Que me encanten los libros de Fermor (los de su viaje adolescente por Europa) o que me quede con la boca abierta con su aventura cretense, no me hace perder la cabeza y el sentido crítico, ni me impide tener una actitud distante ante ciertas etapas de su vida. Porque parece obvio que Patrick Leigh Fermor fue un tipo encantador, pero también un ególatra, machista y hasta maltratador (si es que hasta preñó a su cocinera griega...aunque al menos luego la puso un restaurante).
Y es una pena que la autora, que tanto se ha documentado sobre la figura de este caballero inglés, obvie esa parte y prefiera escribir un folletín hagiográfico más propio de una groupie algo aturdida por la retsina (ese vino griego que se sirve frío y que trasiega sin parar durante todo el viaje).
Obviando este hecho, la novela me ha parecido un tostón. Un sofrito de reseñas de TripAdvisor y artículos de la Wikipedia entremezclados con pasajes de vergüenza ajena (el preguntar a los camareros por Paddy mientras farfulla versos en griego o colarse en la casa en reformas de aquel ante la mirada atónita del jefe de obra).
Supongo que todo ésto ha sido una excusa para tirarse una semanita de vacaciones pagadas por la editorial. Yo también lo haría si pudiera, pero no vendría luego a dar la turra.
Y ya está bien por hoy, que voy a empezar la biografía del Leigh Fermor hispano, salvando unas enormes distancias. Sí, lo habéis adivinado, se trata de Bertín Osborne.