Es abrumante a veces introducirse en una nueva obra, ya sea por la falta de costumbre que se tiene de sus elementos, por los temas que se tratan, por la ejecución... pueden ser muchas cosas. En este caso, “La Mañosa” hace sufrir a sus lectores gracias al lenguaje muy de campo, muy de época del que se hace uso en el libro. No fueron pocas las veces que tuve que depender completamente del contexto que rodeaba a los diálogos de los personajes para intentar comprender un mínimo de lo que hablaban. Sin embargo, superado este aspecto, la obra se revela como una tremenda exploración de los daños colaterales que buenas —y no tan buenas— acciones pueden acarrear. Esto es un vistazo a los tiempos de una Latinoamérica sumergida en guerras civiles, levantamientos revolucionarios y caudillismo.
Mientras muchas obras tienden al típico de pintar como lo moralmente correcto la rebelión contra el poder corrupto establecido, Bosch decide mostrar la otra cara de la moneda de estas insurrecciones. Durante todo el libro, no hacemos más que acompañar a una familia campesina formada por una pareja —don Pepe y su esposa Ángela— y dos niños —Juan, el narrador del libro, y Pepito, su hermano—. Estos y los demás que forman parte de su círculo cercano como el alcalde Simeón, el viejo Dimas y Mero, sin estar activamente relacionada con las revueltas civiles que se van cocinando a sus alrededores y de las que es protagonista el general Fello Macario, terminan siendo afectados negativamente de una forma u otra como consecuencia indirecta.
Resulta irónico darse cuenta a mitad de la novela de que su título, perteneciente a una mula que el padre del narrador consigue al inicio de la historia, casi nunca es mencionado. La mula, a la que se le llama la Mañosa, solo se limita a ser un transporte para los personajes. Sin embargo, al leer qué dice Bosch más tarde sobre esta obra, podemos atar cabos y comprender a la Mañosa como una alegoría de los pueblos latinoamericanos durante estas trifulcas internas.
La Mañosa es presentada como un animal sumamente funcional, pero que, pasando de mano en mano, siendo utilizado sin vislumbrar el daño que este padece por los malos tratos, termina raquítica y sufriendo de una culebrilla terminal. La mula es un espejo de los personajes principales de la historia, pues así mismo se pueden percibir por el lector: son ellos quienes sufren por el maltrato directo e indirecto de aquellos que libran batallas en sus nombres para hacerse con el poder en promesa de un futuro mejor.
Y la obra no solo se queda en el daño físico que los enfrentamientos armados traen. Hay un momento donde la familia, retornando a su hogar luego de una batalla cercana entre el gobierno y los alzados, se topa con la horrible vista de un cuerpo con una bala incrustada en su cráneo y apostado en el patio; solo basta con imaginarse el terrible efecto psicológico que esto supone para la familia. De igual forma, antes de ese evento, la familia también sufre por una pérdida —una rodeada de agonía y sufrimiento—, la de Momón, un casi miembro de la familia muy querido por todos, cuya muerte, ocasionada por el deterioro de su cuerpo a causa de una balazo en el pecho, le produce hasta pesadillas al protagonista.
Y esos son solo momentos aislados comparados con la angustia social y económica que resultan de las disputas bélicas. El campo se destruye casi por completo, dejando a la familia y a otros muchos a merced de la miseria. Es tanto, que incluso varios personajes terciarios introducidos al inicio de la historia —Cun y Mente— y amigos de don Pepe, terminan fusilados tan solo por haberse enfrascado en un negocio peligroso de compriventa de las armas de los caídos en guerra; y esto lo hacen no por razones políticas, sino por mera supervivencia, “para llevarles comida a [sus] hijos”. Estas son otras pérdidas que la familia también llora con mucho fervor.
Aunque no todas llevaron a buenos resultados, como fue el caso de Cuba, por ejemplo, nadie duda de la importancia general de las revoluciones latinas del siglo XX. Lo que sí es cierto es que no todos logran comprender la magnitud de los efectos adversos que las acompañan, incluso si el resultado final se puede tildar de positivo. He allí donde reside la belleza de la obra de Bosch: le da voz a los afectados de estas grandes hazañas antes que a los vencedores. Con relación al lenguaje, confío en que este solo sea un problema vigente durante la primera visita a la obra; así, durante una segunda o tercera lectura, esto se suavizará, permitiendo al lector disfrutar de la triste historia de don Pepe y su familia, la triste historia de muchos de nuestros antepasados.