Imaginemos que Ostfront es una receta de cocina. Sería algo así:
300 gr de mescalina.
50 gr de ácido lisérgico.
1/2 kg de bonguis frescos.
1h y 35min del canal historia.
Sal.
Aceite.
Se mezcla todo y se sirve mientras esté caliente
Y listo. Una novela corta ganadora del Ignotus de 2013 y que, personalmente, me dio ganas de repetir. Pero no al momento. Acabo de leer la puntuación que le di en Goodreads y fueron 3 estrellas. Y yo que suelo puntuar bastante alto las cosas que me han gustado, ¿como es posible que le diese una nota tan raspada? Es, sin duda, por el efecto psicotrópico de la novela. Puede que olvides el argumento y a los personajes, pero el sabor, el regusto que deja, tardarás tiempo en olvidarlo. Y aún, mientras escribo esto, no tengo muy claro lo que leí. Esta es la magia del Dr. Shiva von Hassel, un nombre que podría ser el seudónimo de un truco del “playbook” de Barney Stinson pero que, en realidad, vive una vida en el ostracismo y cultivando una variedad mutante del geranio común. La traducción, íntegramente del ruso, está a cargo de José Ramón Vázquez y del que podéis leer una “reveladora” entrevista en Sense of Wonder. Mencionar también el prólogo de Eduardo Vaquerizo, que nos hace una presentación del Ilustrísimo Doctor, y la cuidada edición de Santiago Eximeno. Desde aquí, quiero agradecer a este gran equipo humano, por permitirnos degustar el magnifico experimento literaculinario del Chef Dr. Shiva von Hassel.
Respecto a la novela, no puedo decir nada más que no hayáis leído en la sinopsis. Personajes viscerales en ambientes muy, muy oscuros. Os va a hacer sentir incómodos. Vais a desear que acabe, y que continúe un capítulo más. Principalmente hay dos líneas temporales que van saltando entre si, y muchos paréntesis con personajes, históricos o no, que aportarán los ingredientes finales, para crear la oscura y pegajosa salsa de esta receta.
Brrrrr’lyeh! Ups. Perdón. Creo que esta novela repite. Llevo unos 5 minutos mirando el blanco del kindle, saboreando de nuevo los recuerdos que aún quedan en mi cabeza. Se me ha quedado algo entre los dientes y es increíblemente divertido intentar sacarlo. Aunque no todos los recuerdos son sugerentes. A veces, la lectura se vuelve caótica y los saltos entre los personajes son imprevisibles. Si está escrito así a conciencia, no lo se. Pero era la mosca que no dejaba de rondar el plato y que más de una vez, se acababa posando encima, y perdía unos valiosos segundos espantándola con la servilleta.
Y esto se acaba aquí. Solo puedo recomendaros que os acerquéis al Restaurante Cruciforme a comer un “Ostfront”. Y por supuesto, invita la casa. Igual no os gusta y no repetís, pero será algo inolvidable. Por mi parte, espero poder volver para comerme el segundo plato.