autora logra que se lo entienda y se lo perciba con claridad, pero no pude tomarle cariño. Es un personaje frío, calculador, egoísta y guiado casi exclusivamente por la conveniencia personal. Incluso en su relación con Melody, muchas de sus decisiones responden más a sus propios intereses que al amor genuino. Es un hombre que piensa primero en sí mismo, y eso lo vuelve difícil de querer, aunque fácil de analizar.
En conclusión, es un libro que me gustó muchísimo y que invita a reflexionar no solo sobre el amor, sino también sobre el poder, la identidad, la culpa y las relaciones desiguales. Es una historia que duele, que incomoda y que deja pensando, incluso cuando no nos gusta todo lo que sucede. Y aun así, lo volvería a leer una y mil veces.
Porque este libro no decepciona: ofrece un romance tan hermoso como confuso, tan ideal como profundamente complicado. Un amor que no se presenta como un refugio perfecto, sino como un espacio de descubrimiento, contradicción y aprendizaje. Sobre todo, describe con mucha sensibilidad cómo dos personas se van conociendo de verdad: no solo en lo emocional, sino también en lo corporal, en la intimidad, en los límites y en los deseos.
El libro muestra con claridad cómo ambos descubren los “poderes” de una relación: aquello que el otro puede ofrecer, pero también aquello que no puede dar. Y es justamente en esa tensión —entre lo que se espera y lo que realmente se recibe— donde la historia se vuelve tan real, tan humana y tan difícil de olvidar.