Hay que pasar el tiempo de la espera. Como si el nuestro cuerpo se empastara con el río y no hubiese más que están las olas y los jirones de camalotes y los remos que descansan en los nuestros muslos y La Almiranta que añuda las sus velas para dejarse estar. Ante la hambruna y la escasez de la pesca, todo un pueblo decide partir en expedición en busca del pez dorado y se aventura por el río Paraná. Comandados por la Mansa, recorren diferentes costas en las que intentan establecerse. Cuando la última esperanza parece agotarse, la voz de Mandarino, Cronista Mayor del Desamparo y Cartógrafo de una Sola Línea, cobra una fuerza inusitada que permite ver futuro a pesar del frío y del desasosiego. Ezequiel Pérez se apropia de los tópicos característicos de las crónicas de indias para fundar un nuevo territorio y escribir un relato decididamente singular. Con una sintaxis trastocada que inventa una nueva lengua, se detiene en los vínculos que se construyen hacia el interior de un grupo de personas que en apariencia solo comparten la búsqueda de un lugar donde asentarse y paliar las necesidades más básicas, mientras se reconocen en la belleza que habita en el paisaje.
Dolor, esa fue mi sensación al leer a Mandarino, el protagonista. La forma que tiene el autor de presentarnos a su personaje y lo que lo rodea hace llegar a eso.
No hay muchos detalles de la época concreta en que sucede la historia, aunque sí algunos. Sentí a los personajes como un grupo de isleños nómades del delta del Paraná que se ven obligados a remar las aguas para encontrar un nuevo hogar donde tengan comida, y no se les hace nada fácil.
Mandarino nos presenta principalmente a su tío el Laucha y su "pobre viejo querido", también vemos un poco de su Abuelo y un par de personas importantes en su comunidad, más allá de algunas escenas concretas. Resalta, a mí parecer, la Mansa, capitana de La Almiranta, el barco principal.
El protagonista cuenta su historia narrando a través de crónicas, cartas, diarios, etc. Parece que la poca extensión del libro no frenó en nada al autor para dar variedad al presentar la historia.
El vocabulario y la forma en que se encadenan las palabras me hizo pensar desde el principio en El Quijote y su tipo de narración, fue algo a lo que me acostumbré enseguida.
"Así es como empieza la relación de la vez que nos hicimos río adentro y de todos los sucesos que arrinconaron nuestros ánimos y de los padecimientos que nos aquejaron cuando salimos en busca del pez dorado. Quise guarecer de la humedad del Tiempo aquello que los mis ojos miraron y las mis orejas escucharon. Tengo para mí que algo daquella vida a la intemperie me respira en las palabras."
Así inicia "Mandarino", si les llamó la atención, corran a leerlo.
Llegué a este libro por una recomendación de Samanta Schweblin y Dolores Reyes en un podcast, y las expectativas me jugaron una mala pasada. Me resultaba atractivo el estilo de de crónica, pero la historia me ha costado, tal vez este libro no era para mí. Entiendo que la sintaxis trastocada, que inventa una nueva lengua, puede resultar uno de los aspectos más atractivos de este libro, todo se me ha hecho cuesta arriba, tal vez este libro no era para mí.
Llegué a este libro por una recomendación leída en redes. Prometía un juego con el lenguaje y que el libro se entrecruzaba con la tradición de un imaginario construido en las cartas, crónicas y relatos coloniales. También hay vínculos con otras obras de la literatura argentina, como Río de las congojas. O ya pensándolo detenidamente, hasta con los relatos de viajeros como Darwin. Con esa idea en mente llegó a mis manos este libro precioso. Es el relato en la voz de Mandarino, que se constituye en Cronista de una singular expedición: "Solo yo, Mandarino, Cronista Mayor del Desamparo y Cartógrafo de una Sola Línea. Yo solo, Mandarino, el que nació con hambre. Yo, Mandarino, el Adelantado" (137) Ésta consistirá en la búsqueda del pez dorado, motivada por el hambre y por el agotamiento de la pesca en el lugar donde viven. Hay un trabajo con el lenguaje, para recuperar formas arcaicas en la sintaxis y el léxico (del tipo: "en las sus manos", "aqueste"... ) y que va construyendo un ritmo poético. De esta manera parece que quisiera reflejar, por un lado, el ritmo / el andar del Río por el que los personajes navegan, y por otro lado, el tiempo agobiante de la espera (algo así como el tiempo psicológico) durante un viaje cuyo destino es incierto, por impreciso e indefinido. Las formas de narrar se organizan en distintos géneros: Son "tratados" las partes: I Fundaciones, II Puerto, III Derrota. Un diario por días de la semana, IV Diario. Una carta al Abuelo (V Carta) y otra al padre (VIII Última voz). Un irónico "VI Libro de las maravillas" y "VII Sextante", que evoca una bitácora de navegación (?) (debería buscar más al respecto...) Otro punto interesante en la construcción de la novela es la manera en que recupera este Cronista las voces de otros: no hay signos gráficos de diálogo y usa una mezcla entre el estilo directo libre y el manejo de los espacios en blanco. De esta manera, se igualan a la voz del narrador, que es primero un observador participante, o la voz de la expedición... aunque de a poco va tomando una definición más clara, se va constituyendo... y esto permite entender el punto de llegada. Tanto artificio puede, por un momento, parecer forzado, pero realmente a las pocas líneas me habitué y naturalicé el mecanismo, de forma que ya me parece el único posible. Imposible separar sentido y forma...
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Me gustó mucho, novedosa y distinta la escritura con la que transmite el navegar, las tempestades, la desesperanza y demás emociones. Tarde en leerlo porque no le tenía mucha Fe, me gustaría darle otra oportunidad para devorarlo, ahora que se por donde viene la mano. Recomiendo.
Tiene la tranquilidad de Selva Almada si le quitas la violencia masculina cuando habla del Paraná y el norte de Argentina y toda la contemplación y la prosa calma. Y tiene el atrevimiento en la lengua de Libertad Demitrópulos en el Río de las Congojas al narrar un viaje en un idioma fuera del tiempo. Muy bueno.
"- Esa noche soñé con un río parecido al nuestro. La mi boca me supo a tierra y me aventuré a la deriva de esas aguas. Yo me encontré con un mundo luminoso al borde del derrumbe, un mar de agua dulce hamacándose en el centro de un laberinto de brazos que salían de ninguna parte y de recovecos que se evadían hasta un monte impetuoso.
- ... Acaricia con la su mano el borde de la isla y me dice que las lenguas aseguran —¡pero qué desparpajo!— que el Entre Ríos brota en solares de hombres, mujeres y niños que duermen la siesta al amparo de los tilos y que, desde el rechinar de sus mecedoras, imitan el movimiento de una hondonada abriéndose en los sus pechos.
- ¿El jugo de qué fruta salpicó aqueste horizonte? Se me hace un derroche con la hambre guadañosa que nos aqueja.
En aquesta profundidad de frazadas y lonas y papeles nos cubrimos de la lluvia que salpica de los sauces. Asistimos nuevamente al despunte, como si toda nuestra marcha no fuera más que un rodeo para llegar a aqueste cielo rosado. Así replegamos velas como centinelas entumecidos y nos abandonamos al placer de lo quieto.
- Mirarnos calienta. Nos conformamos con un instante de piel. La Mansa sabe que toda su capitanía depende daqueste mirar y entonces enciende una hoguera: el vaivén de la embarcación le descubre uno de los sus tobillos. Con los golpes de la correntada el su tobillo se va haciendo cada vez más pierna. El festín de cuero que se yergue en torno a la Mansa nos aguijona el ánimo y hundimos con disimulo los remos para que el oleaje acune a la balsa mayor.
- Hubo un sabor a lluvia, eso sí, pero muy leve, como si viniera de otras islas y de otro tiempo. Como si las nuestras bocas fueran cuna de cascada y ya no se pudiera hacer otra cosa más que tragar y tragar y seguir tragando hasta criar un río en la nuestra panza.
- Perdí mucho tiempo en hacer coincidir los relieves del mapa con los caprichos de la costa.
- Yo, Mandarino, Cronista Oficial daquesta expedición, cartógrafo indeciso que no sabe de distancias, no puedo más que arañar destellos daqueste barro que se cuece dentre los mis dedos. Todas las palabras me suenan huecas a la hora de contar el derrumbe de nuestra ilusión de hacer casa. Fijar las cosas las puede fijar cualquiera; la cosa está en habitarlas. Entonces pienso quién soy yo para decir nada.
- Imagino que estamos montados en el lomo de un animal gigante que hace del sosiego la cuna de los nuestros cuerpos, como si quisiera mantenerse en secreto, sin molestarnos. Un animal gigante, de lomo rudo, con las sus venas hinchadas como arroyos y la su piel astillada por los surcos. De vez en vez, para despabilarnos, da unas volteretas en el aire y cae de panza al río o sacude la modorra salpicándonos de tierra. Un animal que apenas se hace notar. Sabe que lo que tocamos se vuelve cenizas. Sabe que nos cuesta confiar en la intemperie. No hay líneas ni mapas ni puertos que puedan hablar del corcoveo daqueste animal desbocado. Un animal gigante nos navega. "
La historia comienza a la manera de las crónicas de Indias, con un lenguaje que al principio desconcierta pero que tiene su lógica interna: oscila constantemente entre el artículo y el pronombre posesivo antes de los sustantivos, como si dudara entre lo propio y lo ajeno.
La narración corre en primera persona a cargo de Mandarino, llamado "el cronista mayor del desamparo". Lo que relata es el exilio de su pueblo, que vivía en una isla.
Mandarino viaja junto a su abuelo —hombre fuerte y sabio—, su padre —nostálgico, marcado por una tristeza profunda, con el Paraná impreso en la sangre como identidad y forma de vida— y su tío Laucha. Su existencia es propia pero escasa en todo sentido.
El motor del exilio es el hambre. El abuelo menciona en varias oportunidades que deben huir de "la tierra apestada": el hambre es lo que los mueve, lo que los empuja a conocer otra gente, otros mundos.
En ese viaje aparece la mansa, una especie de canoa comandada por la capitana, figura central que dirige al grupo. Con ella se instala uno de los ejes de la novela: las mujeres son fuertes, esperanzadoras, dirigentes, guías, núcleos del río.
La novela está atravesada por comparaciones que nacen del río: descripciones mágicas y poéticas donde lo conocido sirve de referencia para nombrar lo nuevo. El horizonte que todos persiguen es el dorado, y el río dulce es un mundo entero.
Sin embargo, el abuelo no partió con ellos. No iba a abandonar su vida en la isla, y esa ausencia pesa. Mandarino lo extraña, y por momentos se pregunta dónde andará su alma —aunque en el fondo sabe que quedó en el lugar de donde partieron, enraizada allí para siempre.
El viaje es duro. Hay tormentas bravas, violentas, que funcionan como descripción exacta del peligro y la fuerza de la naturaleza frente al hombre. El frío y el hambre acompañan cada tramo del recorrido. Y en algún punto del paisaje aparece el alambrado: límite artificial, impuesto, marca de que alguien ya reclamó ese territorio como propio.
Después de navegar durante muchos días, las canoas llegan a un lugar del Paraná donde el agua queda inmóvil. Allí, el padre pesca el dorado. El pez pasa de brazo en brazo, de mano en mano, como si todos necesitaran tocarlo. Pero es la capitana quien lo devuelve al río. Ese gesto es la señal: ese lugar, ese silencio de agua quieta, es donde deben quedarse.
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Poético, sutil y adorable. Pero también triste y desesperanzador. Este libro significará algo distinto para cada lector, seguramente. Pero para quienes han emigrado, representará un doloroso vistazo al pasado.
El hambre y las condiciones desoladoras motivaron el éxodo de todo un pueblo, que sobre canoas cargadas de fe y futuro emprenden viaje sobre las aguas del Paraná en busca de una isla que provea lo que la otra ya no.
Pero Mandarino, nuestro protagonista y relator que redacta las memorias de la travesía, deja en su tierra sus recuerdos y anhelos.
A través de su experiencia, junto a su padre, su tío y la gente de su pueblo, el que ha desprendido sus pies de la tierra que le vio nacer, verá reflejado sus mismas tristezas y añoranzas.
Porque a veces el futuro no llega. O a veces llega, pero no es suficiente.
Mandarino ve las dificultades pero también ve la necesidad y los sueños. Ve la valentía de otros y reconoce la entereza de quienes no se permiten aceptar la desgracia por más que está los mire directamente a los ojos.
El pez que tanto persiguen en sus canoas, entregadas al Paraná, representa el porvenir y su necesidad de enterrar a quienes quedaron atrás.
Pero la tierra no cubre los recuerdos ni el amor. Y Ezequiel Pérez lo entiende... Y lo explica al lector.
Excelente historia, con un lenguaje propio pero común.
Redactado de una manera bastante particular, cuesta al principio adaptarse a la forma de escritura pero con el avance de la lectura uno se acostumbra y se familiariza. Mandarino y su padre, huyendo del hambre y la escasez de pesca, se embarcan junto con un tío y otros vecinos en una precaria aventura uniéndose a una mujer a la que llaman La Mansa. Las desventuras y las tragedias suceden a medida que avanza la historia. Las imágenes del Río Paraná, sus costas, la gente, todo nos transporta a sentir cada momento que vive Mandarino. La forma de escribir de Ezequiel nos impregna una vez más de la cotidianidad del interior de nuestro país. La anécdota que cuenta un hombre me recordó El viejo y el mar. Los títulos de los capítulos me recordaron a los de Don Quijote de la Mancha, lo amé.
Me gustó la propuesta estética de configurar esa sintaxis y emplear un lenguaje tan expresivo y potente (aunque el autor cae en su propia trampa y ese registro llega a cansar por tanto usar esa fórmula). Al final esperé que sus personajes trascendieran más, ya que siento que se descuidaron por darle más atención al estilo. Por otra parte, es una historia que sirve bien como una parábola de los tiempos modernos sobre los movimientos humanos, el desarraigo, la búsqueda de pertenencia y la naturaleza como un personaje más que revela la propia cartografía personal y familiar del narrador.
Tempestades del mundo y la desesperanza del no-lugar: al menos así se sintió su lectura. Quien crea que realmente es una nueva lengua, novedosa, no ha leído crónicas de las Indias. Entre ese tópico y el uso de diferentes géneros, el autor se abre paso en la literatura latinoamericana. Salud, profesor.
No me atrapó nunca, y eso que tiene 120 páginas nada más. Es un libro muy monótono y sin una poética que lo realce. No hay ningún sobresalto durante toda la historia, ni momento de quiebre que nos haga meternos en la historia. Solo unos locos navegando por el Paraná hasta encontrar peces.
No me terminó de convencer, me pareció interesante los modismos en la escritura y el que pongan a una mujer como "capitana" De la flota pero me resultó bastante tedioso
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Me gustó menos de lo que esperaba, quizás tenía demasiadas expectativas pero la verdad es que me costó entrar en la historia, sentir a sus personajes como reales, entender y compartir su periplo.