Escrito en 1991, Poesida es el testamento poético del más vital, original y transgresor artista literario nacido en Sonora: Abigael Bohórquez. En este documento “cruel pero solidario”, el poeta nos confronta con “todas las palabras de que es capaz un hombre para pedir comprensión infinita” para las víctimas del sida. La portentosa obra de quien ha sido llamado el poeta del norte —repartida en intensos poemarios, ensayos y textos dramáticos—, digna heredera del siglo de oro español y memorables poetas mexicanos, ofrece en este libro un conmovedor y descarnado alegato vivencial en que se manifiesta, una vez más, que el poeta amó con terrenal potestad la vida.
Cuando ya hube sentido ven pleno vientre el hueco resquebrajado y yermo del hontanar vacío, y metido las manos a los bolsillos locos y, aún así, levantando la frágil ayunanza del alma en claro, me conformo, me he dicho: Dios asiste, y espero. (Abigael Bohórkez, Desazón)
No digamos que Poesida es un libro perfecto porque no lo es: en algunas partes, el autor trastabilla con palabras, frases enteras que, en realidad, no van a ningún lado, ideas interrumpidas que quieren dar el viso de sugerir algo que, seamos francos, no sugieren. Sin embargo, fuera de esas pequeñas sombras perdidas, la poesía de Abigael deslumbra, embriaga, teletransporta, hiere, deshace coágulos que —sin nosotros saberlo— estuvieron a punto de reducirnos al estado vegetativo... Abigael conmociona no sólo porque su canto —eufónico y contundente— está poblado de vocablos que, bien a bien, no sabemos cómo llegaron ahí, pero que podemos descifrar a la perfección, sino porque en cada uno de sus versos, como si se tratase de los escalones que conducen a lo más profundo del alma, Abigael se va desnudando con una honestidad a un tiempo brutal y enternecedora.
Mi primera lectura de un libro de Bohórquez. No sé si es porque fue un libro publicado póstumamente, si la edición no se cuidó adecuadamente, o si la poesía de Bohórquez sea así, pero varios de los poemas de Poesida los sentí como si fueran borradores incompletos, algunos versos no llevan a nada, otros se sienten descuidados, se leen errores, etc. La segunda parte, la de Y otros poemas homoéroticos se lee mejor, pareciera estar más completa y trabajada.
No por esto el libro es malo, tiene momentos de extrema lucidez, poemas muy conmovedores, un excelente manejo del doble sentido homoerótico, pero sí creo que, como primer acercamiento a la poesía de Bohórquez, es un tanto crudo y difícil, o al menos eso supongo, ya que no he leído nada más de él.
Los poemas de Mural, Retratos y Tlamatini me parecieron obras maestras.
No seré muy dado en la poesía, pero creo que es horrible una intro de varias páginas donde te quieran explicar cada poema antes de si quiera leerlo. En mi caso muchas veces ni veo la sinopsis de una película.
De ahí uno de los primeros poemas es buenísimo, pero todos los demás están aburridos y se sienten más como el típico wey que se graba "ayudando al prójimo" para tener visitas. Aquí los poemas son sobre el autor hablando de lo terrible que es querer llorar por ver a otros morirse de sida.
Y los demás no hay mucho, algunas frases buenísimas y otras muy chistosos en lo hiriente de su verdad. Pero ya al final solo como 3 o 4 poemas tienen sustancia.
Me recordó porque la poesía debe leerse en voz alta
Cantares
Yo que fui del amor ave de paso, yo que fui mariposa de mil flores, qué gana de querer, de ser querido aunque sea por carta de naufragios, por señales de humo, por satélite, por tam tam, por fax, por ouija, por bola de cristal; […]
El tema es importante, y supongo que la identificación es necesaria para sentir y querer estos poemas, más encaminados al melancolismo de lo que fue la enfermedad y lo que ya no está.
La poesía de Abigael es tremenda y desoladora. No temió nombrar la enfermedad y enfrentar el silencio y el prejuicio de la sociedad con el arma de la poesía. También considero que sus poemas tienen un dejo de esperanza.