Luis Chamizo (1888-1944), poeta extremeño, se aleja en su creación de la poesía pura y el experimentalismo que imperaba en su época para dedicarse a la poesía épica y regionalista. En El miajón de los castúos, a través del uso del dialecto de su entorno geográfico, canta al hombre extremeño como perteneciente a una casta, con la idea de narrar la epopeya de este pueblo, su entraña de identificación.
Chamizo escribe como suenan los pueblos de los años veinte en la más profunda ruralidad del municipio de Guareña y alrededores y describe costumbristamente al hombre y mujer rural de casta, con su dialecto embarrado, sonoro, trabado, rico en tosca sensibilidad. Sus poemas hablan de verbenas, de fandangos, de romances de dehesas, de jornaleros y madres pobres. Nos muestra velado, sutilmente, el insustancial y absurdo patriotismo de recuerdos de ultramar (“porque semos asina, semos pardos / del coló de la tierra, / los nietos de los machos que otros días / trunfaron en América”). Chamizo escribió, además, el que considero uno de los más bellos poemas románticos rurales, de esos épicos de mozas y mozos, romances clásicos de montes y lobos, “La juerza d’un queré” (“Blas recorta con cuidao / los canutos d’una caña / porque Blas quiere jacé con los canutos / una flauta, / pa de noche, con la luna, / dir a dá su serenata / junt’al chozo donde duerme / Rosarillo, la zagala /…”).
La edición de Austral donde está publicado “El miajón de los castúos” incluye una maravillosa introducción, un prólogo y un diccionario castúo que son imprensidibles para entender el mundo Chamizo (además de infinidad de notas al pie para irnos guiando en sus versos). El prólogo corre a cargo del padre del filósofo Ortega y Gasset, José Ortega Munilla, académico de la Real Academia Española que acertadamente indica, casi en lo que podría parecer su contra, “que el que intentará reducir todas las formas idiomáticas a un solo concepto, erraría gravemente, porque ni el amor, ni el odio, ni el negocio, ni la amistad, ni la polémica, ni la concordia, se expresan igual en Valladolid que en Sevilla. Y ello no es sino la prueba de que la naturaleza se impone y de ella surge todo, quieran o no los doctos”.
Me parece una bella ironía que el primer verso que aparece en el libro de Chamizo sea una referencia a los trenes “Corre’l tren retumbando por los jierros/ de la via”). Esos trenes que la innoble política se empeña en que nos distancien de Extremadura. Al menos con Chamizo podemos disfrutar de sus castúos.
Rapsodias burguesas y puramente católicas con fines de adoctrinar (más si cabe) al campesino extremeño en la obediencia al amo, en la pura esclavitud, al tiempo que se burla de él.
Tenemos aquí al gran poeta de Guareña, a uno de los poquísimos que tuvo la osadía de cantar su tierra en la grandeza de su humildad.
Empecemos hablando de la obra en sí. Escrita en dialecto bajoextremeño, nos anuncia en sus primeros versos su propósito de flecha. Para ir adelante, debemos retroceder. Para ir al futuro, es preciso reconocer el valor del pasado. El pasado y la tradición nos liberan cuando no se aceptan dogmáticamente, cuanto más bien se apoya en ellos y se los actualiza a las exigencias de la sensibilidad contemporánea. Por eso, en el poema "Compuerta", uno desearía que el tren se escacharrara, y que nos perdiéramos en el terruño extremeño y, de esta forma, nos encontráramos en él.
Así, esta obra tiene una pretensión épica: retratar un pueblo y sus costumbres, los ecos de un pasado de conquistas, la dignidad del trabajo honrado. Y con ello, continuar escribiendo la Historia de Extremadura, verso a verso.
Es algo que creo que consigue, en cierta manera. No hemos de olvidar que Chamizo fue, antes de escribir esta obra, un poeta bohemillo que se paseaba por los cafés de Madrid y escribía versos modernistas. Sin embargo, aquí se olvida de esas ínfulas, y canta historias con nombres propios: Blas, Rosarillo, Carnación, Nocencio... Pretender contar la naturaleza de un pueblo abandonando los gestos universales y contando vidas privadas es algo muy osado.
Otra osadía es la contraposición entre los "los machos que otros días/ trunfaron en América", y sus nietos, que dedican su vida al amor, la fe y el trabajo. Uno se esperaría una epopeya, y sin embargo, asistimos a la narración de alegrías y penas íntimas. Los americanos abandonaron la tierra y buscaron la gloria en tierras desconocidas; los castúos, trabajaron una paz silenciosa en la tierra que los vio nacer. Para Chamizo, la sucesión es orgánica, y hasta podría decirse que prefiere a los últimos.
Desearía, sin embargo, una mayor riqueza en las historias. Algo que veo mucho en poemarios que también pretenden retratar al pueblo extremeño es que siempre se cae en historias de nacimientos de hijos y de ganado, procesiones de semana santa, amoríos varios. Es un poco romántico, porque si bien podemos esperar que estos sean temas muy importantes (no olvidemos que la vida de campo fue y sigue siendo dura, y que las alegrías son muy humildes), sería muy feliz encontrar más versos describiendo los parajes de Extremadura, denunciando las condiciones de explotación de los jornaleros de la época, y, en fin, generando una nueva y renovada lírica en dialecto extremeño. Teniendo en cuenta, sobre todo, que Chamizo se consideraba discípulo de Gabriel y Galán, que ya hizo este recorrido décadas antes, por lo que podría haber ahondado en temáticas que no llegó a tratar.
Aun así, esto es un deseo personal, que seguramente se deba a que quisiera que este libro no se hubiera acabado nunca, que me hubiera contado más y más historias. Es hermoso y rico en su sencillez. Como el alcornoque, la achicoria o el cardo mariano: plantas que se bastan a sí solas. Que nos sirva, pues, de ejemplo a todos los extremeños.
"Contentete me puse y alborotao al asabé que mi suegra l'había diñao." Solo por esto ya merece la pena leer el libro. Por esto y por las descripciones de los paisajes extremeños.