Eduardo Blanco-Amor, nacido en España a comienzos de siglo, vive en Buenos Aires desde 1919. Es colaborador de los más importantes periódicos de Hispanoamérica y profesor extraordinario de las Universidades de Chile, Uruguay y Nacional de La Plata. Ha fundado y dirigido numerosas publicaciones y a su impulso se deben empresas teatrales de alta calidad: «Teatro Español de Cámara», «Teatro Popular Gallego», etc. Ha publicado dos libros de poesía en castellano y tres en gallego; su ensayo Chile a la vista es una obra de gran resonancia. Su producción en prosa es más tardía y admirablemente madura. La catedral y el niño fue aplaudida sin reservas por la crítica, y a esta novela siguió A esmorga, que en edición castellana se titula La parranda.
Con Los miedos, Eduardo Blanco-Amor fue finalista del Premio Eugenio Nadal 1961. Se trata de una novela de calidad excepcional por su estilo, de perfección desacostumbrada en la narrativa de hoy, y apasionante por su realismo humanísimo, tratado al mismo tiempo con refinamiento y crudeza.
Eduardo Blanco Amor (Ourense 1897-Vigo 1979), fue el hijo menor de una familia modesta y autodidacta desde su infancia. Blanco Amor entró como secretario de dirección en el El diario de Orense con 17 años. Participa desde joven en el ambiente literario de la ciudad, conociendo el magisterio de Vicente Risco, figura de importancia decisiva en la defensa y promoción de la cultura gallega. Emigra a Buenos Aires en 1919, en plena eclosión cultural. Animador de las instituciones gallegas más allá del mar, dedicó toda su vida a la concienciación y culturización de los emigrantes. En 1923 fundó con Isla Couto la revista gallega Terra; participó también en otra publicación galleguista, Céltiga. En 1926 entró a formar parte del diario argentino La Nación, donde conoció a escritores argentinos como Leopoldo Lugones, Borges, Sabato y Mallea, y uruguayos como Horacio Quiroga.
En 1927 inició su carrera literaria, con la novela Os Nonnatos, a la que siguió, al año siguiente, el libro de poemas Romances Galegos. Entre los años 1929-1931 regresó a Galicia como corresponsal del diario La Nación y en ese viaje conoce a Castelao y a varios intelectuales del grupo Nós y el Partido Galeguista, llegando a comprometerse con el galleguismo republicano, por el que trabajará incansablemente. Escribió Poema en catro tempos, larga composición sinfónica de filiación vanguardista que publicaría posteriormente en Argentina en 1931. Desde Buenos Aires, Otero Pedrayo le pide que colabore en la revista Nós donde publica varios poemas y tres capítulos de su novela inconclusa A escadeira de Jacob. Existe una segunda etapa en España como corresponsal de La Nación, entre 1933 y 1935 donde, en Madrid, conocerá a Lorca con el que trabó gran amistad y colaboró en los Seis poemas galegos.
Tras el estallido de la guerra, defendió desde Argentina la legalidad republicana e impulsó el esparcimiento de la literatura gallega en el continente americano. Estos veinte años escribirá en castellano con obras como Los miedos (1936) o La catedral y el niño (1948) hasta volver al gallego en 1956 con Cancioneiro. Fué además el fundador y director del Teatro Popular Galego (1957) y fue director de la revista Galicia, publicada por el Centro Gallego de Buenos Aires. Antes de abandonar definitivamente América, Blanco Amor publicó A Esmorga (1959), libro que será uno de los grandes hitos de la renovación de la narrativa gallega, y ya en Galicia lleva a la imprenta Os biosbardos (1962), otra obra, esta vez cuentos, de enorme éxito.
A pesar de ser postergado por la cultura oficial, su última etapa fue muy fecunda. Tras publicar una nueva edición de A esmorga (1970) y la larga novela Xente ao lonxe (1972), centró su producción en el teatro donde se convierte en la figura emblemática de teatro independiente: Farsas para títeres (1973), Teatro para xente (1974), Proceso en Jacobusland (1980, escrita en el 73 y censurada en el 74 y 76).
Falleció en Vigo el 1 de diciembre de 1979. Sus restos descansan en el Cementerio de San Francisco (Ourense).
“... Y naturalmente no se pueden hacer cosas de miedo para los demás sin tener que apechugar con el miedo uno mismo”.
A pesar de que es triste darse cuenta de cuántos buenos títulos literarios quedan aún por reivindicar y rescatar de las injustas garras del olvido y del silencio de nuestro pasado, es también un auténtico placer vivir el proceso de descubrir como lector una obra tan exclusiva y especial como ésta. Son muchísimos los motivos por los que la figura de Eduardo Blanco-Amor y su novela Los Miedos me han sorprendido de una manera muy grata y, a continuación, únicamente podré realizar una síntesis de todos ellos. Por un lado, son muy destacables las diversas formas de estilo y caracterización a través de las que el autor es capaz de dar forma a su interesante obra. Ésta, que se presenta a todas luces como una genial novela de aprendizaje (bildungsroman), fusiona estilísticamente entre sus páginas la tradición narrativa claramente proveniente de la novela realista del siglo XIX con el tamiz de lo grotesco y con algunas técnicas modernas de la novela experimental. De toda esta riquísima unión, que da lugar a un resultado de indiscutible calidad, quizás únicamente he encontrado menos efectivo el cierre tan experimental que se le da a la trama. En este mismo sentido, los recursos de caracterización son, como decía, también muy resaltables. Respecto al retrato de los personajes, supone todo un viaje conocer de cerca al protagonista de la obra, el joven Pedro Pablo —también conocido como Peruco—, que, armado con una mirada aún infantil y una grandísima sensibilidad —inmejorablemente plasmadas por la pluma de Blanco-Amor—, se va encontrando en la tesitura de hacer frente a la comprensión y la asimilación de distintos fenómenos relacionados con una realidad y una adultez que, para bien o para mal, están cada vez más cercanas. También llaman la atención otros personajes, sobre todo por las diversas relaciones que llegan a establecer con el protagonista. Por ejemplo, son muy sugerentes el entrañable Crespiño, el levantisco Roque Lois o la protectora abuela Zoe. De la misma manera, el espacio queda establecido con la gran maestría de la que Blanco-Amor siempre hace gala a la hora de articular su característica Auria —una evidente trasposición literaria de su Ourense natal—, que, en este caso, sirve como marco limítrofe con la profusa naturaleza del pazo rural en el que se desarrolla la acción de Los Miedos. Por otro lado, no han dejado de sorprenderme los profundos temas que se abordan en esta obra. Además de la plasmación del autodesarrollo por el que va pasando el joven protagonista, me ha impresionado enormemente el hecho de que Peruco comience buscando, como parte de los juegos de sus vacaciones de verano, un miedo que finalmente terminará por conocer en la más descarnada de sus caras, con los conflictivos acontecimientos de la vida real y adulta, que con su negatividad inherente acabarán cercando su vida. Así, el autor tampoco duda en introducir en su novela todo tipo de acertadísimas críticas hacia la sociedad y su terrible hipocresía. Con todo esto, creo que, al contemplarlo como lector, he podido verme muy reflejado en el proceso descrito en gran parte de la obra: para mí, una más bien triste evolución por la que todos, en mayor o menor medida, terminamos pasando al descubrir que los miedos reales de la vida son otros, muy distintos a aquellos que se nos planteaban ante nuestros ya perdidos ojos de la infancia. Por supuesto, no puedo abandonar este apartado temático sin hacer referencia al punto que más me ha interesado de toda la novela: la descripción de una primigenia y juvenil dimensión homoerótica directamente presente en la mirada del protagonista. A pesar del subtexto y los velos a través de los que —teniendo en cuenta el contexto de la España de 1963— se hubo de presentar forzosamente en la mayoría de las páginas de la novela, sigue siendo del todo interesante encontrarse con este homoerotismo latente, que, además, en algunos pocos capítulos también llega a manifestarse de una manera mucho más evidente, demostrando Blanco-Amor una valentía inmensa para los difíciles años en los que vio la luz esta creación, que, como no podía ser de otra manera, vivió un proceso de publicación plagado de piedras en el camino y oscuras voluntades de silenciar el texto. En relación con este homoerotismo, es sobre todo hermoso percibir el descubrimiento que va experimentando el sensible Peruco, simplemente desde la contemplación o el contacto con seres tan cercanos como su adorable primo Diego, el especial Crespiño o el ambiguo Roque Lois. Por todo esto, Los Miedos me ha parecido, innegablemente, una novela de gran calidad y merecedora de una verdadera actividad de reivindicación y recuerdo que la haga resurgir del terrorífico olvido en el que nunca debería haberse sumergido.
No puedo hacer otra cosa que recomendaros esta desconocida novela que tanto he disfrutado. Merece mucho la pena conocer este pequeño pedazo del mundo y a sus habitantes. Os animo a haceros con el libro. Reseña completa: http://www.libros-prohibidos.com/edua...
Con el argumento del "manuscrito encontrado", Los miedos cuenta muchas cosas en pocas páginas: novela de aprendizaje, de infancia desencantada y de sátira social, por sus capítulos se van sucediendo un divertido y rocambolesco desfile de personajes que ondulan, bajo la mirada infantil de Pedro Pablo, entre la fascinación y la estupidez, enmarcados en los largos pasillos y en los jardines y huertas de una casona noble y oscura de la zona rural de Auria (Ourense en el mundo literario del autor) a principios del siglo XX. Los miedos habla de la condición de ser niño, de no comprender las convenciones e hipocresías sociales, del juego y del aburrimiento, del orgullo y del miedo, del sexo y de la amistad, del miedo a verse obligado a fingir ante los demás, miedo al mundo mágico que se esconde ahí fuera, miedo a crecer y descubrir en qué consiste ser mayor. En los miedos, tres niños, primos, deciden ir en busca del verdadero miedo, encontrarlo, descubrirlo agazapado donde quiera que esté: lo que encuentran, los pequeños secretos, las mentiras susurradas, las íntimas humillaciones y las enormes hipocresías puede que no sean lo que ellos buscaban, pero sí algo que da mucho, mucho miedo.
Novela muy recomendable por divertida, por entrañable y por desconocida. Eduardo Blanco Amor, más que un relato, lo que nos ofrece es un inmenso regalo.
a escrita fijo-se-me o suficiente amena para ler o livro com soltura, mas se fosse mais longo nom sei se o teria levado igual de bem. a narrativa é bastante monótona. acontecem poucas cousas e todas estám bastante ilhadas, polo que nom há nada que te enganche desde a primeira metade e te leve da mam até uma resoluçom final. o único que aguardava era o anunciado homoerostimo e o autodescubrimento do protagonista, mas além dalgúm parágrafo em que descreve algum amigo ou primo dum geito bastante fruity, o tema nom se desenvolve para nada (entendo que pola censura da época, mas entom que nom o presentem como um dos piares do livro).
Noventa páginas para saber que no me voy a ir a vivir a un pueblo, que María Cleofás es un nombre feísimo, que ya sé cómo matar a un polluelo parándole el corazón y que Roque Lois como nombre de crush es lo de lo más cringe que he leído. Esperaba algo un poco bucólico, pero es ponzoña rural de la que se necesita un manual de refranes pasados para entenderla, un poco a la rusa. Y yo siempre suspendía los exámenes de refranes y frases hechas.
El propio autor, en realidad, la vende genial:
"Señores, yo pienso que cuando alguien es físicamente sano (era un buen deportista), hermoso (no hay más que ver sus retratos), inteligente (ahí están sus escritos), amado obstinadamente (basta con espigar en su epistolario) y, además, rico, y se mata a los treinta años sin ninguna razón aparente, su vida ¡qué duda cabe! tiene que haber sido por lo menos tan interesante como sus obras y tal vez la única base presumible de las obras mismas."
Pero la historia está plagada de momentos rurales aburridísimos, peleas entre señoras ricas de nombres compuestos y sirvientas que se hablan de usted, y tensiones entre personajes que quizá suscitarían el interés de alguien que estuviera entre los ochenta y la muerte y perteneciera familiarmente al Real club de Polo de Barcelona. Los diálogos son bastos, cargados de manierismos locales y me hizo recordar un poco a esas partes del Jarama de Ferlosio que en 2024 ya dan más cringe que verosimilitud. De hecho, el escritor es quien mejor me ha caído, y eso que no es suya la historia. Por eso, me quedo con esta maravilla del principio que resume el talante de la obra:
"Olvidaba decir que estos amigos del malogrado escritor son todos unos millonarios tremendos. Y si se ha producido la rareza de que me conozcan, es porque soy profesor de algunos de sus hijos, quienes por ser bastante distraídos a causa del dinero, cuando no son tontos de nativa raíz, necesitan clases de repaso de lo poco que les enseñan en las universidades o de lo casi nada que pescan en los libros. Estos ricos, también (permítaseme añadir), y aún más si pertenecen a la neoclase infustrial, creen, supongo que por su tendencia a las nivelaciones y valoraciones tecnológicas, que si un señor posee título para enseñar Letras es porque las sabe. Y no solo que las sabe para impartirlas didácticamente, sino para producirlas personalmente. A tanto equivaldría que supusiesen a los contables de sus empresas capaces de producir dinero con la simple maestría de su ciencia numeral. En fin, allá ellos.
No obstante debo aclarar aquí, sin caer, como slguien dijo, en esa irritante forma de la vanidad que suele ser la modestia, que otros podrían haber cumplido mejor el encarguito; y que si me han elegido a mi estos ricachos es porque no tenían otro a mano; o también, porque habrán deducido, en vista de la remuneración de las clases, que les resultaría más barato. Vaya uno a saber...."
Interesante, pero no acaba de enganchar, y su estilo se hace en demasiadas ocasiones cansado, con multitud de apartes (utiliza tanto este recurso que lo llega a romper) y, para mi gusto, sin demasiada agilidad. Se entiende por qué los censores franquistas autorizaron su publicación al no hilar fino y pasar por alto lo verdaderamente interesante de la obra: la relación bucólica entre unos adolescentes que pasa de lo familiar o amistoso para, veladamente, adentrarse en el descubrimiento de una sexualidad homoerótica, así como la forma en que la tierna inocencia se va dejando atrás, y no de la forma progresiva y controlada que todo niño quiere. Si se apura, en los diálogos y la descripción de los personajes se deja entrever también un alegato contra el clasismo en un entorno costumbrista: la Galicia rural de inicios del siglo XX.
Al recurrir a la técnica del manuscrito encontrado, el autor, en realidad, ya avanza en el prólogo lo que nos vamos a encontrar:
«Sin que yo trate de justificarlo, pues formuló aquí una descripción y no una opinión, se advierte que el autor de estos trabajos era demasiado propenso al escrúpulo estilístico, con marcada inclinación —según parece, de naturaleza— a la acumulación barroquizante».
Merece la pena su lectura por esos rasgos rompedores, y como forma de valorar una novela que, por la censura, ha pasado desapercibida hasta hoy, pero no es la obra maestra que pretende vender el editor.
"La libertad es no tener que dar cuentas de lo que se hace o se deja de hacer, supongo."
Un libro diferente a lo que tengo acostumbrado a leer últimamente. Parte de una historia aparentemente costumbrista y va evolucionando, eso sí, muy lentamente, hasta un desenlace que sí me ha parecido de lo más interesante.
La premisa del libro prometía y, al terminarlo, siento que mis expectativas no se han logrado cumplir del todo. El ritmo es lento, lo cual encaja bien con la historia, aunque se regldea demasiado en detalles que no aportan a la historia.
Sin embargo, los personajes me han parecido, en su mayoría, entrañables y llenos de vida. Me ha gustado seguir la historia desde los ojos de Pedruco.
Molt millor del que esperava, colpidor de mena, incòmode quan s'ho proposa i molt respectuós amb el folklore. Espero llegir més de Blanco-Amor perquè la seva manera de construir i descriure m'ha enamorat, mai millor dit (que graciós que soc)
Me perdió al principio lo del manuscrito… luego me ha encantado lo bonita y sensible que es la novela y la sutileza con la que presenta el gay awakening de un niño. No soy partidario del final traspapelado… solo por eso no le doy 5 estrellas.